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La semana de logros del Gobierno y el desafío de la economía real en Argentina

El Gobierno capitalizó avances clave en el frente externo y financiero, pero la recuperación sigue sin llegar a la economía real.

La semana pasada dejó una postal tan intensa como contradictoria para el Gobierno Nacional. Fue, sin exagerar, una de esas semanas que condensan en pocos días las tensiones estructurales del país: el entusiasmo del frente financiero y diplomático conviviendo con la crudeza de la economía real; la épica oficial frente a los números que siguen golpeando al tejido productivo y al bolsillo de los trabajadores. Una semana que el Gobierno celebró, pero que obliga a una lectura profunda, sin consignas ni triunfalismos, porque detrás de cada anuncio hay capas de realidad que merecen ser desmenuzadas.

La firma del acuerdo comercial entre la Unión Europea y el Mercosur es, sin dudas, uno de los hitos más relevantes de los últimos años en materia de inserción internacional para la Argentina. No es menor abrir formalmente la puerta a un mercado que supera los 450 millones de consumidores, con alto poder adquisitivo y estándares que, aunque exigentes, representan una vidriera incomparable para los productos nacionales.

El Gobierno de Javier Milei entendió rápidamente el valor simbólico y político del anuncio. En un contexto de fuerte alineamiento ideológico con la apertura comercial y el libre mercado, la administración libertaria capitalizó el acuerdo como una señal de que el país “vuelve al mundo”. Y, en términos estrictamente políticos, el movimiento fue eficaz: la firma permite mostrar resultados en el plano internacional en un momento donde la agenda doméstica sigue cargada de tensiones sociales y económicas.

Sin embargo, la letra chica del acuerdo y, sobre todo, los tiempos de su implementación obligan a poner algunos paños fríos. Tal como señalan analistas económicos y referentes empresariales, esto es apenas un primer paso. La reducción de aranceles será progresiva, escalonada y con múltiples excepciones. Además, la Unión Europea conserva amplias salvaguardas que le permiten frenar importaciones cuando considere que su producción interna está en riesgo. En otras palabras: no se trata de un acceso irrestricto ni inmediato, sino de un proceso largo, sujeto a revisiones políticas y económicas constantes.

El acuerdo no puede analizarse de manera aislada. Llega en un momento muy particular para el Viejo Continente, que ya no es el mismo de hace una década. Europa enfrenta una pérdida relativa de peso en el comercio global, un crecimiento económico más lento y un escenario geopolítico complejo. La retirada de Estados Unidos de varios acuerdos multilaterales en años recientes dejó al bloque europeo en la necesidad de redefinir su estrategia comercial y buscar nuevos socios.

En ese contexto, el apuro por cerrar con el Mercosur responde tanto a una necesidad europea como a una oportunidad sudamericana. El verdadero dinamismo del comercio global hoy se encuentra en Asia, y Europa lo sabe. De allí la urgencia por ampliar su red de acuerdos, aun a costa de enfrentar fuertes resistencias internas, especialmente de sus productores agropecuarios, que ven con recelo la competencia sudamericana.

Aquí aparece un punto clave: probablemente, en otro momento histórico, este acuerdo no se hubiese firmado. Es un razonamiento contrafactual, pero útil para entender que las condiciones actuales —económicas, políticas y geoestratégicas— fueron determinantes. Esto no desmerece el logro, pero sí obliga a dimensionarlo con realismo.

El acuerdo UE–Mercosur puede transformarse en una herramienta valiosa para ampliar valores y volúmenes de exportación argentinos en el mediano plazo. Pero su éxito dependerá de múltiples factores: competitividad interna, estabilidad macroeconómica, infraestructura, financiamiento y, no menos importante, la evolución del escenario global.

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El acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur abre nuevas oportunidades para las exportaciones argentinas y marcó un avance clave en la estrategia de inserción internacional del país.

El mundo atraviesa un proceso de reacomodamiento político y económico profundo. Nadie tiene plena certeza de cómo terminará esta reconfiguración. En este contexto, lo que ayer era una ventaja comparativa hoy puede convertirse rápidamente en un problema. Por eso, más que celebrar sin matices, la firma del acuerdo debería ser entendida como una oportunidad que requiere políticas activas y consistentes para materializarse.

La semana financiera: alivio, pero no despegue

El segundo gran frente donde el Gobierno logró anotarse puntos fue el financiero. El pago de los compromisos de deuda por poco más de 4.300 millones de dólares que vencieron el viernes fue, sin dudas, un alivio. Si bien el mercado descontaba que el default no era una opción, el riesgo argentino sigue latente y no faltaron economistas que, hasta mitad de semana, advertían sobre posibles dificultades para reunir semejante suma.

Luis Caputo logró cerrar este capítulo recurriendo, una vez más, a los “amigos de siempre”. El REPO por 3.000 millones de dólares, acordado con un consorcio de seis bancos internacionales, permitió cumplir con los vencimientos y descomprimir tensiones. La tasa del 7,4% anual y el plazo de un año reflejan tanto la confianza relativa en el corto plazo como las dudas estructurales de fondo.

La participación de entidades como JP Morgan, Santander, BBVA, Deutsche Bank y Goldman Sachs no sorprendió. Sí lo hizo la incorporación del Bank of China, un dato que alimenta expectativas sobre una eventual renovación del swap con China por unos 6.000 millones de dólares que vencen en junio. En un mundo donde la geopolítica financiera pesa cada vez más, este movimiento no es menor.

Este fue el tercer REPO de la gestión Milei y, según fuentes oficiales, podría ser el último. La intención del Ministerio de Economía es que el próximo gran vencimiento de Bonares y Globales se cubra con deuda voluntaria en los mercados internacionales. El presupuesto ya habilitó esa posibilidad.

Aquí aparece un debate central. Analistas del mercado coinciden en que Argentina podría volver a emitir deuda, pero advierten que el escenario ideal requiere un riesgo país por debajo de los 500 puntos básicos. Esa barrera psicológica sigue siendo el gran objetivo. Hoy, el riesgo país continúa siendo el termómetro que mide la credibilidad del programa económico.

caputo luis saludando

El ministro Caputo cerró una semana favorable en el plano financiero, pero la economía cotidiana mostró que el camino hacia la recuperación sigue siendo incierto.

Caputo confía en que el camino hacia el 9 de julio —fecha del próximo vencimiento por unos 4.200 millones de dólares— será más tranquilo que el que acaba de cerrarse. Pero esa tranquilidad no está garantizada: dependerá de la evolución del riesgo país, del contexto internacional y, sobre todo, de la consistencia interna del modelo.

Como broche de oro de la semana financiera, el Gobierno devolvió los 2.500 millones de dólares que había utilizado del acuerdo de intercambio de monedas celebrado entre ambos países por 20.000 millones de dólares recibidos en octubre en el marco del swap con el Tesoro de los Estados Unidos. El anuncio, realizado tanto por Scott Bessent en X como por el Banco Central de la República Argentina, fue presentado como una señal de solvencia y normalización.

La cancelación, realizada con fondos de organismos multilaterales, fue celebrada por el equipo económico como un gesto de fortaleza. Y, desde la óptica financiera, lo fue. No es habitual que Argentina cancele anticipadamente este tipo de compromisos. Para el Gobierno, fue una semana redonda, de esas que “quisieran que no terminen nunca”.

Pero la economía real no acompaña

El problema es que la fiesta financiera contrasta con la realidad productiva. Los datos de la economía real volvieron a encender alarmas. La industria y la construcción, dos pilares fundamentales de cualquier economía, registraron fuertes caídas en noviembre de 2025.

El Índice de Producción Industrial Manufacturero (IPI) mostró una caída interanual del 8,7%, el peor desempeño del año. Quince de las dieciséis divisiones industriales registraron retrocesos. No se trata de un sector puntual, sino de una contracción generalizada que refleja el impacto de la recesión, la caída del consumo y el encarecimiento del crédito.

La construcción, por su parte, cayó un 4,7% interanual según el ISAC, cortando una racha de diez meses positivos. La baja mensual desestacionalizada del 4,1% refuerza la señal de enfriamiento. Menos obra pública, menor inversión privada y costos crecientes explican gran parte del fenómeno.

Estos números dejan una conclusión clara: el optimismo del mercado financiero todavía no se traduce en mejora para la economía real. Y esa brecha es peligrosa. Sin recuperación de la actividad, sin empleo y sin ingresos, la estabilidad financiera se vuelve frágil.

A este escenario se suma la inflación. El IPC que se conocerá el martes 13 genera expectativas negativas. La mayoría de las consultoras anticipa un dato superior al 2%, e incluso mayor al 2,5% de noviembre. De confirmarse, sería el séptimo mes consecutivo de aceleración inflacionaria, muy lejos del relato oficial de fines del año pasado.

inflación super

El Gobierno ganó aire financiero, aunque la inflación vuelve a imponerle límites al relato de recuperación.

La inflación de la Ciudad de Buenos Aires ya anticipó la tendencia: 2,7% en diciembre y un cierre anual del 31,8%. Otro golpe directo al bolsillo del trabajador, que ve cómo la estabilidad macro no se refleja en su día a día.

La semana pasada dejó, en definitiva, una síntesis perfecta del momento argentino. Logros innegables en el plano financiero y diplomático, combinados con un deterioro persistente de la economía real. Un Gobierno que acumula capital político en los mercados, pero enfrenta el desafío urgente de transformar esos “brotes verdes” en actividad, empleo y alivio para la sociedad.

El acuerdo con la Unión Europea, el cumplimiento de la deuda y la normalización financiera son pasos importantes. Pero no suficientes. El verdadero examen será lograr que esas victorias se traduzcan en crecimiento inclusivo. Porque, al final del día, ningún acuerdo comercial ni ningún REPO puede reemplazar la realidad concreta del trabajador que llega, con mucha suerte, con lo justo a cada fin de mes.