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Reservas en aumento y crédito estancado: la contradicción del modelo económico argentino

Mientras el Central logra acumular dólares para sus reservas, las tasas récord frenan el crédito, enfrían el consumo y dejan a empresas sin financiamiento.

Argentina vuelve a transitar, una vez más, una de esas encrucijadas históricas donde las variables financieras parecen acomodarse parcialmente mientras la economía real continúa esperando señales concretas de recuperación. En las últimas semanas, el Gobierno nacional ha logrado enviar mensajes positivos hacia el mercado y los organismos internacionales, especialmente en lo que refiere a la acumulación de reservas del Banco Central de la República Argentina (BCRA). Sin embargo, detrás de estos avances emerge una pregunta incómoda, pero inevitable: ¿es posible crecer, invertir y generar empleo con el actual nivel de tasas de interés que enfrenta el sector privado?

Desde el punto de vista estrictamente financiero, las señales recientes son claras. El BCRA compró cerca de 130 millones de dólares en una sola jornada y acumuló alrededor de 470 millones en apenas una semana. En las últimas diez ruedas, las adquisiciones rondaron los 700 millones de dólares, llevando las reservas brutas a un nivel cercano a los 44.600 millones.

Estas compras no se realizaron únicamente en el mercado mayorista, sino también fuera de él, con el objetivo de ofrecer cobertura cambiaria a inversores privados y reforzar la posición externa del país. Según las proyecciones oficiales, elaboradas por el propio presidente del Banco Central, Santiago Bausili, durante 2026 la compra de reservas podría ubicarse entre los 11.000 y 15.000 millones de dólares, siempre y cuando ciertas variables —exportaciones, balanza energética, ingreso de capitales y estabilidad cambiaria— acompañen el proceso.

Desde esta perspectiva, el mensaje hacia el Fondo Monetario Internacional y hacia los mercados es positivo: Argentina recompone reservas, reduce vulnerabilidades externas y fortalece su hoja de balance. No es un dato menor en un país históricamente condicionado por su escasez crónica de dólares.

No obstante, la historia económica argentina demuestra que raramente las mejoras financieras llegan sin costos colaterales. En este caso, mientras el frente cambiario y de reservas muestra avances, otra variable clave del sistema financiero volvió a encender luces de alerta: las tasas de interés. Las primeras semanas del año dejaron en evidencia una volatilidad preocupante. En el inicio de enero, las tasas llegaron a tocar picos cercanos al 130% anual, para luego desplomarse hacia la zona del 35%. Sin embargo, la calma duró poco. En la segunda semana, volvieron a dispararse y las de mayor plazo alcanzaron niveles de hasta el 50% anual.

Una política que, aunque el Gobierno lo desmienta, busca que que las carteras de inversiones en pesos no se desarmen y que vuelva a renacer el proceso de dolarización de estos fondos, lo que generaría presiones sobre la paridad cambiaria.

Pero esta dinámica errática no solo genera ruido financiero, sino que introduce un fuerte freno a la principal herramienta que podría reactivar la economía real: el crédito. Argentina atraviesa una fase de consumo deprimido. El ajuste fiscal, la licuación de ingresos reales y la pérdida de poder adquisitivo dejaron un mercado interno debilitado. En ese contexto, el crédito debería cumplir un rol contracíclico, permitiendo suavizar la caída y sostener niveles mínimos de demanda.

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La acumulación de reservas convive con un sistema financiero volátil, tasas elevadas y un crédito que no logra reactivarse.

Sin embargo, la realidad no refleja esto. Hoy, un crédito personal de 10 millones de pesos a 36 meses en un banco privado tiene un costo financiero total (CFT), con IVA incluido, del orden del 110% anual. Los créditos ajustados por UVA —incluso los personales— presentan un CFT cercano al 29%, que se acumula sobre la inflación. Y los adelantos de sueldo, que son créditos de corto plazo, se pagan con tasas nominales cercanas al 65%, lo que eleva el CFT por encima del 100% anual. Para las empresas, en un plano de tasas algo inferior, acceder al crédito muestra esta misma tendencia. La imposibilidad de poder tomar esta herramienta las hace muy vulnerables y les condiciona su desarrollo; clave para el crecimiento del país.

Con estos números, la pregunta no es si el crédito dinamiza el consumo y el crecimiento económico, sino cuántas personas o empresas pueden realmente acceder a él sin comprometer su estabilidad financiera futura. La respuesta es evidente: muy pocas.

Excepción sostenida por el Estado

El mercado hipotecario muestra una leve reactivación, pero no gracias al sistema financiero privado, sino al impulso de la banca pública, particularmente del Banco de la Nación Argentina. Los créditos ofrecidos por esta entidad comenzaron a dinamizar la compraventa de viviendas, generando cierto movimiento en el sector inmobiliario. Sin embargo, el sistema financiero privado sigue dudando. Las razones son claras:

-La volatilidad de tasas, que introduce riesgos significativos en préstamos de largo plazo.

-La fuerte competencia del Estado por el crédito, que absorbe buena parte de la liquidez disponible para refinanciar su propia deuda. Un déjà vu argentino.

Lejos de modificar una lógica histórica, el mercado financiero continúa operando bajo un esquema conocido: el principal demandante de crédito es el Estado. Prestarle al sector público resulta atractivo: bajo riesgo de default inmediato, montos elevados y alta liquidez secundaria. Frente a esto, el sector privado queda relegado, enfrentando tasas más altas, mayor riesgo y condiciones más restrictivas.

Este fenómeno, conocido como crowding out, no es nuevo en Argentina. Pero en el actual contexto resulta particularmente nocivo, porque bloquea el financiamiento productivo justo cuando las empresas más lo necesitan. El crowding out (efecto desplazamiento o expulsión) lo define la bibliografía especializada como un fenómeno económico donde el financiamiento de la deuda pública, eleva las tasas de interés y/o reduce la disponibilidad de crédito, "expulsando" la inversión privada y la actividad económica del sector privado,

Las consecuencias ya son visibles. Numerosas empresas comenzaron a entrar en default preventivo, no por inviabilidad productiva, sino por la imposibilidad de refinanciar pasivos en un mercado financiero hostil. Casos como Ledesma, Citrícola San Miguel, empresas metalmecánicas, lácteas y recientemente Bioceres reflejan este patrón preocupante.

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La falta de financiamiento empuja a empresas a renegociar deudas en un contexto de tasas históricamente altas.

Estas compañías optan por renegociaciones privadas con acreedores, extendiendo plazos y apostando a que el contexto financiero mejore en el mediano plazo. Pero esta estrategia es defensiva, no expansiva. No genera inversión, no crea empleo y no impulsa crecimiento.

El dólar como ancla implícita y sus contradicciones

El Gobierno parece cómodo con el actual nivel del dólar. Desde noviembre, tras el triunfo electoral de Javier Milei, la divisa norteamericana mostró un crecimiento nominal bajo y una depreciación real significativa frente a la inflación. Este esquema permitió al BCRA comprar dólares y acumular reservas, aprovechando una tasa financiera en pesos del 30–40% que vuelve muy rentable posicionarse en moneda local.

Sin embargo, esta estrategia tiene límites. El tipo de cambio no puede llegar al techo de la banda sin generar tensiones. Si eso ocurre, el Banco Central debería volver a intervenir, vendiendo reservas, lo que contradice el objetivo central de acumulación. Aquí emerge una contradicción clave: el dólar deja de ser ancla inflacionaria, pero tampoco puede flotar libremente. El esquema queda a mitad de camino, generando cierto grado de incertidumbre.

Por otra parte, la inflación mostró cierta aceleración reciente, impulsada por subas en alimentos, especialmente carne. El Gobierno sostiene que se trata de una transición y que la tendencia sigue siendo descendente. Los analistas proyectan una inflación mensual en torno al 2–2,4% en el corto plazo, con un acumulado anual superior al 24% en 2026. Difícilmente antes del segundo semestre se logre perforar sostenidamente el piso del 2% mensual. Mientras tanto, las tasas de interés reales siguen siendo extraordinariamente altas.

Llegado a este punto, la pregunta deja de ser técnica y se vuelve estructural. ¿Puede una economía crecer con tasas de interés que desalientan el crédito, paralizan la inversión y empujan a las empresas al default defensivo? La evidencia histórica y teórica indica que no. La estabilidad financiera es condición necesaria, pero no suficiente, para el crecimiento. Sin crédito accesible, no hay consumo; sin financiamiento productivo, no hay inversión; sin inversión, no hay empleo ni desarrollo.

El Gobierno enfrenta ahora el desafío más complejo: hacer converger tasas de interés, inflación, deuda y tipo de cambio en un esquema coherente y sostenible. De lo contrario, el modelo corre el riesgo de consolidar una macroeconomía ordenada, pero con una microeconomía devastada. Argentina ya recorrió ese camino. Y los resultados son conocidos.

El interrogante sigue abierto: ¿será esta vez diferente, o las tasas volverán a convertirse en el principal obstáculo para el crecimiento?