Historia de una ilusión: la colonia alemana que fracasó en la Patagonia argentina
Lo que debía ser un refugio para emigrantes que conformaron una colonia alemana terminó en aislamiento, miseria y una trama de corrupción.
En los anales de la historia migratoria argentina, dominados por epopeyas de progreso y relatos de integración exitosa, existen también historias sepultadas por el silencio, incómodas por su crudeza y reveladoras por lo que exponen sobre los abusos de poder y la vulnerabilidad humana. Una de ellas es la de la sociedad cooperativa de colonización “La Patagonia”, un proyecto concebido en la Europa devastada de la posguerra, ejecutado en los márgenes inhóspitos del Neuquén y concluido como una de las estafas migratorias más devastadoras del período.
Fundada en 1919 en la ciudad alemana de Kiel, “La Patagonia” se presentó como una empresa civilizatoria y humanitaria: una respuesta organizada al éxodo desesperado de miles de alemanes empujados fuera de su país por el hambre, la violencia política y el colapso institucional posterior a la Primera Guerra Mundial. Prometía orden allí donde reinaba el caos, prosperidad donde solo había ruinas y una nueva patria en una Argentina que se vendía a sí misma como tierra de oportunidades ilimitadas.
Sin embargo, lo que comenzó como una gesta de salvación colectiva terminó como una trampa cuidadosamente diseñada. Tras los discursos idealistas y los folletos optimistas se escondía una estructura financiera inviable, una dirigencia corrupta y un desprecio absoluto por las condiciones reales —humanas, climáticas y económicas— del territorio elegido. El resultado fue un experimento fallido que dejó a decenas de familias atrapadas en deudas, aislamiento y miseria, en una de las regiones más solitarias del país.
Reconstruir esta historia exige ir más allá del clima hostil o de los errores de cálculo. Los documentos de la época, las actas de la sociedad, los informes consulares y, sobre todo, la prensa germano-argentina permiten revelar algo más profundo: “La Patagonia” no fracasó por accidente; fue concebida sobre los cimientos del engaño.
El nacimiento de la sociedad “La Patagonia” no puede entenderse sin observar el paisaje político y social de Alemania al finalizar la Gran Guerra. En noviembre de 1918, el país era una nación en llamas. La derrota militar había deslegitimado al Imperio, el hambre se extendía por las ciudades industriales y la autoridad estatal se desmoronaba a un ritmo vertiginoso.
El levantamiento de los marineros en Kiel —el Kieler Matrosenaufstand— marcó el punto de quiebre. Negándose a participar en una ofensiva naval considerada suicida, los marineros desencadenaron una revuelta que se expandió por todo el país y dio inicio a la Revolución de Noviembre. En cuestión de días, la monarquía constitucional colapsó y Alemania se convirtió en una república proclamada, paradójicamente, por facciones enfrentadas.
El caos se profundizó en enero de 1919 con los levantamientos de la Liga Espartaquista en Berlín y otras ciudades, reprimidos brutalmente por fuerzas paramilitares. Para amplios sectores de la población —exoficiales, pequeños comerciantes, profesionales arruinados— el país dejó de ser habitable. El miedo a la revolución social, la inseguridad cotidiana y la falta de alimentos empujaron a miles a buscar una salida desesperada. La emigración se convirtió en una tabla de salvación.
Argentina: el sueño lejano y luminoso
Mientras Alemania se hundía, Argentina brillaba desde la distancia. Neutral durante la guerra, el país había experimentado un crecimiento económico sostenido gracias a la exportación de alimentos a Europa. La imagen del “granero del mundo” se consolidó como un mito poderoso en el imaginario migratorio europeo.
Los gobiernos radicales mantenían una política migratoria abierta y, entre 1921 y 1930, el país alcanzaría algunos de los picos migratorios más altos de su historia. En la prensa alemana, Argentina aparecía como una nación estable, rica en tierras fértiles y con posibilidades de ascenso social rápido.
Fue en ese cruce entre la desesperación alemana y el optimismo argentino donde surgió la sociedad cooperativa anónima de colonización “La Patagonia”, fundada el 4 de mayo de 1919 en Kiel por un grupo de oficiales navales, comerciantes y estancieros. Su objetivo declarado era “guiar la emigración desordenada” y convertirla en un proceso racional, planificado y próspero.
En diciembre de ese mismo año, la sociedad obtuvo reconocimiento jurídico en Argentina. El proyecto ya estaba en marcha. Sobre el papel, “La Patagonia” se presentaba como una empresa sólida y democrática. Su capital mínimo se fijó en 100.000 pesos, dividido en acciones nominales de 1.000 pesos. El objetivo era adquirir tierras, equiparlas y entregarlas a los socios junto con herramientas, viviendas y asistencia técnica.
Pero una lectura atenta de los estatutos revela un diseño profundamente desequilibrado. El poder real se concentraba en un Directorio con atribuciones casi absolutas, especialmente en manos de los directores delegados Arnulf Fuhrmann y Albert Strauch, quienes tenían el control inmediato de todos los negocios de la sociedad.
Mientras los colonos invertían los ahorros de toda una vida, los directores se asignaban sueldos anuales de 12.000 pesos cada uno, una suma exorbitante para la época. A esto se sumaba el mantenimiento de una costosa oficina central en Buenos Aires y ocho sucursales en Alemania, bajo la dirección del gerente Georg Leunert.
La propaganda era agresiva y engañosa. Los folletos aseguraban contar con el apoyo pleno del gobierno argentino y del ministro Pueyrredón, una afirmación que las fuentes contemporáneas califican sin ambigüedades como una exageración total destinada a tranquilizar a potenciales inversores.
Covunco: tierra prometida, tierra imposible
La ubicación elegida para la colonia fue un campo de 10.700 hectáreas en las cercanías del río Covunco, en la provincia de Neuquén. En los mapas y descripciones técnicas, el lugar parecía ideal: agua cercana, suelo de loess fértil y un potencial agrícola considerable si se aplicaba riego artificial. La realidad era otra.
La región sufría precipitaciones mínimas, heladas nocturnas incluso en verano y vientos calientes capaces de arrasar cualquier cultivo. A esto se sumaba un aislamiento casi absoluto. El campo se encontraba entre 40 y 52 kilómetros de la estación ferroviaria más cercana, Ramón M. Castro, en una zona sin caminos pavimentados.
El traslado de mercancías podía tomar hasta dos días en coche de caballos. Los testimonios describen carros atascados en el vado del Covunco, con colonos obligados a descargar y volver a cargar la mercadería dentro del río, con el agua alcanzando los ejes de los vehículos.
Para hacer productiva la tierra se necesitaba un sistema de riego artificial cuya construcción se estimaba en un millón de pesos. La sociedad jamás contó con ese capital ni tuvo intención real de invertirlo.
En abril de 1920, la sociedad contaba con 131 socios, de los cuales 51 ya estaban en el campo. El perfil profesional de los inmigrantes era revelador: militares, ingenieros, arquitectos, estudiantes de medicina y empresarios. Solo 11 eran agricultores experimentados.
La falta de conocimiento práctico fue devastadora. La agricultura alemana, desarrollada en tierras húmedas y fértiles, no ofrecía ninguna preparación para el suelo patagónico. Muchos colonos llegaron con una mentalidad aventurera, cargados de exigencias y prejuicios, sin dominio del castellano, lo que los aislaba de la población local y los hacía dependientes de intérpretes incluso para las gestiones más básicas.
Las tensiones sociales agravaron el panorama. La comunidad estaba dividida entre antiguos oficiales y nobles, por un lado, y pequeños burgueses, por el otro. Estas disputas internas provocaron que 10 hombres abandonaran el campo prematuramente, dejando a unas 20 personas a cargo de todo el trabajo físico.
A pesar de ello, los colonos lograron construir una casa de ladrillo cocido de cinco habitaciones, una estructura lujosa para la región, símbolo del esfuerzo humano invertido en un proyecto condenado.
Economía inflacionaria y capital que se evapora
Mientras la propaganda prometía ganancias irreales —como convertir 15.000 marcos en 6.000 pesos en seis meses—, la economía argentina atravesaba un período de fuerte inflación. El precio del azúcar pasó de 40 centavos a 2 pesos, y hasta 4 pesos en el interior. El pan se encareció por la demanda internacional de trigo.
Pero el golpe más duro vino desde Europa. El marco alemán se devaluaba de manera brutal. En febrero de 1920, un peso argentino equivalía a 25 marcos. Como muchos colonos pagaban sus acciones en marcos, el capital real de la sociedad se desintegraba antes de poder ser utilizado en Argentina.
El cónsul alemán Otto Flohr advirtió que se necesitaban al menos 6.000 pesos para iniciar una vida viable en el país. Sin embargo, la sociedad permitía el ingreso con participaciones mínimas que apenas cubrían el viaje.
Mientras los colonos sobrevivían en “cinco ranchos de indios sin mobiliario”, la administración operaba con lógica criminal. Se descubrió que Arnulf Fuhrmann utilizó fondos de la sociedad para comprar una estancia de 1.200 hectáreas para su socio Köhler, en lugar de invertir en la colonia.
Georg Leunert gastó 80.000 marcos en cenas y propaganda. La fiscalía detectó falsificación de facturas, sobreprecios, bienes declarados como embarcados que nunca llegaron y gastos de envío inflados del 10% al 30%.
La prensa germano-argentina fue clave. En agosto de 1920, el Argentinisches Tageblatt y la Deutsche La Plata Zeitung publicaron investigaciones demoledoras. Ante la presión, Fuhrmann renunció el 13 de agosto de 1920, dejando a los colonos abandonados.
La auditoría reveló deudas por 23.000 pesos. Por estatuto, los colonos eran deudores subsidiarios, legalmente responsables del desastre.
Epílogo: una advertencia en el desierto
En septiembre de 1920 quedaban 14 personas en Covunco. La comunidad alemana de Buenos Aires recaudó apenas 600 pesos en fiestas benéficas. La prensa recomendó abandonar el proyecto y empezar de nuevo.
Años después, el nombre de Arnulf Fuhrmann reaparecería vinculado a actividades nazis en Uruguay, sugiriendo que el fraude del Covunco fue solo el primer acto de una vida dedicada a la manipulación.
“La Patagonia” duró apenas un año. Fue suficiente para destruir ahorros, sueños y vidas. Hoy, en la inmensidad del Neuquén, no queda rastro de aquella colonia. Solo persiste su historia: un espejismo en el desierto, una advertencia sobre cómo la esperanza humana puede ser explotada hasta dejar solo arena, viento y silencio.
Fuente: Désirée Rottwinke XIV Jornadas de Historia de la Universidad Nacional de Cuyo (UNC), Más Neuquén y aportes de la Redacción +P.
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