En este contexto, expertos de instituciones como el Royal Botanic Gardens en Kew, Londres -cuyo el herbario almacena 7 millones de especies botánicas y ejemplares de lugares de todo el mundo que datan de hace más de 100 años-, están explorando una solución que rompe con la lógica de la agricultura industrial: la diversificación radical de nuestros sistemas alimentarios.
En lugar de depender de la ingeniería genética para maximizar los rendimientos de los cultivos existentes, la propuesta es reintroducir y cultivar miles de especies de plantas comestibles que actualmente son ignoradas. De las más de 7.000 plantas comestibles identificadas a nivel mundial, solo 417 se utilizan para el consumo masivo. Este abismo representa una oportunidad de mercado y una estrategia de resiliencia económica.
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El fruto del banano (izquierda) y el ensete (derecha), parte del menú que preparan los científicos para las próximas décadas.
El potencial de los cultivos olvidados
La clave para el futuro podría estar en plantas como el pandano (Pandanus tectorius). Este árbol, que tolera sequías y vientos fuertes, ofrece una fruta nutritiva y versátil, utilizada en la cocina del sudeste asiático. Su capacidad para prosperar en condiciones adversas lo convierte en una inversión agrícola inteligente, especialmente en regiones costeras vulnerables al cambio climático. Al promover su cultivo a gran escala, se podrían abrir nuevas cadenas de valor y mercados de nicho para comunidades locales.
Similarmente, la falsa banana (Ensete ventricosum), un pariente cercano del banano, se consume solo en Etiopía, pero su potencial es inmenso. Estudios sugieren que podría alimentar a más de 100 millones de personas. Su tallo y raíces ricos en almidón ofrecen una fuente de carbohidratos, y su capacidad de fermentación abre puertas para la producción de alimentos procesados.
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En Kew Gardens, los jardines Patrimonio de la Humanidad, se habla de la alimentación del futuro.
Las legumbres son otro "alimento del futuro". Son baratos, ricos en proteínas y vitaminas B, y se adaptan a una amplia gama de entornos, desde las costas del océano hasta las laderas de las montañas. Hay 20.000 especies de leguminosas en el mundo, pero usamos solo un puñado.
El frijol morama (Tylosema esculentum) es un alimento básico en partes de Botswana, Namibia y Sudáfrica, donde los frijoles se hierven con maíz o se muelen hasta convertirlos en polvo para hacer crema de avena o una bebida similar al cacao.
Estos cultivos no solo representan una fuente de alimentos, sino también una oportunidad para diversificar la oferta agrícola y reducir la volatilidad de los precios en el mercado de commodities.
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El fonio, un cereal usado en el oeste de África, es rico en hierro, calcio y vitaminas.
De la dependencia a la resiliencia
En el magnífico Kew Gardens sobrevuela una idea fuerza unívoca: La transición hacia una dieta más diversificada y sostenible es un imperativo económico. Fomentar el cultivo de legumbres, cereales silvestres como el fonio y otras especies resistentes podría reducir los riesgos asociados con la volatilidad del mercado de granos.
Las empresas que inviertan en la investigación, desarrollo y comercialización de estos "alimentos del futuro" no solo estarán contribuyendo a la seguridad alimentaria, sino que también estarán capitalizando una nueva frontera en la agrobiodiversidad. Esta estrategia no es solo una respuesta a la crisis, sino una oportunidad para crear modelos de negocio más resilientes, que prioricen la sostenibilidad y la equidad, rompiendo con el ciclo de la dependencia alimentaria global.
Fuente: BBC World con aportes de +P