En Paso Roballos, Saavedra revisa tres cámaras por ruta, extrae las tarjetas de memoria y evalúa el estado de los equipos. Pero junto con esa tarea técnica, registra otro dato que no formaba parte del diseño original del proyecto: el impacto del ganado sobre el mismo territorio que buscan proteger.
Una frontera permeable
Paso Roballos constituye el único cruce fronterizo estable para vehículos en esa zona de la región de Aysén, y atraviesa el propio parque nacional. Se trata de un límite remoto y de escasa fiscalización, condición que explica en parte por qué el ingreso de animales resulta difícil de controlar. La propia Fundación Rewilding Chile documentó recientemente un fenómeno similar de porosidad fronteriza: el ingreso "inusual" de cientos de guanacos desde el sector alto de Jeinimeni y Roballos, un movimiento que los especialistas calificaron como una verdadera migración no registrada en más de dos décadas.
Un conflicto con raíces históricas
La tensión entre ganadería y conservación no resulta nueva en este territorio. El corazón del Parque Nacional Patagonia, el Valle Chacabuco, funcionó durante décadas como una de las estancias ganaderas más grandes de la región de Aysén, con aproximadamente 68.000 hectáreas dedicadas a la producción ovina y bovina antes de que Tompkins Conservation adquiriera el terreno para iniciar su restauración ecológica. La propia fundación reconoce, en documentación técnica sobre el huemul, a la actividad ganadera como una de las principales amenazas y factores limitantes para la fauna nativa del valle.
La relevancia del monitoreo con cámaras trampa se explica por la falta histórica de información sobre estos felinos menores. Sobre el gato del pajonal y el gato de Geoffroy existen pocos registros que permitan diseñar planes de conservación adecuados, mientras que el estado de la güiña acaba de modificarse: desde octubre de 2025, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) reclasificó a la especie de "vulnerable" a "preocupación menor", cambio que, según los investigadores involucrados, responde a un mayor conocimiento científico y no necesariamente a una mejora real de sus poblaciones.
Desde este lado de la cordillera, el testimonio de Saavedra deja en evidencia que, más allá de la tecnología y la ciencia, la conservación de los felinos silvestres en la Patagonia también depende de resolver conflictos territoriales que trascienden los límites del parque y de la propia frontera.
FUENTE: Fundación Rewilding Chile con aportes de Redacción +P.