Chile identifica más de 125 genes que podrían revolucionar la uva de mesa
Investigadores de Chile, junto a expertos, descubrieron más de 125 genes relacionados con la compacidad del racimo en la uva de mesa.
En un esfuerzo por mejorar la competitividad de la industria de Chile de la uva de mesa, un equipo del Laboratorio de Biotecnología del Instituto de Investigaciones Agropecuarias (INIA) La Platina, en colaboración con investigadores nacionales e internacionales, ha logrado identificar más de 125 genes asociados a la compacidad de los racimos de vid. Este hallazgo, enmarcado en el proyecto Fondecyt 1221410 financiado por ANID, marca un antes y un después en el fitomejoramiento de esta importante fruta de exportación.
La compacidad del racimo —es decir, qué tan apretadas o sueltas se distribuyen las bayas— influye directamente en la susceptibilidad a enfermedades, en los costos de producción y en la calidad de la fruta. “Las variedades más compactas tienden a retener más humedad, lo que favorece el desarrollo de hongos, además de requerir mayores labores manuales para mejorar la ventilación y asegurar el tamaño óptimo de las bayas”, explicó Patricio Hinrichsen, investigador responsable del estudio.
Tecnología de punta para estudiar la uva
Para abordar este complejo rasgo, el equipo utilizó herramientas avanzadas como escaneo 3D y estudios de asociación genómica (GWAS). El escaneo tridimensional, desarrollado con el apoyo del Instituto Geilweilerhof de Alemania, permitió analizar con gran precisión parámetros como el tamaño de racimos y bayas, así como el número total de frutos por racimo. Esta tecnología no solo mejoró la exactitud de las mediciones, sino que también redujo drásticamente el tiempo necesario para obtener los datos.
En paralelo, se utilizaron más de 70.000 marcadores genéticos (SNPs) distribuidos en los 19 cromosomas de la vid, aplicados a una colección diversa de 116 variedades y líneas genéticas. Esta colección incluyó tanto variedades de mesa como de uso mixto y genotipos antiguos y nuevos del programa de mejoramiento de INIA, algunos provenientes del INRA francés.
Los estudios GWAS revelaron dos listas que en conjunto suman más de 125 genes candidatos vinculados a la compacidad del racimo. De estos, algunos parecen tener un papel central, como aquellos que codifican para enzimas relacionadas con la síntesis del ácido jasmónico, un regulador del crecimiento vegetal. “Un grupo particularmente interesante se ubicó en el cromosoma 18, donde varias variantes del gen Vv-OPR se asociaron con el número de bayas por racimo, un componente directamente ligado a la compacidad”, señaló Hinrichsen.
Hacia una selección genética más eficiente
Los investigadores están ahora enfocados en validar estos hallazgos mediante estudios de transcriptómica, es decir, el análisis del nivel de expresión de estos genes en variedades con racimos sueltos y compactos. También se trabaja en identificar qué marcadores genéticos muestran una alta correlación con el fenotipo deseado para ser utilizados en programas de selección temprana.
“Si logramos identificar y validar marcadores confiables, podremos seleccionar plantas más prometedoras desde sus primeras etapas, ahorrando tiempo, recursos y espacio en campo. También podremos descartar aquellas con características no deseadas, como bayas pequeñas o racimos excesivamente apretados”, añadió Hinrichsen.
Uno de los beneficios indirectos más prometedores es la posibilidad de reducir el uso de fungicidas. Racimos más sueltos permiten una mejor ventilación y menos acumulación de humedad, condiciones que dificultan el desarrollo de hongos fitopatógenos. Si bien esta hipótesis aún requiere validación en campo, representa una oportunidad importante para avanzar hacia una producción más sustentable.
Impacto a largo plazo y visión estratégica
A pesar del potencial transformador de estos descubrimientos, el camino hacia la comercialización de nuevas variedades es largo. “En especies leñosas como la vid, el desarrollo de una nueva variedad puede tomar entre 10 y 15 años. Sin embargo, con estas herramientas, el proceso puede ser más eficiente y enfocado”, destacó Hinrichsen.
El objetivo final es que Chile no solo exporte fruta, sino también conocimiento y genética de alto valor. “La industria de la uva de mesa chilena enfrenta desafíos importantes, pero también tiene la oportunidad de liderar el desarrollo de variedades propias, adaptadas al mercado global y a las condiciones productivas locales”, agregó el investigador.
Este proyecto forma parte de una estrategia nacional de innovación agrícola. Además del equipo de INIA La Platina —que incluye a Marco Meneses, Juan Pablo Iribarra, Carolina Araya y Erika Salazar—, participan investigadores de la Universidad de Concepción, la Pontificia Universidad Católica y el Instituto Geilweilerhof de Alemania.
En palabras de Hinrichsen: “La industria nacional está en un momento decisivo. Apostar por genética propia es una decisión de largo plazo, pero Chile ya ha demostrado que es posible. El mundo seguirá demandando uva de contraestación, y debemos apuntar a ofrecer fruta de calidad, diversa y sustentable”.
Un paso firme hacia la viticultura del futuro
Con este descubrimiento genético, Chile da un paso significativo en la comprensión de uno de los caracteres más relevantes para la producción de uva de mesa. La identificación de más de 125 genes asociados a la compacidad del racimo no solo abre la puerta a nuevas variedades más resistentes y eficientes, sino que posiciona a la ciencia nacional a la vanguardia del mejoramiento genético en fruticultura.
En un escenario global donde la competitividad y la sustentabilidad son claves, esta investigación representa una herramienta concreta para fortalecer la industria vitícola chilena y proyectarla hacia un futuro más resiliente y tecnológicamente avanzado.
Fuente: Entrevista de Portal Fruticola con Patricio Hinrichsen, investigador de INIA La Platina y aportes de la Redacción +P. Artículo científico completo disponible en: https://doi.org/10.3390/plants14091308
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