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La cosecha de pera William's como espejo de la crisis frutícola del Valle

La campaña de pera William’s arranca con menos fruta y más conflictos, en un Valle donde cada cosecha deja a más productores fuera del sistema.

Comienza esta semana, a pleno, una nueva cosecha de pera William’s, la principal variedad que marca el pulso de la fruticultura en esta época del año. Un inicio que, lejos de despertar entusiasmo, vuelve a poner en evidencia las tensiones estructurales de una actividad que desde hace años transita un camino de desgaste continuo. La pera William’s, símbolo histórico del Alto Valle, vuelve a ser protagonista no por su potencial productivo sino por el complejo entramado de conflictos que la rodean.

En los valles de Río Negro y Neuquén hay implantadas cerca de 7.000 hectáreas de esta variedad. De ese total, alrededor de 6.500 se encuentran en territorio rionegrino y apenas unas 500 hectáreas en Neuquén, reflejando la histórica concentración productiva en la primera provincia. Si se toma como referencia el promedio de los últimos cinco años, la producción rondó las 240.000 toneladas, un volumen que permitió sostener mercados, empleo y divisas.

Sin embargo, la campaña que comienza lo hace con un escenario claramente adverso. Las tormentas de granizo y las heladas registradas durante la primavera y el verano dejaron daños significativos, y las proyecciones preliminares de las empresas indican que este año el volumen difícilmente supere las 220.000 toneladas. La caída productiva no es solo un dato estadístico: es un golpe directo sobre una estructura que ya venía debilitada y que depende cada vez más de campañas “aceptables” para sostenerse.

Una rentabilidad que no aparece

Los números de superficie son contundentes. En los últimos diez años, más de 2.300 hectáreas de pera William’s fueron arrancadas por falta de productividad y rentabilidad. En términos relativos, esto implica una reducción cercana al 25% de la superficie implantada. No se trata de un fenómeno aislado ni de una simple reconversión varietal: es el reflejo de una actividad que expulsa productores de manera constante y que no logra generar condiciones mínimas de previsibilidad.

Pero más allá de las estadísticas, lo que marca el inicio de esta temporada es la profundidad del malestar. Los problemas son los de siempre, pero esta vez aparecen más agudizados. Los productores no integrados —y muchos de los integrados— siguen atrapados en un esquema comercial que los asfixia. Una recorrida por distintas chacras del Valle devuelve un relato unánime: empresas que aún no terminaron de pagar la fruta entregada en enero del año pasado, liquidaciones incompletas y acuerdos que, con el paso del tiempo, se renegocian de manera unilateral.

Las liquidaciones de la campaña pasada oscilaron entre los 250 y 400 pesos por kilo. Valores que, incluso en su punto más alto, quedan por debajo del costo de producción. Es decir, producir pera William’s hoy implica trabajar a pérdida. Y hacerlo bajo un sistema de pagos diferidos, con cuotas mensuales que se estiran en el tiempo, termina de cerrar un círculo perverso para el productor.

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Una de las tantas liquidaciones entregadas a los productores. Los números muestran las enormes distancias que existen para lograr rentabilidad.

Una de las tantas liquidaciones entregadas a los productores. Los números muestran las enormes distancias que existen para lograr rentabilidad.

El dilema se repite año tras año, pero nunca había sido tan explícito. Muchos chacareros enfrentan hoy una situación límite: empresarios que todavía adeudan pagos de la campaña anterior y que, al mismo tiempo, están negociando la fruta que ya está lista para cosechar. “No tenemos forma de zafar. Si no le entregamos la fruta, no nos pagan lo que nos deben. Y si no contamos con dinero para la cosecha, perdemos todo”, relató con angustia un productor de Cipolletti. Su testimonio condensa la trampa en la que están atrapados cientos de productores.

La descapitalización es progresiva. Primero se posterga una inversión, luego se ajusta el manejo, después se reduce personal y finalmente llega el momento en que ya no se puede seguir. Cada campaña empuja a más productores hacia ese límite invisible que separa la subsistencia del abandono definitivo de la actividad.

Desde algunos sectores se insiste en una lectura pragmática: la escala y la productividad son las que definen quién puede continuar y quién queda afuera. Un discurso que se alinea hoy con la lógica económica dominante, pero que desconoce la realidad concreta del Valle. No todos los productores que desaparecen son ineficientes, ni todos los que sobreviven lo hacen por ser más competitivos. Muchas veces, la diferencia pasa por la espalda financiera, la integración vertical o la capacidad de soportar años de quebranto.

“Hasta no tener precio firme y que me paguen la deuda de la campaña pasada, no entrego un kilo más. Prefiero no cosechar a seguir en este juego en el que el único que gana es el empresario”, afirmó un importante productor de Cinco Saltos, reconocido incluso por sus pares por su eficiencia productiva. Una definición que marca el nivel de hartazgo que se vive en las chacras.

Equilibrio cada vez más frágil

Del lado empresarial, las explicaciones apuntan casi exclusivamente al contexto macroeconómico. Ejecutivos de distintas firmas coinciden en que el atraso cambiario, la presión impositiva y el aumento sostenido de los costos internos hacen cada vez más difícil sostener la actividad. “Con un dólar atrasado como el de hoy nos cuesta exportar y ser competitivos. Se nos prometen bajas de impuestos y de costos que nunca llegan. La inflación superará este año el 20%, el dólar seguirá planchado y los costos subirán más del 30%. ¿Cómo se supone que debemos ser eficientes?”, se preguntó un ejecutivo de una empresa de Cipolletti.

Otro empresario, con operaciones en General Roca, fue aún más gráfico: “Con este esquema es muy difícil crecer o desarrollarse. Hoy lo que nos está salvando es el mercado interno y, este año, empezaremos a importar fruta, porque es lo que deja márgenes reales de rentabilidad”. Una frase que expone una paradoja difícil de digerir: importar fruta mientras se reduce la producción local.

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Con caída de producción, reducción de superficie y fuertes tensiones comerciales, la campaña de William’s refleja el deterioro que atraviesa la fruticultura del Alto Valle.

Con caída de producción, reducción de superficie y fuertes tensiones comerciales, la campaña de William’s refleja el deterioro que atraviesa la fruticultura del Alto Valle.

En el medio de este escenario, la falta de una voz clara por parte de las entidades representativas profundiza la sensación de desamparo. Se intentó conocer la opinión del presidente de la Federación de Productores de Río Negro, Sebastián Hernández, pero no hubo respuesta. El silencio, en este contexto, también comunica: ausencia de liderazgo en uno de los momentos más críticos de la actividad.

El tercer vértice de este complejo triángulo lo ocupan los trabajadores rurales. Esta semana comenzaron las paritarias. El gremio reclama un aumento del 31%, en línea con la inflación pasada. Los empresarios ofrecieron el 15%. Como ocurre casi todos los años, la negociación promete ser dura, pero con un desenlace previsible: el poder de negociación está del lado del sindicato. “Sin acuerdo, no se levanta la fruta”, advierten desde el sector gremial. Y las empresas saben que una cosecha perdida implica pérdidas irreparables.

Así, comienza una nueva campaña de pera William’s con las mismas incertidumbres de siempre, pero con un dato inquietante: la actividad parece descender un escalón más en su nivel de funcionamiento. Menos hectáreas, menos productores, más conflictos y una rentabilidad que no aparece. La fruticultura del Valle sigue funcionando, pero cada vez más al límite. La pregunta ya no es cuándo llegará la recuperación, sino cuánto más puede resistir un sistema que se sostiene, campaña tras campaña, sobre un equilibrio cada vez más frágil.

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