Patagonia

El imperio británico que quiso colonizar la Patagonia y terminó creando las grandes estancias

A fines del siglo XIX, inversores británicos llegaron a reunir más de medio millón de hectáreas en la Patagonia con un ambicioso plan de colonización.

Por momentos, a fines del siglo XIX, la Patagonia parecía un territorio abierto a todas las apuestas. Desde Londres hasta Hamburgo y Nueva York, hombres de negocios imaginaban en los mapas europeos un vasto espacio de riqueza futura: campos interminables, ríos de agua pura, montañas cargadas de pastos y un horizonte comercial que prometía unir el Atlántico con el Pacífico. Sin embargo, entre aquellos proyectos grandiosos y la realidad del territorio patagónico se extendía una distancia inmensa. Allí, en ese contraste entre ambición financiera y geografía indómita, se forjó uno de los episodios más significativos —y menos comprendidos— de la historia productiva del sur argentino.

En la década de 1880 la Patagonia ingresó definitivamente en el radar del capitalismo internacional. La reciente expansión territorial del Estado argentino tras la llamada “Conquista del Desierto” había dejado millones de hectáreas bajo control formal de Buenos Aires. Para los gobiernos liberales de la época, aquellas tierras representaban una oportunidad: atraer capital extranjero para poblar, producir y conectar económicamente un espacio que hasta entonces era considerado marginal.

La administración de Miguel Juárez Celman (Mandato presidencial del12 de octubre de 1886 al 6 de agosto de 1890) impulsó una política económica abierta a las inversiones internacionales, particularmente británicas. Era un momento en que el capital inglés dominaba gran parte de la infraestructura del país: ferrocarriles, bancos, tranvías, comercio exterior. En ese contexto, la Patagonia se transformó en una nueva frontera de negocios.

Uno de los emprendimientos más ambiciosos de ese ciclo fue la Argentine Southern Land Company, una gigantesca compañía de tierras fundada en 1889 por inversores británicos vinculados a las principales casas comerciales de Buenos Aires y a los directorios de entidades financieras como el English Bank of the River Plate. El grupo inversor era parte de un entramado empresarial conocido informalmente como el Argentine Land Group, una red que ya poseía intereses en diferentes regiones del país.

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Campos del norte de Río Negro, 1905. Más de 500.000 hectáreas, capital británico y un sueño de colonización: la historia detrás del nacimiento de las grandes estancias patagónicas.

Campos del norte de Río Negro, 1905. Más de 500.000 hectáreas, capital británico y un sueño de colonización: la historia detrás del nacimiento de las grandes estancias patagónicas.

El objetivo declarado parecía noble y alineado con el discurso oficial: colonizar la Patagonia con inmigrantes agrícolas, subdividir grandes extensiones en chacras y fomentar el poblamiento permanente. Pero la historia demostraría que aquel proyecto de colonización tenía otras prioridades.

La tierra como concesión

El origen del enorme patrimonio territorial de la compañía se encuentra en una concesión ferroviaria. El Estado argentino otorgó a la Chubut Company Ltd. la construcción del ferrocarril central del Chubut, una línea que uniría Trelew con Puerto Madryn. Como incentivo, el gobierno entregó a la empresa una franja de tierra de una legua a cada lado de la vía férrea. Aquella concesión sumaba cerca de 70.000 hectáreas. Pero ese fue apenas el comienzo.

A través de la Ley Avellaneda de Inmigración y Colonización, que buscaba fomentar el establecimiento de colonos extranjeros, la compañía obtuvo la posibilidad de adquirir extensiones muchísimo mayores. El acuerdo permitía seleccionar bloques de 46.000 hectáreas dentro de una vasta área designada por el gobierno. En total, las concesiones alcanzaron inicialmente unas 750.000 hectáreas.

La legislación vigente establecía límites máximos para evitar grandes concentraciones de tierra —originalmente 80.000 hectáreas por concesionario—, pero durante el gobierno de Juárez Celman ese límite fue ampliado hasta 360.000 hectáreas. Aun así, el proyecto superaba ampliamente la cifra permitida. Para sortear la restricción, parte de las tierras se registró a nombre de un miembro del comité local de la compañía, un empresario de apellido Krabbe, integrante también del directorio de la City of Buenos Aires Tramway Company. Posteriormente, esas tierras serían transferidas a la empresa británica. La maniobra no era inusual en la época. El resultado fue una de las mayores concentraciones territoriales privadas de la historia patagónica.

Cuando la compañía emitió sus acciones en Londres, la folletería promocional describía un proyecto prometedor. Las tierras serían subdivididas en pequeñas chacras destinadas a inmigrantes europeos. La llegada de colonos permitiría poblar la región, aumentar la producción agrícola y elevar el valor de los terrenos. Para completar el plan, se proyectaba extender el ferrocarril desde el valle del Chubut hasta la cordillera.

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Miguel Juárez Celman, presidente de la República entre octubre de 1886 y agosto de 1890. Fue concuñado de Julio Argentino Roca.

Miguel Juárez Celman, presidente de la República entre octubre de 1886 y agosto de 1890. Fue concuñado de Julio Argentino Roca.

En el papel, el proyecto parecía replicar el modelo exitoso de colonización agrícola que había transformado las pampas. Pero la Patagonia no era la pampa.

La crisis financiera internacional de 1890 —que golpeó duramente a la economía argentina— fue una de las primeras señales de alerta. Sin embargo, otros factores resultaron aún más decisivos. Los estudios posteriores plantean dos interpretaciones distintas. Algunos historiadores sostienen que los empresarios británicos desconocían las características de los suelos que habían adquirido. Gran parte de la meseta patagónica es árida, ventosa y poco apta para la agricultura intensiva. Otros investigadores sugieren exactamente lo contrario: que los inversores conocían perfectamente el potencial productivo del territorio y nunca tuvieron la intención real de colonizarlo con agricultores.

Las evidencias apuntan hacia esta segunda hipótesis. Antes de la creación de la compañía, el gerente ferroviario Asahell Bell había recorrido la región en 1887, dos años antes de la fundación de la empresa. Aquella expedición permitió identificar las áreas con mejores pasturas para la ganadería. Además, el trazado de las propiedades coincidía casi exactamente con la ruta explorada décadas antes por el viajero británico George Chaworth Musters, quien había señalado el enorme potencial ganadero de la región y la posibilidad de comerciar ganado con Chile. En otras palabras: la Patagonia podía no ser ideal para la agricultura, pero sí lo era para la ganadería extensiva.

El abandono del proyecto colonizador

La oportunidad llegó en 1891. Ese año el Congreso argentino aprobó una ley que permitía liquidar concesiones colonizadoras incumplidas. La Argentine Southern Land Company se acogió a esa normativa y devolvió una de cada cuatro concesiones. De esta manera, el proyecto de colonización quedó oficialmente cancelado.

La empresa conservó alrededor de 585.000 hectáreas, distribuidas entre la meseta de Río Negro y las zonas cordilleranas de Río Negro y Chubut. Para entonces, el giro productivo ya estaba en marcha. Un año antes, en 1890, la compañía había comprado 12.000 vacunos, iniciando inmediatamente las ventas hacia Chile. El mercado trasandino pagaba mejores precios y estaba geográficamente más cerca que los puertos atlánticos.

En 1898 todas las propiedades estaban ya escrituradas a nombre de la empresa. Había nacido un nuevo modelo económico: la gran estancia patagónica de capital extranjero. La empresa organizó su territorio en torno a dos grandes centros operativos. Uno fue la estancia Leleque, ubicada en los contrafuertes andinos. Desde allí se administraban los establecimientos cordilleranos donde se criaba ganado vacuno de razas británicas como Durham y Polled Angus. El segundo centro fue Maquinchao, en la meseta rionegrina. En esa región el clima favorecía la cría de ovejas destinadas a la producción lanera.

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Esquel, a finales del siglo XIX. Inversores británicos imaginaron colonias agrícolas en la Patagonia. En lugar de chacras surgieron enormes estancias dedicadas a la lana y al ganado.

Esquel, a finales del siglo XIX. Inversores británicos imaginaron colonias agrícolas en la Patagonia. En lugar de chacras surgieron enormes estancias dedicadas a la lana y al ganado.

Para mejorar la calidad de los rebaños se importaron carneros de la raza Merino australiano, iniciando uno de los procesos de especialización ovina más importantes de la Patagonia central. La lógica productiva se adaptaba perfectamente a las condiciones del territorio: bovinos en las zonas más húmedas y ovinos en la meseta árida.

Durante años, el principal mercado para el ganado patagónico fue Chile. La proximidad geográfica hacía posible arriar animales a través de pasos cordilleranos hacia ciudades chilenas donde la carne alcanzaba precios más altos. La empresa incluso designó un agente comercial permanente en Santiago para organizar las ventas.

Los conflictos limítrofes entre Argentina y Chile hacia fines del siglo XIX complicaron temporalmente el comercio, pero tras la resolución del litigio en 1902 las operaciones se normalizaron. Para entonces, la compañía había consolidado una red de estancias modernas, con alambrados perimetrales, corrales, galpones de esquila y maquinaria importada. Alrededor de 1910, el sistema productivo estaba completamente integrado.

La revolución de la lana

El gran salto logístico llegó con la expansión ferroviaria. En 1912 el ferrocarril alcanzó Maquinchao, transformando radicalmente la economía regional. Las lanas que antes tardaban semanas en llegar a la costa mediante carretas podían ahora transportarse con mayor rapidez y menor costo. El circuito productivo se volvió casi industrial.

La esquila se realizaba con máquinas en las cabeceras de estancia. Luego la lana era prensada en fardos mediante prensas hidráulicas de la propia compañía. Desde allí partía en tren hacia Bahía Blanca o hacia Puerto Madryn, donde se embarcaba rumbo a Europa. Los textiles británicos dependían en gran medida de esas fibras provenientes del hemisferio sur.

Las estancias no eran solamente centros productivos. Cada establecimiento incluía un almacén de ramos generales, donde los trabajadores y pequeños pobladores adquirían alimentos, herramientas y ropa. Muchos de esos productos eran importados sin impuestos gracias al régimen especial de los territorios nacionales del sur. La empresa controlaba así no solo la producción, sino también el comercio local.

La escasez de competidores permitía márgenes de ganancia muy elevados. Para la segunda década del siglo XX la situación financiera de la compañía era extraordinariamente sólida. El modelo de la gran estancia patagónica —capital extranjero, miles de hectáreas y producción orientada al mercado internacional— había alcanzado su madurez.

Mientras el imperio británico consolidaba sus dominios ganaderos, otros proyectos colonizadores intentaban abrirse paso en la Patagonia. En 1903 el aventurero empresario Jorge Newbery, entonces vicecónsul honorario de Estados Unidos en Argentina, impulsó junto a H. Kribs una solicitud para colonizar 260.000 hectáreas en los valles de Epuyén y Cholila. La iniciativa buscaba atraer colonos norteamericanos dedicados a la ganadería.

Pero el proyecto fracasó rápidamente: la mayor parte de las tierras ya estaba ocupada por pobladores existentes. Entre ellos había personajes singulares. Según la tradición local, en esos mismos valles se ocultaban bajo identidades falsas dos célebres forajidos estadounidenses: Butch Cassidy y Sundance Kid, quienes habían escapado de Estados Unidos y se refugiaban en la Patagonia.

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Con capitales de Londres y concesiones del Estado argentino, una compañía británica reunió cientos de miles de hectáreas en la Patagonia. El sueño agrícola se convirtió pronto en un negocio de ovejas y ganado.

Con capitales de Londres y concesiones del Estado argentino, una compañía británica reunió cientos de miles de hectáreas en la Patagonia. El sueño agrícola se convirtió pronto en un negocio de ovejas y ganado.

Otro intento de colonización llegó desde Europa central. El empresario alemán Wilhelm Vallentin solicitó más de 200.000 hectáreas en el valle del río Pico para fundar una colonia llamada “Friedland”, literalmente “tierra de paz”. El proyecto preveía repartir lotes pastoriles de 2.500 hectáreas entre colonos “exclusivamente alemanes”.

El gobierno argentino aprobó la reserva en 1904. Pero la colonia nunca llegó a consolidarse. Tres años después, ante la falta de colonos efectivos, el decreto fue revocado. Solo un inmigrante alemán —Otto Rotcher— permaneció en la región. Con el tiempo, esas tierras serían ocupadas principalmente por pobladores chilenos provenientes de Cholila.

Los grandes proyectos empresariales fracasaron una y otra vez. En contraste, la colonización espontánea avanzaba lentamente pero con firmeza. Criollos, indígenas manzaneros (tehuelches septentrionales que habitaban la zona del actual norte de la Patagonia argentina), colonos chilenos y algunos europeos aislados fueron poblando gradualmente los valles y las zonas fértiles del oeste patagónico. Sin grandes planes ni capitales internacionales, construyeron estancias familiares, chacras y pequeños pueblos.

Era un proceso silencioso, pero extraordinariamente efectivo. Mientras tanto, las enormes propiedades de capital extranjero dominaban la economía regional.

Un legado que llega al presente

La presencia de la Argentine Southern Land Company en la Patagonia se extendió durante casi un siglo. Sus intereses permanecieron activos hasta 1975. Las fluctuaciones del mercado internacional de la lana, especialmente la caída de los precios en el siglo XX, llevaron a sucesivas ventas de propiedades. Finalmente, en 1991 gran parte de esas tierras fue adquirida por el grupo italiano Benetton Group, que creó la Compañía de Tierras Sud Argentina.

Con alrededor de 900.000 hectáreas, esta firma se convirtió en uno de los mayores propietarios privados de tierra en la Patagonia, con sede central precisamente en la histórica estancia Leleque. Para la empresa italiana, la lana patagónica continúa siendo un insumo valioso para su cadena global de producción textil.

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Lo que comenzó como un ambicioso proyecto británico para poblar la Patagonia terminó creando enormes estancias ganaderas. Un siglo más tarde, buena parte de esas tierras serían adquiridas por Benetton Group.

Lo que comenzó como un ambicioso proyecto británico para poblar la Patagonia terminó creando enormes estancias ganaderas. Un siglo más tarde, buena parte de esas tierras serían adquiridas por Benetton Group.

La historia de la Patagonia productiva no puede entenderse sin estos experimentos colonizadores. Los proyectos de inmigración agrícola fracasaron en gran medida. En su lugar surgió un sistema de grandes estancias ganaderas que integró la región a la economía mundial. Ese modelo transformó el paisaje, la sociedad y la economía patagónica.

Pero también dejó preguntas abiertas: sobre la concentración de la tierra, el papel del capital extranjero y el destino de las poblaciones que habitaban el territorio mucho antes de la llegada de las compañías.

En el fondo, aquella historia refleja una paradoja. Los grandes planes diseñados en oficinas de Londres, Nueva York o Berlín rara vez se cumplieron como estaban previstos. Sin embargo, de sus fracasos surgió una estructura productiva que todavía hoy define buena parte del paisaje patagónico. La Patagonia real —la de las estancias, los arreos, las ovejas y el viento interminable— nació, en gran medida, de aquel encuentro entre la ambición global y la geografía indomable del sur.

Fuente: Susana Bandieri (Historia de la Patagonia), Archivo General de la Nación (AGN), Red 43 y aportes de Redacción +P.

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