Área de estudio en la Isla Grande, sur de la Patagonia, Argentina. Los círculos representan la frecuencia de detección y los símbolos de huellas identifican los sitios con presencia de cachorros.
Grupos, cría y hábitos diarios
Los animales circulaban solos o en grupos de hasta nueve ejemplares, y los adultos se desplazaban con hasta cuatro cachorros. Sin embargo, la mediana anual fue de un individuo, de modo que predominaron los solitarios. El grupo más numeroso se observó en primavera.
La reproducción quedó en evidencia con 87 registros de cachorros, sobre todo en otoño (40) e invierno (32). El principal foco de cría, con 48 registros, se ubicó en el sur del área de estudio.
La actividad diaria mostró un patrón bimodal, con un pico cerca de las 6 de la mañana y otro más marcado alrededor de las 18. La estación modificó el comportamiento de forma notable. En invierno, solo el 32,5% de la actividad canina ocurrió con luz diurna, mientras que en verano esa proporción llegó al 86,1%. Otoño y primavera marcaron valores intermedios, con 56,5% y 60,5%.
Un solapamiento que cambia con el invierno
El zorro chilla resultó nocturno, con su pico después de las 21 horas y un 85,3% de actividad nocturna en invierno. Solo en verano aumentó su actividad diurna, hasta el 59,8%. El guanaco, en cambio, fue diurno, con un pico cerca del mediodía y un 99% de actividad con luz en verano. En invierno esa cifra cayó al 48,8%.
El solapamiento temporal entre perros y guanacos alcanzó un coeficiente de 0,73, con un máximo de 0,82 en invierno, cuando ambas especies desplazaron su actividad hacia el crepúsculo y la noche. Con el zorro chilla el valor fue de 0,65 y descendió a 0,58 en invierno. Las pruebas estadísticas indicaron diferencias significativas en ambos casos, lo que revela una partición temporal estructurada y no una coincidencia al azar.
Persecuciones, heridas y un zorro en retroceso
Las cámaras documentaron siete persecuciones de perros a guanacos y otros siete ejemplares con heridas por mordeduras y daño de tejido. Los perros actuaron en pares durante los episodios de hostigamiento. Aunque los eventos resultaron poco frecuentes, los autores advierten que los efectos directos e indirectos podrían acumularse si la población canina sigue en expansión.
La tendencia temporal marcó el dato central. Las detecciones de perros aumentaron 226% durante el período. Se mantuvieron estables los primeros tres años y se aceleraron con fuerza desde la primavera de 2021. Las del guanaco subieron 40%, mientras que las del zorro chilla cayeron 66%. Además, perros y chillas nunca coincidieron frente a una misma cámara. Los autores citan un trabajo que informó una caída superior al 50% en la densidad de chillas del lado chileno de la isla entre 2007 y 2022, atribuida a perros de vida libre.
El zorro colorado fueguino (Lycalopex culpaeus lycoides), el único gran cánido nativo de la isla, nunca apareció en las cámaras. Se trata de una especie amenazada, con menos de 2.500 individuos y baja variabilidad genética. Los autores la consideran merecedora de atención urgente, por la posible competencia por recursos y la eventual transmisión de enfermedades desde los perros.
El rol del bosque y la necesidad de gestión
El modelo estadístico detectó un efecto marginal de la cobertura forestal sobre la actividad canina (p = 0,082 en el modelo completo y p = 0,06 en el simplificado), por lo que no resultó significativo. Aun así, los autores destacan una tendencia que merece más estudio. Los parches de bosque posiblemente ofrezcan refugio frente al clima y sitios de cría, mientras que alambrados, caminos y cursos de agua funcionarían como corredores.
En ese sentido, entre 1990 y 2012 la superficie ganadera afectada por perros asilvestrados pasó de 2,5% a 69,3%, y las estancias de la estepa sin bosque, 60 km al norte, no reportaron las pérdidas de ovinos del ecotono.
Para los investigadores, los perros asilvestrados funcionarían como depredadores tope del sistema, con presión sobre la fauna silvestre y el ganado. Tierra del Fuego tiene la única ley provincial argentina sobre control de perros asilvestrados (N° 1146), pero sigue sin reglamentar ni implementar.
El estudio reclama un enfoque participativo, basado en evidencia y con gobiernos, productores y organizaciones de conservación, que incluya educación, tenencia responsable, esterilización, adopción y retiro ético de ejemplares.
FUENTE: Perspectives in Ecology and Conservation con aportes de Redacción +P.