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La guerra por el agua y el pasto es una lucha sin cuartel en la Puna y la Patagonia

La competencia entre ganado y fauna silvestre por recursos como el agua y el forraje en la Puna y Patagonia evidencia un conflicto ecológico y productivo.

En los ecosistemas de puna y altiplano, la competencia entre fauna silvestre y ganado doméstico no es una metáfora: es un proceso ecológico documentado con datos de campo, con consecuencias directas sobre la productividad ganadera, la conservación de especies nativas y la salud de los pastizales. De norte a sur del país, el problema es esencialmente el mismo; desde las vegas de la puna jujeña hasta los bebederos artificiales de Patagonia, el patrón se repite con variaciones locales pero con una lógica común: cuando los recursos son escasos y el espacio se comparte, los animales silvestres y el ganado colisionan.

La vicuña (Vicugna vicugna) es el camélido silvestre emblemático de los Andes. Comparte el altiplano con llamas (Lama glama), alpacas (Lama pacos) y con ganado exótico introducido tras la conquista española: ovejas, cabras, vacas, caballos y burros asilvestrados. Lo que estos animales tienen en común es más relevante de lo que suele reconocerse: sus dietas se superponen de manera significativa.

Un estudio sobre composición botánica de la dieta realizado en pastizales del centro-sur de Perú identificó 53 especies vegetales consumidas por vicuñas, alpacas, llamas y ovinos que pastoreaban en simpatría durante la época húmeda. El resultado fue claro: las gramíneas dominaron la dieta de todos los herbívoros, seguidas por herbáceas y graminoides. La dieta de alpacas y vicuñas resultó particularmente semejante entre sí, y las ovejas compartieron ítems dietarios con ambas especies. La competencia, entonces, no es una hipótesis: es un hecho verificado en el campo.

Las vegas, el escenario central del conflicto

Dentro de los distintos ambientes del altiplano, las vegas —pastizales húmedos con alta diversidad florística y cobertura permanente— concentran la mayor calidad forrajera disponible. Son los sitios preferidos tanto por las vicuñas como por el ganado doméstico, y ese solapamiento de preferencias convierte a las vegas en el epicentro del conflicto.

Investigaciones realizadas en Suripujio, Jujuy (a 3.739 metros sobre el nivel del mar), en el marco de un sistema agropastoril basado en el pastoreo de ovejas y llamas, confirmaron este patrón: la vega fue el ambiente seleccionado simultáneamente por vicuñas y por el ganado doméstico. Cuando la presión del ganado es alta, la segregación espacial que se registra en las estepas arbustivas se traslada en desventaja para la especie silvestre: las vicuñas son desplazadas hacia hábitats subóptimos mientras el ganado monopoliza los sectores de mayor productividad. En las estepas arbustivas del mismo estudio, la carga animal superó la capacidad de carga definida para ese ambiente, con impacto directo sobre la vegetación y la disponibilidad de forraje.

Este mecanismo de exclusión no opera por agresión directa sino por competencia de interferencia: el ganado, al concentrarse en los sitios más ricos, impide el acceso de las vicuñas. La especie silvestre no desaparece, pero se ve forzada a sostener su condición corporal y su reproducción con recursos de menor calidad.

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 Doce guanacos bastan para bloquear el acceso de cien ovejas a un bebedero en Santa Cruz.

Doce guanacos bastan para bloquear el acceso de cien ovejas a un bebedero en Santa Cruz.

El mismo conflicto, otra escala: guanacos y ovejas en la Patagonia

A más de dos mil kilómetros al sur, en los campos del noroeste de Santa Cruz, el conflicto entre fauna silvestre y ganadería adopta una dimensión diferente pero igualmente documentada. El protagonista aquí es el guanaco (Lama guanicoe), pariente silvestre de la llama y la alpaca, y el recurso en disputa no es el pasto sino el agua.

Un trabajo de la Agencia de Extensión Rural (AER) Los Antiguos del INTA, liderado por el técnico Martín Roa, monitoreó durante más de doce meses —desde marzo de 2024 hasta abril de 2025, con un control adicional en diciembre de 2025— cuatro establecimientos ganaderos ubicados entre la ruta nacional 40 y la provincial 43. El objetivo fue cuantificar la competencia por bebederos artificiales entre guanacos y ovejas, y validar dispositivos de restricción.

Los datos son contundentes: los guanacos permanecían en los bebederos un promedio de 3 horas y 37 minutos por día, frente a 1 hora y 38 minutos registrados para las ovejas. Pero el problema va más allá del tiempo de permanencia. Cuando entre doce y quince guanacos rodean un bebedero, cien ovejas no se acercan. "Escasas veces alguna puede colarse, pero la regla es que si hay varios individuos, las ovejas no se acercan hasta que se van los guanacos", precisó Roa. La sola presencia del animal silvestre opera como una barrera conductual que desplaza al ovino del recurso hídrico durante horas, con consecuencias directas sobre su condición corporal y la productividad del rodeo.

La consecuencia económica es inmediata: los productores deben invertir en perforaciones adicionales o en abastecimiento con camiones cisterna para garantizar una distribución mínimamente homogénea del agua dentro de los cuadros de pastoreo.

Tecnología de bajo costo como respuesta concreta

Ante este diagnóstico, el equipo del INTA validó dos alternativas de restricción. La primera consiste en la construcción de un alero o techo sobre el bebedero: una estructura que impide el acceso al guanaco —por su mayor altura y envergadura— pero permite que la oveja ingrese sin dificultad por debajo. La segunda es un alambrado elevado, con una apertura inferior de unos 80 centímetros y un alambre superior a 1,20 metros, lo que genera una barrera de aproximadamente dos metros de altura que el guanaco no supera.

La investigación confirmó que ambos dispositivos excluyen eficazmente al guanaco sin limitar el acceso del ovino, requisito indispensable para su viabilidad productiva. "La ventaja de elevar el alambrado es que se hace con materiales que ya hay en el campo y es mucho más económico", subrayó Roa. Un resultado no esperado del trabajo fue la recuperación de los pastizales en al menos un bebedero intervenido: al restringir el acceso del guanaco durante el invierno, el suelo obtuvo el descanso necesario para que la vegetación se regenere.

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Una vicuña siendo esquilada en San Pedro de Pilas (Perú).

Una vicuña siendo esquilada en San Pedro de Pilas (Perú).

Una ecuación que la gestión no puede ignorar

La comparación entre los dos escenarios —la puna andina y la estepa patagónica— revela que la coexistencia entre fauna silvestre y ganadería extensiva es un problema estructural de los ecosistemas áridos y semiáridos de Argentina, no un conflicto puntual ni anecdótico. En ambos casos, la presión sobre recursos compartidos —pastizales en la puna, agua en la Patagonia— genera mecanismos de exclusión que perjudican tanto a la producción como a la conservación.

La diferencia entre los dos casos también es instructiva. En la puna, la dinámica de competencia opera principalmente sobre el recurso forrajero y a través de la segregación espacial, con las especies silvestres desplazadas hacia hábitats de menor calidad. En la Patagonia, el conflicto se concentra en el acceso al agua y se expresa a través de un comportamiento dominante que no requiere contacto físico: la presencia del guanaco es suficiente para excluir a las ovejas.

En ambos contextos, la gestión activa —con monitoreo riguroso, diseño de infraestructura adaptada y conocimiento ecológico de base— demuestra ser el camino hacia la coexistencia productiva. La experiencia del INTA en Santa Cruz lo confirma: soluciones simples, validadas con datos, pueden cambiar las reglas del juego en campos donde la fauna silvestre y la ganadería compiten por los mismos recursos desde hace siglos.

FUENTE: INTA, SCielo, Research Argentina y Conicet, con aportes de Redacción +P.

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