La nueva fruticultura del Alto Valle: por qué los jóvenes duplican el recambio en esta zona
El 46% de la superficie plantada en el Alto Valle Este está en manos de productores locales que tienen entre 20 y 100 hectáreas. Existe el doble de productores de menos de 40 años que en el resto del Alto Valle.
Un relevamiento realizado desde la Agencia de Extensión Rural de Villa Regina (AER) del INTA, que se basa en información primaria que se obtuvo en los últimos 5 años, demuestran que en la zona productiva del Alto Valle Este (AVE), que abarca desde Huego hasta Valle Azul, asoman indicios de una nueva fruticultura regional, basada en capitales locales, familiares, con fuerte arraigo en las chacras (el 55% de los encuestados viven en sus unidades productivas), y con una tasa de productores menores de 40 años que duplica a la que se registra en el resto de la región del Alto Valle.
Si bien existen las mismas debilidades que en el resto del Alto Valle, por rentabilidades acotadas o nulas según los casos, este conglomerado bajo estudio presenta al menos 4 fortalezas distintivas:
- Las unidades medianas y medianas-grandes (entre 20 y 100 ha), representan el 41% de los casos y concentran el 46 % de la superficie, “configurando un estrato clave en la sostenibilidad del sistema. Se trata de unidades intermedias, en su mayoría empresas de capital local y de origen familiar (más allá de las grandes empresas), que parecieran consolidarse en esta última década”.
Sus propietarios “entienden la complejidad de las dinámicas locales, que se expanden y se consolidan con estrategias complementarias de producción propia, alquiler a terceros, comercialización de fruta de terceros y compra de chacras de productores que dejan la actividad”.
- Otra fortaleza detectada, es que el 27% de los productores cuenta con empaque propio y el 22% posee cámaras de frío. “La infraestructura es predominantemente familiar y de escala pequeña o mediana, lo que refuerza la relevancia de las empresas medianas locales en la cadena de valor”, se detalló.
- Este esquema les ha permitido avanzar la adopción de mallas antigranizo, una herramienta clave para poner las plantaciones a salvo no solo del granizo, sino de otros vaivenes climáticos. En el Alto Valle Este, el 11 % de los productores han logrado instalarlas, y eso representa el 17% de la superficie, lo que representa 2.051 hectáreas. En cambio, si se analiza toda la región del Alto Valle, la cobertura de la mala es casi de la mitad, porque abarca hasta el momento el 10% de la superficie frutícola.
- Otro aspecto distintivo de la fruticultura en esta región, es que los productores de menos de 40 años, representan al 22%, mientras que, en el resto del Alto Valle, ese porcentaje se ubica entre el 10 y el 11%. De todos modos, la edad promedio muestra un predominio de productores mayores de 40 años (75 %), un segmento que en todo el Alto Valle abarca al 90% de los chacareros.
“Esta zona evidencia una mejor tasa de recambio generacional que la de la actividad regional (..), lo que refleja procesos virtuosos de transición intergeneracional en explotaciones familiares de escala media”, dice el documento del INTA que lleva la firma de Patricia Catoira, Natalia Zunino, Sergio Ziaurriz, Mónica Felice y Martín D´Oria.
- Además, se suma el hecho de que el 18% de los 229 casos relevados, son profesionales o cuentan con familiares titulados, siendo los ingenieros agrónomos predominantes.
Los del recambio y los complicados
Dice el informe, sobre ese núcleo de establecimientos que tienen entre 20 y 100 hectáreas, que “los productores jóvenes se distinguen por ser, en su mayoría, la tercera generación dentro de familias frutícolas, con establecimientos que cuentan con infraestructura propia de empaque y/o frío. Presentan una marcada apertura hacia la innovación tecnológica y la gestión empresarial, y muchos de ellos poseen formación universitaria, lo que les permite conducir la unidad productiva con una visión de negocio. En conjunto, agrupan 133 productores que administran 4.650 hectáreas, constituyendo un segmento con alto potencial para el recambio generacional en la fruticultura regional”.
Por otro lado, el relevamiento indica que la superficie media por explotación asciende a 39 hectáreas, mientras que la media provincial se ubica en 21,2 hectáreas según datos de Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación (SAGYP) del año 2022. Entonces surge el dato preocupante luego de analizar los datos de los 229 productores que fueron objeto de las mediciones. Se pudo precisar que el 28% de los productores tiene hasta 10 hectáreas, “una superficie que suele considerarse de baja sostenibilidad en el corto y mediano plazo, en términos de rentabilidad y eficiencia”, según una conclusión de Catoira en un artículo del año 2023).
“Podría inducirse que, de no mediar estrategias estatales o privadas, esa cantidad de productores (63) corren el riesgo de salir del sistema frutícola regional en los próximos años y acrecentar la concentración productiva”, se advirtió. Vale aclarar que el muestreo del INTA, si bien contempla la existencia en AVE de 463 productores que administran 10.000 hectáreas (el 27% del total del Alto Valle), se hizo consultando al 49% de ese universo (229), con los que la institución tiene un trato habitual.
En el segmento de los que tienen entre 10 y 20 hectáreas, y que tampoco tienen su rentabilidad asegurada, se encuentran 121 productores, que representan el 53% del total de los chacareros, pero que en conjunto manejan apenas el 15% de la tierra cultivada. La concentración es palpable si se tiene en cuenta que el 6% de los más grandes (más de 100 hectáreas) controla el 39% de la superficie total.
Volver al pasado
Cansados de esperar que los números del negocio se reviertan para cosechar algunos beneficios, al menos el 31% de los productores “han incorporado otras actividades agropecuarias, principalmente alfalfa (el 50%) y maíz forrajero (el 19%), además de la ganadería, horticultura y agroindustrias artesanales”. ¿Qué buscan? “Alternativas de menor riesgo y menor demanda laboral”, es la respuesta concluyente plasmada en el documento.
Valle Azul, con sus actuales 2.000 hectáreas bajo riego y la posibilidad de sumar otras 3.000 en el mediano plazo, “emerge como un espacio con una economía más diversificada, combinando cultivos frutales, forrajes y ganadería”.
Lo cierto es que hoy, de los casos relevados por la Agencia de Extensión Regina AER, “39 combinan actividad frutícola con ganadera-forrajera y 17 realizan solo actividades forrajeras y ganaderas”
“Algunos especialistas lo llaman un retorno a la era prefrutícola”, dice Catoira, en referencia a las dos primeras décadas del siglo pasado, cuando era momento de fijar los suelos con alfalfa y viña.
La querencia
El estudio permitió poner al descubierto otras dos particularidades que pueden decir mucho de la evolución que tuvo la fruticultura en el Alto Valle Este. Por un lado, “la residencia en la chacra se mantiene en el 55% de los casos, lo que fortalece la vinculación con el territorio y la gestión de las explotaciones”.
Pero, además, si bien dentro del ejido de Villa Regina, se encuentra el 46% del total de unidades productivas, ese porcentaje que se eleva a más del 57% si se consideran aquellos residentes que tienen actividad productiva tanto en Regina como en otras localidades de la zona.
“Los datos evidencian la coexistencia de pequeños, medianos y grandes productores, con medianas explotaciones familiares consolidadas como eje central del sistema, con óptimos índices de relevo generacional”.
Conclusiones
- La existencia de un núcleo más importante de productores por debajo de los 40 años, lleva a un uso más frecuente de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TICs), lo cual “mejora acceso a información y toma de decisiones, aunque se requiere recuperar espacios de encuentro presencial para fortalecer la comunicación y el trabajo colectivo”.
- La adopción tecnológica sigue siendo limitada, sobre todo entre pequeños y medianos productores, persistiendo brechas significativas, como baja mecanización de tareas críticas y alta dependencia de mano de obra estacional.
- Escasa adopción de tecnologías de precisión, sensores y sistemas digitales de gestión.
- Limitado acceso a financiamiento y a articulación con organismos técnicos y académicos.
- La modernización tecnológica es clave para mejorar competitividad, calidad, trazabilidad y condiciones laborales, pero requiere políticas públicas integrales y fortalecimiento de infraestructura digital rural.
Fuente: Redacción +P
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