Factor determinante en los rendimientos
Sin embargo, Giacinti advierte que la abundancia de agua no asegura resultados uniformes en todas las latitudes. El informe sostiene de manera textual que “el factor decisivo no es la lluvia total, sino el timing”. La distribución de las precipitaciones durante el ciclo biológico de cada cultivo determina el éxito final de la campaña. Una deficiencia hídrica en momentos críticos retrasa la siembra y compromete la segunda ventana de cosecha del maíz.
En Argentina, las experiencias previas demuestran que el calor extremo y la ausencia de lluvias en fases críticas degradan la calidad de la soja, lo que sirve como un recordatorio de que un “año Niño no garantiza cosecha récord”.
La producción de granos en Brasil sufrió una caída del 4,2% ante las anomalías climáticas.
El caso brasileño ilustra la complejidad geográfica de este fenómeno. Mientras el sur del país percibe beneficios hídricos, el Centro-Oeste, núcleo de la producción nacional de granos, enfrenta riesgos de sequía y lluvias irregulares. Esta divergencia sectorial genera ganadores y perdedores claros dentro del mercado agroindustrial. Empresas con exposición al nordeste brasileño enfrentan un panorama desafiante, mientras otras firmas capitalizan mejores precios internacionales. Pese a la narrativa de bonanza, Brasil registró en el ciclo anterior una cosecha de 306,4 millones de toneladas, cifra que marcó una caída del 4,2% debido a los efectos climáticos.
Riesgos para la seguridad alimentaria
La vulnerabilidad se extiende más allá de los granos básicos. El documento subraya la incertidumbre para commodities como el azúcar, los cereales, el aceite de palma y los cítricos. El sector cafetalero en Brasil enfrenta un riesgo particular, ya que El Niño altera las temperaturas y el régimen pluvial durante la ventana crítica de floración entre noviembre y diciembre.
Esta inestabilidad climática ocurre sobre una base ya alterada por el calentamiento global, con proyecciones que indican que el bienio 2026-2027 superará los récords de temperatura de 2024, los más altos desde que existen registros instrumentales.
El impacto social de estas alteraciones climáticas resulta preocupante en una región donde el hambre afecta a 43,2 millones de personas. La seguridad alimentaria enfrenta una amenaza directa por la volatilidad de precios y la posible escasez de suministros básicos. Giacinti remarca que el traslado de estos efectos a la inflación ocurre de forma lenta, pues depende estrictamente de los ciclos agrícolas naturales. La gestión anticipada de contratos y el diseño de planes de contingencia resultan vitales para mitigar el riesgo sistémico ante un evento anunciado con meses de anticipación.
FUENTE: Redacción +P