El dato adquiere una relevancia superlativa a medida que Sergio avanza con el relato. Pero antes deja un par de definiciones que actúan como el paraguas debajo del cual se mueve todo su emprendimiento, ubicado allí donde Chile queda cerca, y se abren los caminos a la Patagonia austral argentina.
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El origen: Sergio Rodríguez Bianchi comenzó el proyecto en 2009 en una chacra de Trevelín, Chubut.
De secretos y de historias
Primero resalta que todo avanza “por un compromiso con el trabajo y una pasión”, y luego profundiza en uno de los secretos de su negocio, que comenzó haciendo turismo cuando aún no tenían ni una sola botella de vino para vender. Hoy, todos los años “quebramos stock” y venden toda la producción a un precio en bodega que ronda los $55.000 la botella.
“Lo que vende es la historia, lo que engancha a la gente son esas historias de vida, de gente aislada, como pasa acá en la Patagonia. Historias de gente que tiene muy pocos medios y desarrolla un grado de creatividad para crear un producto comercial que se transforma en un medio de vida. Historias que hacen a la superación, historias que hacen al amor a su tierra, historias que hacen a su identidad chubutense. Es impresionante todo lo que vos vas descubriendo detrás de cada uno de esos productos”, cuenta —sabiendo cómo hacerlo— sobre el otro aspecto central de su empresa.
Más de una vez se filtra en la entrevista el nombre de una mujer: Maura. Una mujer personalizada, nacida en medio de la guerra y que por estos días es el vínculo cálido y personal con los visitantes. Aún entrada la noche, se arropa y sale a su encuentro.
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Anfitriona de lujo: Maura, nacida en plena guerra, lidera con pasión las visitas guiadas del viñedo.
Un monte de espinas
17 años después de que pusieron un pie en un lote plagado de rosa mosqueta y que se encuentra pegado al ya famoso campo de tulipanes, “Viñas de Nant y Fall”, con 3 hectáreas plantadas, tiene un potencial final de 20.000 botellas. Hoy la producción está estabilizada en 12.000 botellas y en un principio plantaron Pinot Noir. Era 2019.
“Llegar a la primera vendimia nos llevó 6 años, el doble de lo que nos lleva hoy en día poner en producción una planta, pero fuimos descubriendo a los golpes cómo era eso de convivir con las heladas en el ciclo productivo”, dice Sergio.
Su establecimiento es más que una bodega. Dentro del predio, donde hay un lago, funciona el restaurante “Sangre Tinta” y el almacén gourmet “Tanino” con productos regionales. También cuentan con un hospedaje llamado “La Bodeguita” y espacios para motorhomes y carpas.
Tal vez Sergio haya intentado reparar una historia que interrumpió la guerra. Y buscó que su familia sea lo que fue siempre.
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El motor del negocio: Para la bodega, la historia de vida que se cuenta es tan valiosa como el propio vino.
“Los Bianchi míos llegaron a Buenos Aires después de la Segunda Guerra. Primero mi Nono, allá por el 48. Él había sido piloto de guerra en la aviación italiana. Lo llamaron al frente y fue trasladado a la base de Aviano. My abuelo luego se va a la guerra y mi mamá nace en plena guerra”, dice y resume el germen de una historia similar a otras de la guerra.
Se entusiasma y agrega: “Cuando termina la guerra, no le dan trabajo porque había peleado para el régimen de Mussolini, pero, bueno, era un subordinado al régimen”. Se viene para Argentina luego de salir de un campo de concentración en Albania. Al año llega su mujer con Maura, que tenía 4 años.
Rodríguez Bianchi llegó con su hijo Emmanuel a la Secretaría de Fruticultura de Río Negro para hablar de sus vinos, pero sobre todo de enoturismo. Cómo hace para vender todos sus vinos en la misma bodega, un sueño de muchos de los bodegueros regionales, porque de ese modo el margen de ganancia es mayor que entregar sus productos a un intermediario.
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La primera cosecha: En 2016 lograron embotellar las primeras 300 botellas de Pinot Noir en El Bolsón.
Maura
Y les contó que el primer almuerzo que ofreció fueron salchichas, y les remarcó cómo la responsabilidad y persistencia son claves.
La historia continuó porque contar historias parece ser su fuerte, Sergio continúa y retoma desde el momento en que sus padres se jubilan y cambian Mar del Plata por Chubut: “Mi papá Rodolfo ayudó muchísimo a mi hijo Emmanuel a armar el emprendimiento, y se dedicaba mucho a mantener linda la chacra. Como decía él, tenía que estar lo más parecido a un campo de golf”.
Entra a escena Maura: “Mi mamá, que se jubiló de docente, siempre fue maestra y bibliotecaria. Y encontró su lugar en las visitas guiadas. Es como su cable a tierra el sociabilizar con la gente, conocer historias de vida. Es como que lo disfruta, pero más disfruta la gente de ella”.
Tanto desarrolló su arte de contar y mostrar, y el de ser buena anfitriona, que “con los años se transformó en un producto en sí mismo”. Eso se corrobora cuando alguien se aloja en alguna cabaña y se presenta en la recepción: “Me dijeron que tengo que hacer las visitas guiadas con Maura”.
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Efecto Maura: Muchos turistas exigen hacer la visita guiada exclusivamente con ella por su calidez.
“Algunas veces es tarde y está acostada, y le decimos: 'Che, mami, ¿querés que la haga yo la visita?'. Y ella responde: 'No, de ninguna manera. Ya me pongo algo, me abrigo y voy'”, detalla su hijo mientras lo gana la emoción.
“Eso es compromiso y pasión. El valor del trabajo más allá de los años, más allá del tiempo, más allá del sacrificio. Y creo que es una de las improntas más grandes que tiene la familia”, dice para dar cierre a su relato de la parte familiar de la bodega.
Hay cascadas
El nombre “Viñas del Nant y Fall” fue puesto en honor al arroyo que recorre la chacra y “al cual le debemos todo lo que somos”. Nant y Fall nace de dos palabras: Nant (arroyo en galés) y Fall (salto, caída en inglés). En el idioma galés se unen para formar una sola palabra, “Nant y Fall”, que significa “Arroyo de las Cascadas”.
Se ubica a 7 kilómetros de Trevelin, próximos a Esquel, y en un entorno marcado por el entrecruzamiento del legado de los pueblos originarios y los inmigrantes. Historias surgidas del fondo de las vastedades recorridas por los primeros habitantes, cuando no había trenes ni rutas.
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Precio exclusivo: Cada botella de la producción se vende hoy en la bodega por unos 55.000 pesos.
“Desde el día uno, tuvo una característica muy particular, y es que la chacra se instaló sola”, como destino de los turistas.
Y como tantos otros inmigrantes de comienzos del siglo pasado, “mis nonos traían la semilla de la pasión, esa pasión germinó en la Patagonia, en otro tiempo, en otra geografía, en otras circunstancias, con otros desafíos”.
Pero una visita circunstancial les iba a deparar la apertura a los más exigentes compradores. Pero al comienzo de todo, sorprendía a los turistas que justo ahí, con las montañas con sus nieves eternas de fondo, surgiera un viñedo.
Parole, parole...
“Los turistas doblaban y se metían a la chacra. Y nosotros les explicábamos que todavía no habíamos llegado a la primera vendimia”.
Entonces define otras de las claves del enoturismo: “Lo primero que se hace con un turista que llega es establecer el vínculo. Por eso, en definitiva, nos la pasábamos hablando todo el día, haciendo sociales. Se iban los turistas y quedaba un lindo recuerdo. Nos atrasábamos en el trabajo, y no ingresaba dinero”.
Por eso surgió la necesidad de capitalizar esas situaciones y armaron un formato de visita guiada. Aún no habían logrado madurar “ni un racimo de uvas”.
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Legado técnico: Emmanuel, el hijo de Sergio, se formó en enología y es quien hoy elabora los vinos.
“A ese viñedo incipiente le sumamos la historia del Chubut. Una historia muy particular, una historia que sale de los esquemas del desarrollo de cualquier provincia argentina; una provincia que está basada en la colonización de inmigrantes galeses que fueron invitados por el mismo Estado argentino porque necesitábamos poblar la Patagonia”.
Sergio los admira a esos galeses, porque “ellos eligen vivir bajo la bandera argentina de propia voluntad. Fue un manifiesto a mano alzada, donde, por unanimidad, eligen seguir viviendo en este lugar”.
Pero más admira al Perito Francisco Pascasio Moreno. “El arroyo Antifal, que le da nombre a nuestro emprendimiento, tiene pendiente al Pacífico. Y habría sido un territorio chileno si no hubiera sido por el Perito Moreno y su postura de límites por las altas cumbres. Gracias al Perito Moreno y a esos primeros colonos galeses, hoy disfrutamos de todo ese territorio. El Perito Moreno debería ser uno de los próceres más reconocidos de Argentina”.
Un simple paquete de salchichas
La primera comida ofrecida en Nant y Fall no fue muy glamorosa. Sergio estaba pescando con su hijo en el lago Futaleufú. Y comenzó a sonar el teléfono. Era su madre agitada: “Sergio, hay una parejita que tiene hambre, tiene ganas de comer algo y no tenemos nada para darle”.
“Recuerdo que le dije: 'Má... Calmate. Anoche cené con ustedes. Abrí la heladera y hay un paquete de salchichas. Ofreceles eso'”.
“¡Pero vos estás loco! ¡Qué le vamos a dar salchichas!”, fue la esperable respuesta de una madre italiana herida en su orgullo.
Fue ahí que resolvieron que, cada vez que se cocinaba, se hacía de más y se freezaba. Por ejemplo, guiso de lentejas. De sus visitas a Chile trajeron pastas importadas. “Y las comenzamos a ofrecer con un buen queso rallado y con un buen aceite de oliva”. Tan simple, y tan majestuoso a la vez.
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Mucho más que vino: El predio sumó el restaurante Sangre Tinta, un almacén gourmet y camping.
Hoy el restaurante de la bodega se llama Sangre Tinta, y está en un primer piso con una vista al valle de Trevelin y a las montañas. Tiene una capacidad de 70 cubiertos. En épocas de Tulipanes se renueva tres veces el salón al mediodía, con un promedio de 250 cubiertos.
La otra demanda vino de los primeros campamentistas: “Se acercaban y nos preguntaban si teníamos un dulce, un aceite, o vinagre”, recuerda Sergio. Eso derivó en que en la actualidad funcione en el mismo predio un almacén gourmet, “que es un shopping enorme, con productos de pequeños emprendedores y productores de toda la provincia del Chubut, y donde cada uno de los chicos que te atienden, o nosotros mismos, sabemos la historia de cada producto”.
Y luego de dar una charla a los bodegueros del Alto Valle que se inician en eso del enoturismo, revela uno de los secretos de la actividad: “Porque lo que vende es la historia, lo que engancha a la gente son esas historias de vida, de gente aislada, de gente que tiene muy pocos medios y desarrolla un grado de creatividad para crear un producto que se transforma en un medio de vida. Historias que hacen a la superación y que hacen al amor a su tierra”.
La hora del vino
Desde el año 2016 fabrican sus vinos. La primera cosecha no estuvo exenta de los matices que rodean a toda epopeya. En un tonel plástico cargaron toda la uva cosechada, y emprendieron un camino de 200 kilómetros hasta El Bolsón. En la también novel bodega de la familia De Bernardi vinificaron. Fueron “unas 300 y moneditas de botellas”.
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Identidad galesa: El nombre de la bodega homenajea al arroyo local y significa "Arroyo de las Cascadas".
“Cuando estuvieron terminadas y las llevamos a la chacra, me acuerdo que estaban mis padres. Hacía frío, era de noche, y fuimos a la casa de ellos”. En la misma chacra hay tres casas: la de sus padres, la de su hijo Emmanuel y la suya propia.
“No podíamos creer que ese líquido, que estaba adentro de esa botella, había salido de ese suelo que vos mirabas por la ventana. En serio, parecía una novela, pero así lo sentíamos”. Fue el tinto suave del Pinot Noir el que actuó como eslabón, o malacate, que arrastró del fondo de la memoria toda una historia familiar: “En ese momento se te vienen a la cabeza tus abuelos, tus bisabuelos, y todas esas historias que te contaban de chiquito. Se te viene el sacrificio que hubo detrás de todo eso. Hasta nos daba cosa descorcharla. Hasta que lo hicimos y fue un momento realmente muy emotivo”.
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Del campo al plato: Las pastas con queso y oliva dieron paso a un restaurante con capacidad para 70 cubiertos.
¿Suerte?
Séneca, el filósofo estoico, decía que “la suerte es lo que sucede cuando la preparación se encuentra con la oportunidad". Fue entonces, con esas pocas botellas atesoradas, que Sergio recibió la visita de Andrés Rosberg.
“Vino con su mujer y sus hijos. En ese momento, Andrés ya era presidente de la Asociación Internacional de Sommeliers, pero nosotros ni sabíamos que existía una Asociación Internacional de Sommeliers”, dice y se ríe. Rosberg es además “Embajador de Marca País Argentina”.
“Nos enterábamos en ese momento. Emmanuel propuso que le regalemos una botella de vino, y le regalamos 2. Imaginate que, en 300 botellas, 2 botellas era un porcentaje altísimo”, recuerda. Pero la cosa no termina ahí.
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Premio internacional: El crítico Tim Atkin cató ese primer vino y le otorgó más de 90 puntos de oro.
Rosberg al día siguiente almorzó en el porteñísimo barrio de Recoleta con Tim Atkin, el prestigioso periodista y Master of Wine (MW) británico.
“No sabíamos lo que era un Master of Wine, no sabíamos nada. Pero almorzó con uno de nuestros vinos, y ahí nos pusieron la primera calificación mayor a 90 puntos. Que traducido para el que no conoce, es una medalla de oro otorgada por uno de los críticos más reconocidos en el mundo. Y teníamos apenas 300 y pico de botellas”.
De ese golpe de ¿suerte?, “nace formalmente Nant y Fall como emprendimiento, porque, hasta ese momento, era un emprendimiento cuyo objetivo era disfrutar de tomar vinos con amigos y en familia”.
El reconocimiento sirvió para advertir que en esa tierra había potencial, y que correr tan al sur la frontera de los viñedos tenía recompensa.
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Terreno virgen: En 2009, la tierra comprada a 7 km de Trevelín solo tenía plantas de rosa mosqueta.
Los bodegueros escucharon en silencio a padre e hijo. A uno por emprendedor, y al más joven porque es el que hace los vinos. Y repite en la entrevista lo que había dicho ante 30 colegas: “Hagas lo que hagas, hacelo con pasión. Disfrutá de lo que hacés. Nosotros, como seres humanos, calculo yo, no es un dato certero, que convivimos más del 70 por ciento de nuestra vida con el trabajo. Aprendé a disfrutar de eso, aprendé a encontrar, en tu medio de vida, un gusto, un disfrute”.
Por eso también desgrana los tips indispensables de esta actividad que conjuga amor por la tierra, talento para hacer vinos y el turismo: “Nunca pierdas la continuidad. Hay unos primeros años que son ingratos, que vos te pasás días abiertos sin que nadie atraviese tu tranquera. Y en eso es clave, porque si vos no tenés objetivos claros y no tenés la responsabilidad de, al menos, cumplir un día y un horario con compromiso“.
Todo pasa por pensar en el otro: “Imaginate un turista que hace 30 kilómetros en un camino de montaña para tomar una excursión de una cabalgata, pero llega y está cerrado. Eso no puede suceder. Tener constancia, tener pasión, y tener conciencia con los precios”.
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Vender sin vino: El proyecto comenzó haciendo turismo mucho antes de tener su primera botella lista.
La misma pasión
Emmanuel primero se recibió de técnico superior en Acuicultura y Procesamiento Pesquero. Pero además logró el título de Técnico Superior en Enología. “El estudiar, teniendo la posibilidad, es una herramienta que vos cargás en tu vida y que te abre muchas puertas”, dice el padre mientras el hijo degusta vinos en el parque de la Secretaría. “Pero esa herramienta no debe ser un condicionante para dejar pasar una oportunidad, un condicionante a dedicarte a una actividad como la vitivinicultura”.
Sergio desafía y asegura que “podemos hacer otras notas con las pérdidas y las negativas, pero el mayor desafío fue el trabajo en familia. Es algo que disfrutás mucho, pero llevarlo a cabo te la regalo... No hay término medio, es todo a morir. Más en una familia italiana”.
Sobre cómo se sintieron compartiendo la experiencia ante otros colegas, Sergio se desarma. Su hijo presentó los vinos y contó sus características. “Escucharlo a él... Yo ni sé de qué habla, porque, te juro, desde lo técnico yo poco... En ese momento soy más emocional que racional”.
FUENTE: Redacción +P.