Desnudos es un adjetivo que les hace justicia. Sin madera, o con muy poca y más bien neutra, lo que gana relevancia a la hora de sabor es la fruta pura y dura del Malbec: una mezcla que va de la ciruela fresca a las moras, con matices de hierbas y de violetas. Es en la boca, sin embargo, donde más se nota esta desnudez.
Fluidos, jugosos y de un paso entre compacto y ágil, en contraposición con el volumen y la cremosidad del pasado lucen como vinos en su pura piel y huesos. Desnudos, para decirlo sin modulación metafórica.
Movimiento de reacción
Los Malbec desnudos son, ante todo, un movimiento de reacción, contestatario. A un momento de dominancia de los estilos ampulosos, maderosos y maduros de las últimas décadas, se sobrepone un movimiento instituyente que se distancia del estilo anterior con una estética menos adornada. En la falta de adornos está buena parte de la gracia.
Como todo movimiento estético, el de los Malbec desnudos también es un movimiento político. Denuncia a sus predecesores como vinos que faltaron a la idea del terroir, aun cuando la proclamaron. El argumento es atendible: si para reflejar el gusto de una región hay que ofrecer un estilo donde la madera y la sobre madurez son claves, la región queda desfigurada detrás de esa suerte de autotune técnico. Los Malbec desnudos, en cambio, buscan reflejar esos valores. Si en la región hay hierbas silvestres, si hay flores o si el suelo ofrece ciertas condiciones que modifican el sabor del vino, los Malbec desnudos tiene que dar cuenta de esos matices.
Como todo movimiento estético y político, tiene también un dispositivo que lo representa. Si la barrica fue el ícono del tiempo pasado, el huevo de hormigón es la realización de esa técnica. En la tesis de quienes van por la desnudez, un vino criado en hormigón conserva mejor esas cualidades, ya que el concreto es un material neutro siempre que esté bien franqueado (apunte técnico: el calcio del concreto reacciona con el vino a menos que se lo haya neutralizado usando ácido tartárico).
Dentro de este proceso de reacción hacia el pasado, la desnudez de ciertos vinos coquetea a su vez con postulados antisistema. Si elaborar un vino empleando técnicas e insumos enológicos es una representación de lo que puede ser un Malbec convencional, la respuesta desnuda es apuntalar la menor intervención de los vinos. De hecho, uno de los términos que más se ha puesto de moda entre los productores desnudos, es el de los vinos poco intervenidos. Es un deslizamiento de sentido entre términos parientes: entre desnudos, no maquillados, no manipulados, no intervenidos.
Una estética y un sabor
Así, los Malbec desnudos ofrece un sabor diferente. Es decir: proponen una nueva estética. Los colores son más vivos y vibrantes, en la gama de los púrpuras netos y lejos de los tonos ladrillo que aquejan a los vinos barricados; en aromas ofrecen frutas y flores, con notas de hierbas, sin los anabólicos de la madera ni de la madurez, que todo lo empareja en nombre de un paladar anticipable para los consumidores. Ahí está la clave de lo que se va y de lo que ya es una realidad.
Entre los estilos que dejó la época dorada de la madurez y los que trae el amanecer de los vinos desnudos, hay un amplio rango que los conecta sin eslabones perdidos. En todo caso, un hilo conductor los enhebra: los terroir más fríos son aquellos en donde la desnudez es una estética que subraya ese carácter y matices, mientras que los terroir cálidos encuentran en la riqueza del paladar una estética que subraya esos matices con la madurez y la madera. Quizás, con el correr de los años, cada uno de estos estilos terminen representando bien a sus terroirs. Y resulten una guía práctica para encontrar un vino a la medida de cada paladar. Hasta ahora, parece una batalla más estilística que de terroir.