Ernst, que en octubre de 2025 disertó en el V Congreso Argentino de Biología y Tecnología Poscosecha realizado en Cipolletti, desarrolla el planteo en una columna publicada en el newsletter de Topinfo. El punto de partida es simple: “Lo que comemos y la forma que lo hacemos está directamente relacionado con nuestra forma de vida, y esta ha cambiado significativamente según generaciones”.
Cada generación come fruta por un motivo distinto
Según los datos que cita, la mitad de la población argentina corresponde a millennials y centennials, con 24 y 25%. Les siguen la generación X (19%), los baby boomers (18%) y la generación alfa (14%). Y cada grupo, sostiene Ernst, tiene una relación propia con la fruta.
Los baby boomers, nacidos entre 1946 y 1964, son el consumidor que el sector conoce. “Son los mayores consumidores de frutas y verduras, consumiéndolas a diario. Su consumo prácticamente duplica al de la generación Z”, escribe. Compran cantidades grandes de fruta tradicional en fruterías, asesorados por el verdulero, y ante problemas económicos “no dejan de comprar, pero pasan a consumir frutas menos costosas”. Para ellos, lo saludable “se valora en relación con la vejez y las enfermedades”.
Con la generación X, nacida entre 1965 y 1980, aparece el placer. “La fruta ya no es un alimento esencial, se consume por su gusto”, señala Ernst. Por eso consumen algo menos y son más exigentes: “Si no consiguen buena mercadería, no la compran”. Están abiertos a frutas nuevas, en especial las que conocieron en sus viajes, y son los que más gastan en alimentos.
Los millennials (1981-1996) representan una oportunidad y un cambio de hábito a la vez. El rechazo a la carne y al azúcar juega a favor: las frutas son “las que más se utilizan para cumplir con ese deseo del dulzor”. Pero también compran distinto. “Prefieren comprar menos, pero de buena calidad. Compran cantidades más pequeñas, empacadas, dado que no quieren desperdiciar alimentos”, describe. Les gustan las exóticas y los orgánicos, “siempre y cuando el precio esté en concordancia”.
Los centennials son el núcleo del problema
El dato más duro del análisis está en la generación Z, nacida entre 1997 y 2010. “Es la que menos fruta come. Una buena parte directamente no las consume; no la tienen en la cabeza”, afirma Ernst. La proporción de quienes la comen todos los días cae por debajo del 10%.
No es un problema de información. Consideran que la fruta es sana, “pero eso no los lleva a consumirla en forma habitual”. Para este grupo, el sabor y la comodidad “están por encima de los restantes (salud, medio ambiente)”. Y la comodidad atraviesa toda la cadena: la compra online, la preparación “en potes listos para consumir” y el consumo mismo, donde “líquido es más fácil”.
Hay un detalle que desarma otro supuesto del sector. Para los centennials, “el envase plástico es una necesidad y no está en conflicto con su convicción de sustentabilidad”. Saltan comidas, comen snacks a cualquier hora, piden por aplicaciones y se informan en redes “con mensajes cortos, muy visuales, transparentes”. Buscan comidas nuevas en esas redes, “pero entre estas no está la fruta”.
La comodidad define la compra
El recorrido generacional desemboca en una receta para el marketing. La fruta, plantea Ernst, “tiene que cumplir con la salud física, mental y emocional”, ofrecer variedad y experiencias de sabor diferentes, y comunicarse “a través de redes, con mensajes cortos, vistosos y simples”.
“Esto es un gran desafío para el sector y para el marketing que tendrá que ser creativo para llegar exitosamente a las nuevas generaciones”, cierra.
FUENTE: TopInfo con aportes de Redacción +P