Drones

Drones en la fruticultura: la tecnología que revoluciona las chacras y jubila al tractor

Silenciosos, eficientes y cada vez más presentes: los drones cambiaron la forma de aplicar y marcan el futuro de la fruticultura patagónica.

Durante décadas, la escena fue siempre la misma en el Alto Valle y el Valle Medio de Río Negro y Neuquén: tractores avanzando lentamente entre hileras de perales y manzanos, grandes volúmenes de agua, suelos compactados, largas jornadas de trabajo y una dependencia absoluta del clima y de la disponibilidad de mano de obra. Sin estridencias, casi sin hacer ruido, una nueva tecnología comenzó a modificar ese paisaje productivo. Hoy, cada vez más chacras miran al cielo —o mejor dicho, a pocos metros del suelo— para encontrar una solución. Los drones agrícolas ya no son una promesa: son una realidad que llegó para quedarse.

Uno de los protagonistas de este cambio es Esteban Lagger, un emprendedor que no viene de la agronomía tradicional, pero que supo leer antes que muchos hacia dónde se movía el futuro. Con apenas 36 años, es fundador de AEREAL Patagonia, empresa pionera en la aplicación con drones en la región, prestador de servicios, vendedor oficial de drones agrícolas DJI y uno de los principales difusores de esta tecnología en el Valle.

“Mi nombre es Esteban Lagger, soy de Santa Fe”, se presenta con sencillez. Su recorrido profesional, a primera vista, poco tenía que ver con el agro patagónico: estudió en Entre Ríos, es contador público y licenciado en administración de empresas, y trabajó durante años en áreas de gerencia y finanzas en compañías de transporte y de alimentos, pasando por Entre Ríos, Buenos Aires y Santa Fe. Sin embargo, había una herencia que marcó el camino: su padre fue piloto de fumigación aérea durante gran parte de su vida.

“Yo lo acompañé muchas campañas, en Santa Fe, Entre Ríos, Chaco, Santiago del Estero…”, recuerda. Esa experiencia temprana, ligada a la aplicación aérea tradicional, quedó latente. Cuando decidió buscar un proyecto propio, los drones comenzaron a aparecer como una alternativa posible. Al principio, la idea era desarrollarlo en la zona agrícola extensiva del país. Pero una charla informal cambió el rumbo.

Fumigación - Drones en la fruticultura

Fue conversando con su cuñado, radicado en Neuquén, cuando Lagger detectó una oportunidad concreta. “Me contaba que no había gente que aplicara, que era complicado conseguir turno, que se rompían las máquinas, que el tractor… estaba renegando con todo”, relata. En el Valle, donde las chacras son más pequeñas, los cuadros están fragmentados y el riego condiciona el acceso, el dron dejaba de ser una curiosidad para transformarse en una solución real.

“En la zona extensiva competís con aviones y mosquitos; el dron es minúsculo al lado de eso. Acá iba a tener mucha más relevancia”, explica. En 2022 tomó la decisión: se mudó a la Patagonia y comenzó a operar en Río Negro y Neuquén. Hoy cuenta con cuatro drones agrícolas, un dron multiespectral y la representación oficial de DJI para la venta de equipos en el Valle.

Dos tecnologías, dos lógicas productivas

La comparación entre la aplicación tradicional y la aplicación con drones es inevitable. Para Lagger, la diferencia central está en el volumen. “La máquina tradicional es de alto caudal, alto volumen. El dron es ultra bajo volumen. Son dos enfoques totalmente distintos”, explica.

En términos de resultado, aclara que la calidad final puede ser similar. La diferencia aparece en la eficiencia, en los recursos y en el manejo del tiempo. “Con una máquina podés hacer una hectárea por hora. Con un dron, tres”, detalla. Además, el dron puede ingresar a la chacra aun cuando el suelo está húmedo por el riego, algo imposible para un tractor.

El impacto en el uso de recursos es notable: menos agua, menos combustible, menos compactación del suelo y menos dependencia de mano de obra. “Un tractor gasta alrededor de 8 litros de gasoil por hora para hacer una hectárea. Un dron consume unos 2 litros de nafta por hora para el generador que carga baterías, y en ese tiempo hace tres hectáreas”, compara. Pero el ahorro no es solo económico. También es ambiental y operativo. “Se utilizan mucho mejor todos los recursos”, resume.

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La tecnología aérea dejó de ser una rareza y empezó a reemplazar prácticas históricas en la fruticultura regional.

La tecnología aérea dejó de ser una rareza y empezó a reemplazar prácticas históricas en la fruticultura regional.

Si los beneficios son tan claros, la pregunta surge sola: ¿por qué no se adoptó antes? Lagger no duda en la respuesta: el mayor obstáculo fue cultural. “El dron es una tecnología disruptiva que rompe todos los esquemas de trabajo, incluso los que se enseñan en la universidad”, afirma.

No es una herramienta que se pueda delegar sin más. Requiere capacitación, conocimiento técnico y un cambio de mentalidad. “No se lo podés dar a cualquier tractorista”, explica. A eso se suma el miedo a lo nuevo. “Hace cuatro años era un bicho rarísimo. Nadie conocía los resultados”.

Durante las primeras dos temporadas, el camino fue cuesta arriba. “Fueron durísimas”, reconoce. Lagger recorrió kilómetros para aplicar media hectárea, sin rentabilidad. “No era negocio. La idea era mostrar que funcionaba”. La frase que más escuchaba se repetía como un mantra: ‘Yo vengo haciendo esto así y me da resultado, ¿por qué cambiar?’. Hoy, esa resistencia es menor. El dron dejó de ser una rareza y empezó a convertirse en una herramienta más del sistema productivo.

La ciencia detrás de la gota

Uno de los grandes cuestionamientos iniciales fue la cobertura. Desde el suelo, la aplicación tradicional “moja” y genera una sensación visual de uniformidad. El dron, en cambio, aplica desde arriba con gotas mucho más pequeñas. ¿Llega realmente a toda la planta?

Lagger responde con datos y respaldo técnico. Trabaja junto a ingenieros agrónomos como Leandro Pisano y Enrique Calzona, y apoya sus argumentos en estudios de laboratorio. “Cuando analizás el tamaño de gota de una máquina, hay una enormidad de tamaños distintos. En el dron, el patrón es mucho más parejo”, explica.

Además, cada microgota del dron está altamente concentrada: hasta un 3500% más que una gota tradicional. Eso explica su eficacia con menor volumen. La clave está en la parametrización: altura, velocidad, ancho de trabajo y tamaño de gota se ajustan según el producto. “No es lo mismo aplicar un foliar que un insecticida”, aclara.

Fumigación en la fruticultura

Otro diferencial es el horario de trabajo. Gran parte de las aplicaciones se realizan de noche. No por comodidad, sino por condiciones físicas y biológicas. “Buscamos tres variables: viento, temperatura y humedad”, explica Lagger.

Durante la noche, el viento suele disminuir, la temperatura baja y la humedad relativa aumenta. Esa humedad es clave para la vida media de la gota. “Con 10% de humedad, una gota puede durar dos segundos. Con 40%, seis segundos”, ejemplifica. Ese tiempo extra permite que la gota llegue al objetivo. En una noche favorable, con poco viento, un solo dron puede cubrir entre 25 y 30 hectáreas. El trabajo comienza muchas veces por la tarde y se extiende hasta la madrugada.

Costos, equipos y decisiones

El costo del servicio ronda los 45 dólares por hectárea, muy similar al de una aplicación tradicional tercerizada. La diferencia aparece en la productividad, el control y la trazabilidad. “Con el dron tenés registro exacto de cada vuelo: cuándo, cómo, a qué altura y con qué caudal se aplicó”, aseguró.

Para quienes evalúan comprar un equipo, la inversión depende del tipo de chacra. Los drones más utilizados son el DJI T100, con 100 litros de capacidad, y el T50, de 40 litros. El primero cuesta alrededor de 45.000 dólares más IVA; el segundo, ya discontinuado, ronda los 22.000 dólares al contado.

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Silenciosos, eficientes y cada vez más presentes: los drones cambiaron la forma de aplicar y marcan el futuro de la fruticultura patagónica.

Silenciosos, eficientes y cada vez más presentes: los drones cambiaron la forma de aplicar y marcan el futuro de la fruticultura patagónica.

“En el Valle no siempre conviene el dron más grande”, aclara. En chacras con cuadros pequeños y calles angostas, la maniobrabilidad es clave. “Yo despego en lugares donde al dron le sobran 50 centímetros de cada lado”. Muchos productores, aun así, prefieren tercerizar. “Entre la cosecha, el riego y los problemas diarios, es un tema menos en la cabeza”, resume.

Una tecnología que ya no vuelve atrás

Antes de apostar de lleno, viajó a Chile. Allí, los drones agrícolas llevaban años en funcionamiento. “Ya lo estaban haciendo. No era ninguna novedad”, cuenta. Esa experiencia le dio la certeza de que el sistema funcionaba.

Desde entonces, su compromiso fue también difundir. Visitó facultades, escuelas técnicas y cámaras de productores, sin cobrar. “Es un salto tecnológico para el Valle. Nos pone a tono con el mundo”, afirma.

Hoy, el boom es evidente. Cada vez hay más prestadores, más equipos y más conocimiento. Para Lagger, eso es una buena noticia. “Cuantos más seamos, mejor. Vamos a aprender más rápido”.

La aplicación con drones dejó de ser una curiosidad futurista. En el Valle de Río Negro y Neuquén, ya es presente. Y todo indica que, lejos de ser una moda pasajera, es una tecnología que llegó para quedarse, volando bajo, gota a gota, sobre el futuro de la fruticultura patagónica.

Fuente: Redacción +P.

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