Argentina

Industricidio en Argentina: ¿Por qué colapsa la producción nacional en la era Milei?

La caída de la industria y el cambio de modelo económico están dejando huellas profundas en el empleo y el futuro del país.

La conversación con el economista Osvaldo Preiss deja una sensación incómoda, pero difícil de refutar: Argentina no solo atraviesa un proceso de desindustrialización, sino que además parece no haber encontrado —nunca— un modelo estable que le permita sostener una industria competitiva en el tiempo. La entrevista realizada por +P se mueve entre el diagnóstico técnico y una reflexión más profunda sobre la historia económica del país, sus dilemas estructurales y las tensiones entre producción, consumo y desarrollo.

Desde el inicio, Preiss propone una disyuntiva que atraviesa todo el análisis: ¿Argentina está desindustrializándose o simplemente reconvirtiéndose? La pregunta no es menor. En muchos países, la pérdida de peso relativo de la industria se asocia a procesos de modernización o transición hacia economías más basadas en servicios y tecnología. Pero en el caso argentino, según el economista, el fenómeno parece más vinculado a una incapacidad histórica para sostener un entramado productivo competitivo sin recurrir a fuertes niveles de protección.

“La industria argentina siempre fue un intrincado”, señala. Y no es solo una cuestión de coyuntura. La estructura industrial heredada —conformada a lo largo del siglo XX— nunca logró independizarse de políticas de resguardo frente a la competencia internacional. Ese “escudo protector” fue, al mismo tiempo, condición de posibilidad y límite: permitió el desarrollo de sectores manufactureros, pero también generó ineficiencias difíciles de corregir.

Una industria que nació protegida

Para entender el presente, Preiss invita a mirar el pasado. El origen de la industria nacional está estrechamente ligado al contexto internacional de la Segunda Guerra Mundial, un período en el que las importaciones se vieron restringidas y el país debió desarrollar producción local para abastecer su mercado interno. Ese impulso inicial fue luego profundizado por políticas orientadas a expandir la demanda interna y fomentar el empleo industrial.

Ese proceso generó transformaciones sociales profundas: migraciones internas, crecimiento de los cordones urbanos y la consolidación de una clase trabajadora industrial. Sin embargo, también sentó las bases de un modelo dependiente de la protección estatal.

“El problema es que nunca se encontró un esquema sustentable”, resume Preiss. Cada intento de apertura económica expuso las debilidades de esa industria protegida, mientras que cada cierre excesivo terminó generando distorsiones y pérdida de competitividad.

Entre la apertura y el cierre: un péndulo sin equilibrio

Uno de los puntos más contundentes de la entrevista es la idea de que Argentina oscila constantemente entre dos extremos: economías cerradas que derivan en ineficiencias y economías abiertas que provocan procesos de desindustrialización.

En ese sentido, Preiss establece un paralelismo claro: el presente guarda similitudes con lo ocurrido durante la década de 1990, cuando la apertura económica dejó fuera de competencia a numerosos sectores industriales. Pero también advierte que el modelo cerrado posterior —asociado a los años del kirchnerismo— tampoco logró resultados sostenibles.

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“No hay fórmula para Argentina”, advierte un economista al analizar la caída industrial y sus consecuencias en el empleo.

“No hay fórmula para Argentina”, advierte un economista al analizar la caída industrial y sus consecuencias en el empleo.

“No hay fórmula para Argentina”, afirma con crudeza. Sin embargo, el economista introduce un matiz clave: la falta de competitividad no responde únicamente a fallas empresariales. Por el contrario, sostiene que los empresarios argentinos “saben ser eficientes”, pero operan en un entorno de enorme inestabilidad. La ausencia de reglas claras y previsibilidad limita la posibilidad de tomar decisiones de largo plazo.

Las políticas erráticas —como cambios abruptos en regulaciones o decisiones logísticas poco racionales— terminan erosionando cualquier estrategia productiva. En ese contexto, la planificación industrial se vuelve prácticamente imposible.

El rol de las pymes y la fragilidad del entramado productivo

Otro aspecto central del análisis es el papel de las pequeñas y medianas empresas. A diferencia de otros países con grandes conglomerados industriales, el tejido productivo argentino estuvo históricamente compuesto por pymes, muchas de ellas de carácter familiar.

Ese rasgo, que en algunos contextos puede ser una fortaleza, en Argentina se convirtió en una fuente de vulnerabilidad. “Muchas empresas murieron con su fundador”, explica Preiss. La falta de continuidad generacional, combinada con crisis recurrentes, provocó la desaparición de numerosos establecimientos.

El resultado es un entramado fragmentado, con dificultades para escalar, innovar o integrarse a cadenas globales de valor. Y en un mundo cada vez más interconectado, esa integración es clave para sostener la competitividad.

Preiss menciona un caso excepcional: la industria automotriz. Este sector logró insertarse en esquemas de integración regional, especialmente con Brasil, dividiendo la producción y aprovechando economías de escala. Sin embargo, se trata de una excepción más que de una regla.

¿Consumidor o productor? El cambio de paradigma

Uno de los ejes más interesantes de la entrevista es el cambio en la lógica de las políticas económicas actuales. Según Preiss, el gobierno ha desplazado el foco desde la promoción de la producción hacia el beneficio del consumidor.

La premisa es simple: mejorar el poder adquisitivo reduciendo los precios de los bienes, lo cual muchas veces implica abrir la economía y permitir el ingreso de productos importados más baratos.

“Sí hay una política, pero no es industrial”, señala. En lugar de incentivar la producción local, se prioriza el acceso a bienes más económicos.

Este enfoque tiene implicancias profundas. Por un lado, puede mejorar el bienestar inmediato de los consumidores. Pero por otro, debilita la capacidad productiva del país en el mediano y largo plazo.

El economista también cuestiona la idea de que sectores como la energía o la minería constituyan una verdadera política industrial. Si bien reconoce su importancia, advierte que se trata más bien de estrategias de explotación de recursos naturales, sin un desarrollo significativo de valor agregado. La diferencia no es menor: exportar materia prima no es lo mismo que industrializarla. “Podríamos fabricar urea y no lo hacemos”, ejemplifica.

En un tramo particularmente didáctico, Preiss introduce una distinción conceptual clave: no todo lo que encarece un producto implica industrialización.

El economista diferencia entre “agregado de valor” y “valor agregado”. En el primer caso, se trata de procesos como el acondicionamiento o la conservación —por ejemplo, el empaquetado de frutas— que aumentan el precio final pero no transforman sustancialmente el producto. En el segundo, hay una transformación industrial propiamente dicha.

Esta distinción permite entender por qué muchas actividades que generan empleo no son consideradas industriales en sentido estricto.

Consecuencias sociales: ¿hacia dónde va la población?

Más allá de lo económico, la desindustrialización tiene efectos sociales profundos. Uno de los interrogantes planteados en la entrevista es si podría producirse un movimiento inverso al de mediados del siglo XX: una migración desde las ciudades hacia nuevas zonas productivas.

La respuesta de Preiss es escéptica. Si bien reconoce que pueden existir movimientos puntuales —por ejemplo, hacia regiones vinculadas a recursos naturales como el petróleo o el litio—, considera poco probable una reversión masiva del proceso de urbanización.

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“El problema no es solo eficiencia, es falta de previsibilidad”, afirma Preiss.

“El problema no es solo eficiencia, es falta de previsibilidad”, afirma Preiss.

Por el contrario, sostiene que la tendencia global es hacia la concentración en grandes áreas metropolitanas. En Argentina, identifica cuatro principales: el Gran Buenos Aires, el Gran Rosario, el Gran Mendoza y el Gran Tucumán.

En ese contexto, la pérdida de empleo en el interior podría incluso reforzar la migración hacia estas ciudades, donde existen mayores redes de contención y oportunidades, aunque sean limitadas.

El fin de un modelo de país

Quizás la conclusión más contundente de la entrevista es la idea de que el modelo de movilidad social ascendente —que alguna vez distinguió a Argentina en América Latina— está agotado.

Ese modelo se sustentaba en dos pilares: la industrialización y la educación pública. Ambos factores permitieron durante décadas mejorar las condiciones de vida de amplios sectores de la población. “Eso ya no va a volver”, afirma Preiss sin rodeos.

La frase sintetiza una visión pesimista, pero también realista. La desindustrialización no es solo un fenómeno económico, sino el síntoma de un cambio estructural más profundo. Argentina ya no es el país que fue, ni parece tener claro qué quiere ser.

Aunque la entrevista no ofrece soluciones concretas, deja planteadas algunas pistas. La necesidad de estabilidad macroeconómica, la integración a cadenas globales de valor, el fortalecimiento del tejido empresarial y el desarrollo de políticas de largo plazo aparecen como condiciones necesarias —aunque no suficientes— para revertir la tendencia.

Sin embargo, el diagnóstico de fondo es más complejo: el problema no es solo técnico, sino también político e institucional. Sin consensos básicos y reglas claras, cualquier intento de reconstrucción industrial corre el riesgo de repetir los errores del pasado.

En definitiva, la conversación con Osvaldo Preiss no ofrece respuestas fáciles, pero sí una mirada lúcida sobre los desafíos que enfrenta Argentina. En un país acostumbrado a los vaivenes, quizás el primer paso sea, simplemente, reconocer la profundidad del problema.

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