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La guerra por el petróleo acelera un cambio que podría transformar el negocio de la soja

La expansión de los biocombustibles, la búsqueda de energías más seguras y los cambios en la demanda global abren un nuevo escenario para la soja, con oportunidades y desafíos para la Argentina.

Uno de los cambios más brutales de los últimos años viene de la mano de la tecnología. Tanto es así que ya hay quienes hablan de un cambio de “era” y, tal vez, no se equivoquen. Pero hay dos características de estas etapas que son centrales: la imposibilidad de evitarlas y lo imprevisible de su impacto final.

Un ejemplo (menor) fue, a comienzos del siglo XX (1910), la introducción del sorgo de Alepo como forrajera que, efectivamente, al principio lo fue, aunque luego derivó en una de las peores malezas, que devaluó regiones enteras (fue declarada “plaga nacional” en 1930) y llevó décadas controlar. Por supuesto, finalmente se logró.

Ahora se enfrentan cambios y tecnologías mucho más generalizados y novedosos, entre los cuales probablemente alguno vaya a tener efectos negativos, aunque, en su gran mayoría, significan avances de magnitud para la calidad de vida y también para la economía.

E, incluso, sin llegar a estos extremos, lo que no se puede discutir, y menos aún desconocer, es que habrá impactos de distinta magnitud en los frentes más variados: desde la educación hasta la sociedad; desde el urbanismo hasta las formas de trabajo; desde las costumbres hasta el PBI, entre muchas otras cuestiones.

La soja frente al nuevo escenario energético

Y algo de eso es lo que comienza a preverse en el caso de algunos cultivos, encabezados por la soja, que vuelven a revivir aquella antigua dicotomía: ¿energía o alimento?

Es que el gran conflicto político-económico derivado del petróleo y de algunos de los “dueños” de los combustibles fósiles tuvo —y tiene— un fuerte impacto con el reciente conflicto entre Irán e Israel, al que después se acopló EE.UU., y que dejó al desnudo la extrema debilidad que le impone al mundo el Cercano y Medio Oriente, al poder alterar el flujo de petróleo hacia una parte importante del planeta casi con el control de un pequeño estrecho, como es el de Ormuz.

Es cierto que las idas y vueltas del conflicto bélico significaron además grandes ganancias, no solo para los países petroleros de la región, sino también para aquellos que están fuera de ella, como Estados Unidos. Hay que recordar que el barril de petróleo, antes de marzo, estaba alrededor de los U$S 70 y llegó a superar los U$S 115 en el pico del enfrentamiento. Con el supuesto acuerdo volvió a bajar casi hasta los U$S 70 y ahora otra vez tiende a subir, ubicándose entre U$S 75 y U$S 78 por barril.

¿Pero a qué viene todo este análisis para un país periférico como la Argentina? En primer lugar, porque además de haber vuelto a ser exportador de energía tradicional, se trata de uno de los grandes productores de soja del mundo y de los pocos que, junto con Brasil, puede seguir creciendo en este rubro.

Y, como ya se sabe, preocupación por el clima mediante, los productos bio (insumos para el campo, combustibles, etc.), por más que el lobby petrolero intente seguir frenándolos, más temprano que tarde terminarán imponiéndose.

Y aquí surge un dato clave que pasó casi desapercibido para entidades y productores, aunque no para la industria y la exportación: el recientemente “demolido” ILUC (Indirect Land Use Change), o “cambio indirecto en el uso de la tierra”, que pretendía utilizar la Unión Europea imponiendo restricciones que podían dejar afuera de Europa al biodiésel argentino debido, según ellos, al “peligroso” cambio en el uso de la tierra que impondría esta alternativa para la soja local.

Aunque los productores no se enteraron, estuvo en riesgo un negocio con Europa de más de U$S 400 millones anuales que, por el momento, parece haberse alejado un poco.

Pero las negociaciones, que lleva adelante la Cancillería junto con las empresas aceiteras, continúan.

Biocombustibles, calidad y competencia global

Aunque tampoco el tema termina allí. En realidad, es apenas una de las aristas que ya se planteó en la estratégica reunión de Acsoja en Rosario días atrás. Allí, especialistas, funcionarios y empresas también terminaron de “blanquear” la cuestión de la calidad real de la oleaginosa en la Argentina que, como todos los restantes cultivos extensivos, dista de recibir las cantidades óptimas de fertilizantes para alcanzar su verdadero potencial productivo.

En realidad, el tema tiene dos impactos: el volumen y la calidad. Esto último está resultando muy claro con el “castigo” en el precio internacional que recibe el grano, ya que sus harinas (alimento) son menos proteicas.

El avance de los combustibles renovables está redefiniendo el valor de la oleaginosa y plantea interrogantes sobre el futuro equilibrio entre producción de alimentos y energía.

El avance de los combustibles renovables está redefiniendo el valor de la oleaginosa y plantea interrogantes sobre el futuro equilibrio entre producción de alimentos y energía.

Sin embargo, no ocurriría lo mismo con el biocombustible, ya que la soja local cuenta con cantidades de aminoácidos (aceite) muy similares a las de Estados Unidos.

La cuestión, junto con el crecimiento de la demanda de combustibles más “limpios”, ya forzó una diferenciación en los valores de los productos, dado que el aceite saltó de U$S 700-800 por tonelada a más de U$S 1.100, mientras que su producción creció fuertemente en Estados Unidos (HVO-biodiésel), al incrementar su capacidad de molienda en casi 10 millones de toneladas en apenas tres años, y también en Brasil (+20 % en igual lapso). Esto hace prever, además, enormes excedentes de harina como subproducto del destino energético de la oleaginosa, tal como se comentó en Acsoja.

¿Esto impondrá una separación de mercados (soja-alimento y soja-energía) o solo una clasificación y análisis más ajustados para saber qué se está vendiendo y a qué mercado va dirigido?

Argentina ante un mercado en transformación

Lo que quedó en claro es que “va a haber proteína (harina) de sobra debido a la energía”, coincidieron los especialistas.

Pero la Argentina está corriendo de atrás, ya que, si bien los rindes comparativos de producción serían relativamente fáciles de igualar (Argentina: 30-32 qq/ha; Estados Unidos: 34 qq/ha; Brasil: 36-37 qq/ha), en la última década perdió al menos cuatro millones de hectáreas de siembra y aún mantiene un diferencial negativo por las retenciones vigentes, que le restan impulso.

Esto determinó una capacidad ociosa estructural de la industria de entre el 35 % y el 50 % anual, según los períodos, al alejarla de los 70 millones de toneladas potenciales que se calculaban en los años 90 y de los 61 millones de toneladas del récord histórico (hoy en 51 millones de toneladas), situación que se fue atenuando con importaciones temporarias, especialmente de Paraguay, pero también de Brasil.

Entonces, si las perspectivas planteadas por los especialistas fueran ciertas, el principal producto de exportación de la soja argentina, la harina para nutrición animal, tendrá cada vez mayor competencia por los excedentes que generarán tanto Estados Unidos como Brasil, y los precios internacionales serán menores.

Esto, sin embargo, podría permitir aumentar fuertemente el consumo interno, al volverse más accesible, para abastecer la creciente demanda de balanceados destinados a la producción de distintas carnes (vacuna, porcina y aviar), leche, huevos y alimentos para mascotas.

Lo que no se puede olvidar es que, sea cual fuere el resultado inmediato del conflicto bélico entre Irán e Israel/EE.UU., y los “negocios” que aún se logran con los saltos en el precio del petróleo (incluso para la Argentina), el avance de los combustibles bio, especialmente para el transporte, ya no es reversible. Tampoco parece probable que las grandes potencias resignen la construcción de reservas estratégicas de energías más limpias sin depender tanto de la fragilidad que impone un Medio Oriente abastecedor de petróleo, pero hostil.

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