En la práctica, esto significa más salmones, más camarones y más peces de alto nivel trófico, todos con dietas exigentes en proteínas y ácidos grasos omega-3. Son especies de lujo que generan buenos márgenes y atraen inversiones, pero que dependen en gran medida de los océanos para alimentarse.
Los productores lo saben. “El salmón que exportamos a Estados Unidos y Japón necesita una dieta rica en lípidos marinos. No podemos simplemente cambiar a soja o maíz, porque el pez pierde calidad y el consumidor lo nota”, comenta un gerente de una empresa salmonera en Chile.
La brecha entre oferta y demanda
La harina y el aceite de pescado, elaborados a partir de pesquerías silvestres y subproductos industriales, suman entre 5,5 y 6 millones de toneladas métricas anuales. Es un techo que no se ha movido en más de una década.
El problema es que la demanda no deja de crecer. Según el informe, ya en 2028 podrían surgir las primeras señales de escasez de harina de pescado, mientras que la falta de aceite se volvería crítica a lo largo de la década.
La consecuencia directa es una presión sobre los precios. “Dada la limitada disponibilidad de sustitutos eficaces a gran escala, incluso pequeñas interrupciones del suministro pueden provocar fuertes aumentos de precios”, advierte Sharma.
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La caída en la producción mundial de harina de pescado pone en riesgo la sustentabilidad de la actividad acuícola.
Los productores más pequeños sienten el impacto con más crudeza. En Vietnam, criadores de camarón relatan que el precio del alimento balanceado se ha duplicado en algunos momentos. “Cuando sube demasiado, muchos prefieren reducir la densidad de los estanques o detener la producción. No podemos competir con los grandes que tienen contratos a largo plazo”, comenta un productor local.
El Niño, el gran desestabilizador
Si el desequilibrio entre oferta y demanda ya es preocupante, el clima añade un factor de incertidumbre cada vez más difícil de manejar. La producción depende de la estabilidad de ecosistemas marinos sensibles a cambios en temperatura y corrientes.
Perú, principal productor mundial, concentra buena parte de la responsabilidad. Un retroceso en su producción puede recortar hasta un 20% de la oferta global. Eso fue lo que ocurrió en 2023, cuando un episodio de El Niño redujo drásticamente las capturas de anchoveta. El resultado fue inmediato: los precios internacionales de la harina y el aceite de pescado se dispararon a niveles históricos.
“Ese evento demostró la fragilidad del sistema y cómo la concentración de la oferta, sumada a la rigidez de la demanda, amplifica las fluctuaciones de precios”, apunta Sharma.
Los pescadores también lo sintieron. “Salíamos al mar y volvíamos con las redes casi vacías. Nunca había visto una temporada tan difícil”, recuerda un capitán de barco en Chimbote, Perú.
Una cadena de valor vulnerable
La dependencia de estos insumos coloca a toda la industria acuícola en una situación frágil. Los precios volátiles dificultan la planificación, erosionan márgenes y amenazan la rentabilidad. A su vez, la presión sobre harina y aceite de pescado no afecta solo a la acuicultura: también golpea a sectores como la ganadería intensiva y la industria de mascotas, que compiten por las mismas materias primas.
“Es un efecto dominó. Cuando la harina de pescado sube, suben también los costos en pollos, cerdos y hasta en alimentos para perros y gatos. Todo el sistema se vuelve más caro”, explica un distribuidor de insumos en España.
El informe no deja dudas: la salida pasa por diversificar las fuentes de proteína y lípidos. El aceite de algas aparece como una de las soluciones más prometedoras. Al replicar los ácidos grasos omega-3 presentes en el mar, puede ofrecer una alternativa directa al aceite de pescado.
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El aceite de algas aparece como una de las soluciones más prometedoras para suplantar al aceite de pescado.
La harina de insectos, en tanto, se está consolidando como un recurso sostenible, capaz de producirse con menos agua y menos espacio, y de integrarse en las dietas acuícolas sin comprometer el crecimiento.
“Estas innovaciones no deben verse como sustitutos de emergencia, sino como componentes esenciales de las formulaciones del futuro”, enfatiza Sharma. Sin embargo, reconoce que aún falta camino: reducir costos de producción, aumentar la escala y lograr la aceptación del consumidor.
Algunas empresas ya están dando pasos. En Noruega, salmoneras líderes han incorporado hasta un 10% de aceite de algas en sus dietas, mientras en Europa se multiplican las plantas piloto de producción de harina de insectos.
Una industria en transformación
La acuicultura global, llamada a convertirse en el “granero azul” del planeta, está en plena encrucijada. Su capacidad de alimentar a miles de millones depende de cómo logre resolver este dilema: un recurso esencial, cada vez más escaso, amenazado por un clima impredecible.
De aquí a 2033, los actores del sector deberán elegir entre sostener un modelo vulnerable y dependiente, o acelerar una transición hacia sistemas de alimentación diversificados y resilientes. La cooperación entre productores, gobiernos y científicos será clave. En palabras de Sharma, “no se trata solo de sobrevivir a la próxima crisis de precios, sino de construir un futuro en el que la acuicultura pueda crecer sin estar atada de manos a la disponibilidad de harina y aceite de pescado”.
El reto es enorme, pero también lo es la oportunidad: transformar la manera en que se alimenta el mar para garantizar la seguridad alimentaria de la humanidad.
Fuente: RaboResearch con aportes de la Redacción +P.