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Argentina avanza en dos velocidades: euforia financiera y una realidad económica que no despega

La estabilidad financiera no logran trasladarse a la economía real, donde persisten el estancamiento industrial y la pérdida de poder de compra.

Argentina vuelve a transitar, una vez más, una semana marcada por su histórica ciclotimia económica: la convivencia —cada vez más evidente— entre una dinámica financiera que exhibe señales de fortaleza y una economía real que continúa mostrando fragilidades estructurales profundas. Esta dualidad no es nueva, pero adquiere una intensidad particular en el actual contexto, donde los mercados parecen celebrar mientras la actividad productiva, el empleo y el poder adquisitivo avanzan con dificultad o directamente retroceden.

Durante los últimos cinco días hábiles, los activos financieros argentinos consolidaron una fuerte recuperación que, en rigor, no comenzó ahora sino que viene reflejándose de manera sostenida desde octubre del año pasado. Los bonos soberanos registraron subas significativas, acompañadas por expectativas positivas de corto plazo, en un clima de mayor confianza de los inversores, al menos en el plano estrictamente financiero. Esta tendencia se vio reforzada por una serie de factores que configuran un escenario macroeconómico mucho más ordenado que el observado en años anteriores.

El optimismo de los mercados

Uno de los datos más celebrados por el mercado fue la continuidad del proceso de acumulación de reservas por parte del Banco Central. Apalancado en un dólar relativamente estable, con una leve tendencia a la baja en términos reales, la autoridad monetaria logró sumar más de 900 millones de dólares en lo que va del año. Este comportamiento es observado con atención tanto por la banca internacional como por los agentes financieros, ya que la recomposición de reservas es uno de los requisitos fundamentales para dotar de mayor solvencia y credibilidad al actual modelo económico.

En ese mismo sentido, la evolución del riesgo país se convirtió en otro de los grandes protagonistas de la semana. El indicador elaborado por JP Morgan llegó a perforar los 530 puntos básicos, alcanzando su nivel más bajo desde junio de 2018, es decir, desde uno de los momentos de mayor optimismo durante la gestión de Mauricio Macri.

Esta caída no es un dato menor: refleja una mejora sustancial en la percepción del riesgo argentino por parte de los inversores extranjeros y abre la puerta a un escenario que, hasta hace poco, parecía lejano. Según fuentes del Ministerio de Economía, la posibilidad de que el riesgo país atraviese el umbral de los 500 puntos básicos habilitaría al gobierno a desplegar una batería de instrumentos financieros orientados a regresar a los mercados internacionales de crédito. Esto permitiría refinanciar una parte significativa de los vencimientos de deuda que se concentran en los próximos meses, aliviando la presión sobre las cuentas públicas y mejorando el perfil de vencimientos.

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Argentina muestra señales positivas en el frente financiero, pero la economía cotidiana continúa atrapada en un escenario de bajo crecimiento y alta fragilidad.

Desde el propio mercado aseguran que, de no mediar contratiempos relevantes, el riesgo país podría ubicarse en torno a los 450 puntos básicos durante el segundo semestre del año. De concretarse este escenario, el alivio para las finanzas públicas sería considerable y contribuiría a sostener el plan económico en ejecución. En términos estrictamente financieros, el panorama luce alentador.

A este cuadro se suma la estabilidad cambiaria. El dólar mayorista se mantiene dentro de una banda que oscila entre los 1.400 y 1.450 pesos, un rango que no genera distorsiones significativas en el mercado cambiario. De hecho, la divisa viene mostrando una leve tendencia a la baja desde hace varios meses. Basta recordar que en julio del año pasado el tipo de cambio se ubicaba en torno a los 1.500 pesos por dólar. Al cierre del último viernes, la divisa quedó aproximadamente un 9% por debajo del límite superior de la banda de libre flotación, ajustada por inflación, que hoy se sitúa en los 1.555 pesos.

Desde comienzos de año, el dólar mayorista acumula una caída cercana al 2% en términos nominales. Este dato es leído como positivo desde la óptica de la estabilidad macroeconómica y la contención inflacionaria, pero no está exento de costos. Para el sector exportador, este comportamiento implica una pérdida de competitividad, en un contexto donde los costos internos siguen siendo elevados y la rentabilidad se ve presionada.

En paralelo, volvió a cobrar protagonismo el carry trade como herramienta estratégica para mantener capitales dentro del sistema. La suba de tasas de interés, combinada con un dólar estable o levemente bajista, incentiva el ingreso de carteras dolarizadas que se pasan a pesos para aprovechar rendimientos que, según estimaciones del mercado, pueden alcanzar hasta un 40% anual en dólares bajo esquemas de corto plazo. En el plano financiero, el engranaje funciona con precisión.

La otra Argentina: industria estancada y salarios en retroceso

Sin embargo, cuando se corre el foco hacia la economía real, el contraste es contundente. Uno de los datos más preocupantes de la semana fue la caída de la actividad industrial en diciembre. Según estimaciones de la Unión Industrial Argentina (UIA), el retroceso interanual habría sido del 3,5%. Este número no es menor: la industria es uno de los sectores que genera empleo registrado, salarios relativamente altos y demanda de trabajo calificado. Una contracción en este segmento suele anticipar ajustes en el mercado laboral, con impacto directo sobre la calidad del empleo y el ingreso de los hogares.

Industria-Manufacturera

La baja del riesgo país y el repunte financiero contrastan con una caída de la actividad industrial del 3,5%, que vuelve a poner en duda la recuperación de la economía real.

Las estadísticas muestran que, más allá de algunas mejoras puntuales, la actividad industrial permanece estancada en niveles similares a los del cuarto trimestre de 2024 y alrededor de un 10% por debajo de los registros de 2022. Si bien el acumulado de 2025 muestra un incremento frente al mismo período del año anterior, este crecimiento responde en gran medida a una baja base de comparación, tras la profunda crisis atravesada en 2024. En relación con 2023, la brecha negativa persiste y no logra cerrarse.

A esta debilidad productiva se suma un dato que impacta directamente en el consumo: la evolución de los salarios. En noviembre, los sueldos de los trabajadores formales crecieron en promedio un 1,8%, quedando cerca de un punto porcentual por debajo de la inflación de ese mes, que fue del 2,5%. Este desfasaje implica una pérdida de poder adquisitivo que se traduce, inevitablemente, en una menor capacidad de consumo.

Si bien en una mirada de más largo plazo los salarios aún muestran una recuperación relativa —con un aumento del 36% entre enero y noviembre frente a un IPC del 28%—, el retroceso registrado en noviembre representa un paso atrás. En un contexto donde la inflación muestra resistencia a seguir desacelerando, esta pérdida de poder de compra podría profundizarse y retrasar aún más la recuperación del consumo interno.

Las consecuencias comienzan a reflejarse en los indicadores de endeudamiento de los hogares. Según el último informe del Banco Central, la mora de las familias alcanzó el 8,8% del total de la cartera, el nivel más alto desde 2010. El incremento estuvo impulsado principalmente por los créditos destinados al consumo, en un contexto de crecientes dificultades para cumplir con las obligaciones financieras. El vínculo con la pérdida de poder adquisitivo es directo y preocupante.

En el frente de las inversiones, la señal más inquietante fue la posibilidad de que Shell venda sus activos en Vaca Muerta. Se trata de una noticia que, más allá de su confirmación formal, refleja una tendencia que se repite: la salida progresiva de empresas extranjeras, incluso de sectores considerados estratégicos y potencialmente rentables.

Vaca Muerta cuenta con proyecciones muy favorables en los principales análisis internacionales, pero para muchas compañías pesa más la historia argentina que las expectativas futuras. A pesar de los incentivos existentes, la rentabilidad se ve afectada por costos internos elevados, atraso cambiario y un marco regulatorio que sostiene una estructura de costos por encima de la media internacional. A esto se suma un contexto externo adverso, con precios del petróleo que podrían estabilizarse por debajo de los 60 dólares, achicando aún más los márgenes de ganancia.

Shell en vaca muerta

La euforia de los mercados choca con una señal inquietante: Shell avanza en su salida de Argentina.

En el plano institucional, la salida de Paul Stark de la Unidad de Información Financiera agregó un elemento de tensión adicional. Stark rechazó las presiones para reglamentar la ley de inocencia fiscal, argumentando que entra en conflicto con la legislación antilavado y con los compromisos asumidos ante el GAFI. Su desplazamiento deja interrogantes abiertos sobre el costo reputacional y la seguridad jurídica del país.

Por último, el frente inflacionario continúa siendo un desafío central. Un informe reciente del Bank of America advierte que la acumulación de reservas, aunque positiva y reclamada por los inversores, tiende a frenar el proceso de desinflación. No lo descarrila, pero lo ralentiza. Bajo este esquema, difícilmente la inflación mensual logre perforar el piso del 1,5% durante el primer semestre del año.

En definitiva, la economía argentina avanza por dos carriles paralelos. El financiero, que muestra dinamismo, estabilidad y oportunidades de rentabilidad. Y el real, donde la industria no despega, los salarios pierden impulso, el consumo se resiente y la inversión productiva sigue ausente. La gran incógnita es cuánto tiempo puede sostenerse esta brecha sin que uno de estos mundos termine imponiéndose sobre el otro. Porque la historia económica argentina ya demostró que cuando el divorcio entre las finanzas y la producción se profundiza, el desenlace suele ser abrupto y costoso.