Chile desarrolla una variedad de arroz que reduce a la mitad el uso de agua
La nueva variedad de arroz chilena que usa menos agua y no emite metano podría cambiar la agricultura global, resolviendo una de las grandes paradojas del sector.
La agricultura, motor de la economía mundial, enfrenta desafíos duales: la necesidad de alimentar a una población creciente y la presión de mitigar su impacto ambiental. El cultivo de arroz, fundamental para la seguridad alimentaria de más de la mitad del planeta, es un ejemplo paradigmático de esta tensión. La producción tradicional es intensiva en agua y una de las principales fuentes de emisiones de metano, un gas de efecto invernadero 25 veces más potente que el dióxido de carbono.
En este contexto, una innovación desarrollada en Chile por el Instituto de Innovaciones Agropecuarias (INIA) emerge como una solución prometedora que no solo aborda la crisis hídrica local, sino que también ofrece un modelo replicable con beneficios económicos y ambientales a escala global.
Investigadores del INIA han creado una variedad de arroz de alto rendimiento adaptada a ambientes aeróbicos, es decir, sin la necesidad de inundar los campos. Esta técnica, que se aleja del monocultivo tradicional y se asemeja a la siembra en hileras de cultivos como el maíz, permite un riego más eficiente y controlado, con una frecuencia de cada 8 a 12 días, según las condiciones del suelo y el clima.
Este método no solo reduce drásticamente el consumo de agua, un recurso cada vez más escaso en Chile y en muchas otras regiones, sino que también elimina las condiciones anóxicas del suelo que propician la liberación de metano.
Los beneficios económicos para los agricultores son significativos. Al reducir la necesidad de agua y, según la Coordinadora Nacional de Seguridad Alimentaria del INIA, Karla Cordero, también disminuir el uso de agroquímicos, los costos de producción se minimizan. Esto se traduce en una mayor rentabilidad para los productores, quienes en regiones como el Maule, azotada por la sequía, encuentran en esta tecnología una vía para mantener su actividad productiva de forma sostenible.
La rotación de cultivos, un componente clave de este nuevo modelo, mejora la salud del suelo, protegiendo su estructura y aumentando la retención de carbono, lo que a largo plazo fortalece la base agrícola y reduce la dependencia de fertilizantes sintéticos.
A nivel macroeconómico y ambiental, el impacto de esta innovación es monumental. La práctica tradicional de inundar los arrozales es responsable de aproximadamente el 10% de las emisiones globales de metano. La adopción de este sistema de cultivo "climáticamente inteligente" en Chile, con el apoyo de entidades internacionales como el Global Methane Hub, demuestra cómo la innovación en el mejoramiento genético vegetal puede ser una herramienta poderosa para cumplir con los objetivos climáticos.
El éxito de los proyectos piloto en Chile posiciona al país como un referente en agricultura sostenible. El Dr. Miguel Ángel Sánchez, Director Ejecutivo de ChileBio, enfatiza que "el mejoramiento genético vegetal es esencial para adaptar la agricultura a los desafíos climáticos y ambientales".
Esta afirmación encapsula la relevancia de la investigación del INIA, que trasciende las fronteras locales para ofrecer una solución escalable que podría transformar la economía y la ecología de la producción de arroz a nivel mundial. La integración de la ciencia y las prácticas agrícolas, como se evidencia en este desarrollo, no solo garantiza la seguridad alimentaria, sino que también promueve un modelo de crecimiento económico más resiliente y respetuoso con el medio ambiente.
Fuente: Reporte Agrícola
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