Tulipanes en Huinganco: ya implantaron 16.000 bulbos y buscan ampliar la producción
¿Puede el norte neuquino ser polo de tulipanes? Huinganco triplicó sus bulbos y busca que el productor privado tome la posta.
Hablar de tulipanes en la Patagonia es pensar automáticamente en Trevelin y su emblemático manto de colores cordillerano. Inspirada en ese modelo que fusiona con éxito la producción local y el turismo, la provincia de Neuquén aspira a convertirse en un nuevo referente de la floricultura en contraestación, apuntando directamente a los exigentes mercados de exportación del hemisferio norte.
Por estos días, la producción de tulipanes en el norte neuquino experimenta un crecimiento exponencial, consolidándose como un nuevo atractivo turístico y una oportunidad económica para la región.En diálogo con +P, el ingeniero agrónomo Sebastián Núñez, asesor del Centro PyME-ADENEU, detalla los principales desafíos operativos de la campaña, la importancia de la mecanización, el desafío que los emprendedores locales adopten este cultivo y las proyecciones a futuro para posicionar a la cordillera como un polo productivo de bulbos.
A continuación, la entrevista completa:
Se habla de 16.000 bulbos implantados esta temporada, el triple que en la anterior. ¿Cuáles son los números de esta temporada y qué cuellos de botella operativos hay para sostener este crecimiento?
Es tres veces más porque contamos con los bulbos extra de la cosecha del año pasado. En términos generales, cada bulbo implantado nos dio entre dos y medio y tres bulbos, según la variedad. Pero no es algo lineal, porque se manejan distintos calibres. Nosotros plantamos 5.000 bulbos de calibre 12, el más grande, que es el que florece. Al cosechar se obtienen calibres 12, 10, 9 y 8, pero no todos sirven para floración. Hoy tenemos más bulbos, pero una parte es para floración y la otra para engorde, para que ganen calibre. La ganancia de tamaño es progresiva. Además, conseguimos cerca de 3.000 bulbos más, de las mismas variedades, que trajimos de nuevo de Trevelin para ampliar la cantidad más rápido. Eso fue posible gracias a los aportes de Pluspetrol para el desarrollo de este programa.
¿Cuáles son los desafíos para seguir creciendo?
El principal es contar con más equipamiento, sobre todo para mecanizar el cultivo: maquinaria para el tractor que facilite armar los camellones. Con un suelo mucho más suelto, la plantación y la cosecha también se simplifican. Los cuellos de botella aparecen cuando más mano de obra se necesita: la plantación, que por la escala que manejamos es muy manual, y la cosecha. Después está el almacenamiento, que exige temperaturas reguladas: al principio unos 18 grados y, antes de la plantación, 5 grados. Para eso hace falta una cámara de frío. Ese equipamiento lo vamos a adquirir con fondos de Pluspetrol, que estamos gestionando. Además de los bulbos, ya nos equiparon con todo el sistema de riego, que está instalado. Ahora buscamos las herramientas para el tractor, en particular un conformador de camellones, y estamos viendo cómo mecanizar la cosecha. Para la poscosecha necesitamos cajones ranurados para guardar los bulbos: en diciembre se levanta todo, se sacan los bulbos, se clasifican por calibre y se almacenan en una cámara con temperatura y humedad controladas. Estamos definiendo esas cámaras para poder completar bien todo el proceso. Se puede dejar los bulbos en el suelo para que florezcan al año siguiente, pero el rendimiento es menor y no se pueden clasificar. Con el sistema completo, la producción queda mejor equipada y rinde más. Todo eso es lo productivo. Pero el verdadero cuello de botella es otro: estamos equipándonos porque queremos que el emprendedor, el productor, pueda incorporar este cultivo, ya sea dentro de cabañas con fines turísticos o para producir bulbos. El desafío real es transferirlo al privado y que le resulte rentable, sea porque lo anexa a un circuito turístico o porque quiere vender bulbos. La comercialización de bulbos en Argentina es hoy muy minoritaria; para una escala chica puede servir. Cuando se quiere escalar, hay que mirar el mercado internacional, un camino que habrá que transitar a medida que crezcamos en bulbos y en la zona. Nuestras mayores incógnitas están en las vías de comercialización. A escala chica están resueltas por medio del turismo y la venta local o de cercanía. Más adelante, si año tras año aumenta el volumen de bulbos en la región gracias a distintos productores, se podrán armar cargas más grandes y buscar mercados en el exterior. Como todavía no recorrimos ese camino, es más incierto y será paulatino.
¿Qué ventajas competitivas tiene el suelo neuquino para este desarrollo?
Más que el suelo, es la condición climática. El tulipán necesita frío en invierno, que induzca la floración, y una primavera fresca que prolongue el período de fotosíntesis y permita que el bulbo engorde. Si la primavera es muy cálida, el ciclo es muy corto, los bulbos no engordan ni se multiplican bien y la productividad baja. Por eso este cultivo se da en latitudes altas a nivel mundial. La cordillera neuquina reúne esas condiciones. Después se buscan suelos bien drenados, porque los bulbos son susceptibles a enfermedades en el suelo. Pero lo que más condiciona son las condiciones climáticas. El objetivo es hacer algo similar a la experiencia de Chubut: instalarlo como actividad económica en el norte neuquino, en manos de productores y emprendedores privados. Nosotros, desde la provincia, el vivero, el municipio y Producción, empezamos a hacer el cultivo, a conocerlo y a cometer los errores, para después transferirlo al privado e identificar la zona como productora de tulipanes.
¿Qué requisitos técnicos o de infraestructura mínima necesita un privado para incorporar el cultivo?
Depende mucho de la escala. Con pocos bulbos, como las parcelas que tenemos hoy, se puede hacer bastante a mano. El productor no necesitaría tener un tractor propio, pero sí poder contratar el servicio de trabajo de suelo en la zona. A escala de parcela chica, el trabajo es muy manual. La infraestructura mínima es un lugar donde mantener los bulbos frescos durante el verano. Tal vez sin controlar los parámetros con precisión, pero frescos, para poder replantarlos al año siguiente. Si la escala aumenta, hace falta maquinaria: tractor, equipo para armar los camellones y para cosechar. De lo contrario la demanda de mano de obra es enorme y no se llega a cumplir cada etapa en tiempo y forma. También hace falta un sistema de riego y agua disponible de manera continua. Por suerte, es un cultivo de invierno y primavera, y en los meses de mayor demanda atmosférica los bulbos están guardados, lo que es una ventaja en cuanto a disponibilidad de agua.
Hay antecedentes de este cultivo en la zona, con ensayos previos del INTA. ¿Cómo sirvió esa información?
Fue muy útil. Entre 2000 y 2003 hubo al menos tres temporadas productivas con informes registrados. Estaba a cargo del proyecto, por medio del INTA, Javier Cirilo, que dejó informes de cada temporada con la cantidad de bulbos, la producción y el ciclo. Nos sirvieron mucho para conocer el ciclo, las fechas posibles de plantación y cuándo empezaba la floración. Yo estoy especializado más que nada en fruticultura y frutas finas. Cuando este proyecto llegó a la mesa para impulsarlo, tuve que capacitarme primero en lo teórico, y lo primero que revisé fueron esos informes, que estaban en el COPADE. Leer las tres temporadas da un panorama y la certeza de que en algún momento fue viable, de que las condiciones estaban dadas, así que uno puede afrontar el proyecto con más seguridad. Sirvió sobre todo para conocer el ciclo en esa zona y los momentos clave.
Sobre el aporte de Pluspetrol, ¿de cuánto fue y para qué se usó?
Se usó para aumentar el stock de bulbos y para todo el sistema de riego de esta parcela: riego por goteo, bombas, cañerías, la cinta y fertilizantes. Estamos en proceso de gestión porque los fondos bajaron hace poco: por ahora bajaron 33 millones y todavía resta un saldo. También se destinará a herramientas del tractor, sobre todo un conformador de camellones para armar los camellones más mullidos. Este año lo hicimos con uno prestado por un productor de Senillosa: lo cargamos en la camioneta, lo llevamos y lo trajimos de vuelta. La idea es tener el nuestro. Y se destinará a la poscosecha, que es fundamental: una cámara de frío y cajones plásticos ranurados para almacenar correctamente los bulbos. El año pasado un productor de frutilla de Confluencia nos prestó un lugar en su cámara para guardarlos sin problemas.
¿Querés agregar algo más?
Creo que está todo. Se trata de seguir avanzando en las temporadas y aprendiendo, y a partir de la tercera podremos ir transfiriendo el conocimiento. Ya hay interesados que están averiguando cómo sería incorporarlo a sus chacras. El desafío más importante ahora es la transferencia.
De este modo, replicando el exitoso antecedente de Trevelin en la cordillera neuquina, apostar por la diversificación productiva no solo transforma la matriz económica regional, sino que impulsa un nuevo atractivo turístico que puede convertir a los emprendedores locales en los verdaderos motores de un nuevo polo productivo.
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