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De importar manzanas argentinas a exportar más que Argentina: el giro de Brasil que sorprende al sector

Brasil colocó en el exterior casi 47.000 toneladas de manzanas, un 244% más que un año atrás, mientras la Argentina exportó unas 33.900 toneladas. La diferencia expone dos modelos productivos con resultados cada vez más contrastantes.

Hay datos que, más allá de su magnitud puntual, tienen la capacidad de poner en discusión toda una estructura productiva. Que Brasil haya exportado en los primeros siete meses de 2026 poco más de 46.900 toneladas de manzanas, un volumen que representa un salto interanual del 244% y que se ubica un 23% por encima del promedio registrado para ese mismo período durante las últimas cinco campañas, es uno de ellos.

Pero el dato adquiere una dimensión todavía mayor cuando se lo compara con la Argentina. Durante el mismo período, nuestro país colocó en los mercados externos unas 33.900 toneladas, cerca de un 30% menos que Brasil. No se trata solamente de una diferencia estadística. Es la expresión visible de dos modelos productivos que, durante las últimas décadas, recorrieron caminos diferentes y que hoy comienzan a mostrar, con particular crudeza, sus resultados.

Brasil acaba de superar por tercera vez en el último cuarto de siglo a la Argentina en exportaciones de manzanas. Ocurrió en 2010, volvió a suceder en 2021 y se repite ahora, en 2026. Siempre considerando los primeros siete meses de cada año.

Para una actividad como la fruticultura del Valle de Río Negro y Neuquén, históricamente vinculada a los mercados internacionales, el dato debería encender una señal de alerta, porque Brasil no nació como una potencia exportadora de manzanas. Todo lo contrario.

Hasta la década de 1980, el gigante sudamericano dependía fundamentalmente de la importación de manzanas, especialmente de la variedad Red Delicious, provenientes de la Argentina. La producción comercial brasileña era todavía incipiente. Sin embargo, a partir de aquella década comenzó a desarrollarse una política productiva orientada a sustituir importaciones, incrementar la oferta doméstica y reducir la salida de divisas.

El objetivo era claro: producir en Brasil lo que hasta ese momento se compraba afuera. El proceso fue lento, pero consistente. Hacia finales de la década de 1990, Brasil había alcanzado altos niveles de autosuficiencia en manzanas y comenzaba, paralelamente, a explorar los mercados internacionales.

Hoy, la mayor parte de esa producción se concentra en Santa Catarina y Rio Grande do Sul, regiones que cuentan con las condiciones climáticas necesarias para el desarrollo del cultivo.

La diferencia fundamental con la Argentina está allí. Brasil construyó una industria pensando primero en su mercado interno. La Argentina construyó buena parte de su estructura frutícola pensando en el mercado externo. Y esa diferencia de origen terminó siendo determinante.

Exportar cuando sobra

El salto exportador brasileño de 2026 tampoco puede interpretarse como un cambio estructural que haya convertido al país en una potencia exportadora permanente. Hay que entenderlo dentro de la lógica de su modelo productivo.

El salto exportador brasileño contrasta con la pérdida de mercados de la Argentina. Dos modelos, dos resultados.

El salto exportador brasileño contrasta con la pérdida de mercados de la Argentina. Dos modelos, dos resultados.

Este año se combinaron tres factores.

El primero fue una cosecha superior a la media. La mayor parte de los analistas ubica la producción brasileña por encima de 1 millón de toneladas, un volumen que generó una mayor disponibilidad de fruta.

El segundo fue la calidad. Una mejor condición de la manzana permitió incrementar la proporción de fruta con características adecuadas para los mercados externos.

Y el tercero, quizás el más significativo desde el punto de vista comercial, fue la aparición nuevamente de India como gran motor de la demanda brasileña.

En los primeros siete meses de 2026, Brasil destinó poco más de 18.000 toneladas de manzanas a ese mercado, cerca del 40% del total exportado. La cifra representa, además, un incremento superior al 500% respecto de los embarques realizados hacia India durante el mismo período de 2025. El mercado apareció, la oferta estuvo disponible y la calidad acompañó. Brasil exportó.

Pero hay una característica que no debería perderse de vista: la prioridad de la industria brasileña continúa siendo el abastecimiento del mercado doméstico.

Las exportaciones funcionan, en buena medida, como una válvula de escape frente a una producción que supera las necesidades del mercado interno.

Empresarios vinculados con la actividad suelen señalar un umbral particularmente interesante: con cosechas por debajo de las 950.000 toneladas, las exportaciones brasileñas tienden a desplomarse. Cuando la producción supera ese nivel, los excedentes comienzan a adquirir mayor relevancia y los mercados externos ganan protagonismo.

La historia de los últimos 25 años confirma esa lógica. La volatilidad de las exportaciones brasileñas ha sido enorme porque estuvo estrechamente relacionada con el volumen y la calidad de cada cosecha. Basta observar dos extremos: durante los primeros siete meses de 2004 se exportaron algo más de 151.900 toneladas, mientras que en el mismo período de 2024 los embarques tocaron un piso cercano a las 9.400 toneladas.

Una diferencia de semejante magnitud no habla de una industria exclusivamente orientada a la exportación. Habla de un sistema que utiliza al comercio exterior como mecanismo de equilibrio.

Según datos de la Asociación Brasileña de Productores de Manzanas (ABPM), en las últimas décadas no más del 18% de la cosecha destinada al mercado en fresco tuvo como destino la exportación, con pisos cercanos al 3% en los años de menor producción.

Y allí aparece una de las grandes lecciones del caso brasileño.

Argentina: el camino inverso

La Argentina recorrió prácticamente el camino contrario. La producción de manzanas en el Alto Valle nació y se desarrolló fuertemente ligada a la exportación. La inserción internacional fue durante décadas una de las razones centrales que justificaron la existencia de una determinada estructura productiva, comercial, logística e industrial.

El mercado externo no era una válvula de escape. Era parte del corazón del sistema. Sin embargo, con el paso del tiempo, esa plataforma exportadora comenzó a perder competitividad. Los volúmenes destinados al exterior se redujeron y la actividad fue perdiendo progresivamente capacidad para sostener una presencia internacional acorde con su potencial productivo.

La comparación con Brasil resulta, por eso, incómoda. Mientras Brasil consiguió avanzar hacia el abastecimiento de su mercado interno y construyó una estructura capaz de utilizar las exportaciones cuando dispone de excedentes, la Argentina no logró preservar la fortaleza de aquella plataforma exportadora que durante décadas constituyó una de sus principales ventajas.

Brasil se propuso dejar de importar y lo consiguió. Argentina se propuso exportar y está perdiendo capacidad para hacerlo. Dos objetivos diferentes. Dos estrategias. Dos resultados.

2026: una señal que no debería ignorarse

Que Brasil supere a la Argentina en exportaciones de manzanas por tercera vez en 25 años no significa que el país vecino haya desplazado definitivamente a la Argentina del escenario internacional. Las exportaciones brasileñas seguirán siendo sensibles a la producción y a la calidad de cada campaña.

Pero sería un error minimizar lo ocurrido. El dato de 2026 debe ser leído como un nuevo punto de inflexión para la fruticultura del Valle de Río Negro y Neuquén.

Porque hace apenas algunas décadas resultaba difícil imaginar que Brasil, un país que importaba manzanas argentinas para abastecer a sus consumidores, pudiera colocar en los mercados internacionales un volumen superior al de la Argentina.

Hoy esa situación no solo es posible: ya ocurrió tres veces. Y cada repetición debería generar más preguntas.

¿Qué modelo productivo queremos para la fruticultura argentina? ¿Una actividad orientada prioritariamente al mercado doméstico o una plataforma exportadora capaz de competir en los mercados internacionales? ¿Qué condiciones necesitan los productores para recuperar productividad, calidad y escala? ¿Qué infraestructura, logística y política comercial hacen falta para volver a colocar grandes volúmenes de fruta argentina en el mundo?

Claramente no alcanza con mirar las cifras de exportación. Hay que mirar detrás de ellas.

Brasil construyó durante décadas una política productiva con un objetivo concreto: garantizar su abastecimiento interno. Las exportaciones llegaron después y cumplen una función complementaria.

Argentina tuvo durante décadas una ventaja exportadora que le permitió construir una industria reconocida internacionalmente. Pero esa ventaja se fue deteriorando hasta el punto de que hoy un país que alguna vez dependió de nuestra fruta puede superar nuestros volúmenes de exportación.

No es una cuestión de orgullo nacional. Es una cuestión de estrategia productiva. El caso brasileño demuestra que una política sostenida puede transformar una estructura productiva. El caso argentino demuestra que una ventaja histórica puede perderse si no se renueva.

Por eso, más que celebrar o lamentar el dato de 2026, habría que utilizarlo como una oportunidad para discutir qué fruticultura queremos construir durante los próximos 20 años. Porque detrás de las 46.900 toneladas exportadas por Brasil y las 33.900 de Argentina hay mucho más que una diferencia de volúmenes.

Hay dos modelos. Dos historias. Y, por ahora, dos finales muy distintos.

FUENTE: Redacción +P con base estadística de SENASA, COMEX STAT y SAGyP.

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