Cultivos

Los cultivos que podrían cambiar el perfil productivo del sur bonaerense

Como la Toscana: buscan desarrollar una cuenca de 7.000 hectáreas de cultivos de almendros y olivos al este de la Ruta 3.

Mariano Winograd, que se define como un “fruver”, conoce la frutihorticultura de punta a punta de la cadena: es ingeniero agrónomo, preside la filial argentina de la organización 5 al Día —dedicada a fomentar el consumo vegetal—, es fundador del grupo de pensamiento sobre lo productivo Antropoceno, concurre a diario al Mercado Central de Buenos Aires y es dueño de la verdulería Supera, en el barrio porteño de Villa Urquiza. Pero, sobre todo, es una usina incansable de ideas, vínculos y proyectos ligados a estos temas. Uno de ellos, surgido tras un reciente seminario regional en Bahía Blanca, es el de crear un clúster o cuenca olivarera-almendrera sobre el litoral atlántico, aprovechando tanto sus condiciones climáticas como tecnológicas, así como el momento actual, donde los dólares buscan salir del colchón y bien pueden canalizarse en actividades productivas.

—¿Cómo surge la idea de producir almendros y olivos en el sudeste bonaerense?

—Con un grupo de agrónomos hace varios años venimos buscando alternativas para la zona de Concordia, Entre Ríos, que tuvo un pasado vitivinícola, olivícola, citrícola (el que más conocemos) y arandanero. Hoy hay una superficie importante de arandaneras ociosas, que suelen estar equipadas y tener riego, y una alternativa que exploramos fue el almendro. ¿Por qué? Porque el almendro finalmente es una rosácea, un Prunus, más o menos similar a la ciruela y el durazno.

—¿La almendra se adapta a lugares húmedos como Entre Ríos?

—Uno la asocia a climas secos, pero había un antecedente, el de Douglas Tompkins, que había hecho almendra en la provincia, en Santa Elena. Ese proyecto nunca logró éxito, pero porque él pretendía que fuera una producción orgánica y no pudo con las hormigas. Nosotros sabíamos que la genética de almendras la teníamos que traer de Chile, donde estaba presente la catalana Agromillora, una empresa de genética frutícola focalizada en almendros y olivos de bajo porte, conducidos en seto, para huertos peatonales y esencialmente mecanizables, y formada con recursos técnicos que en algún momento habían sido parte del sistema público. Pero aquí todavía estaba el gobierno kirchnerista, y apenas empezamos a explorar la posibilidad de traer plantas, desertamos. De todos modos, conocimos al equipo de esta empresa instalada en Chile y Brasil, que es realmente líder en la búsqueda de soluciones genéticas para los cultivos de olivo y almendro.

—¿Por qué esa empresa se enfocó en olivo y almendro?

—Los dos estaban un poco destinados a desaparecer de Europa, porque eran cultivos que venían del Imperio Romano. En Europa, en general, y en particular en España, que es el principal productor, se manejaban con culturas campesinas muy tradicionales, muy pocas plantas por hectárea, muy baja productividad, mucho subsidio; mientras, aparecían a cada momento Egipto, Turquía, Marruecos, países que competían. Agromillora se propuso recuperar competitividad en Europa con huertos de alta densidad, distancias de 4 x 2 y 3 x 2 metros, o sea, 2.000 y 3.000 plantas por hectárea; con manejo mecánico desde la plantación hasta la cosecha, incluyendo la poda y el raleo, y manejo en seto: una planta que tiene 2 metros de alto por 1 metro de ancho, en la que todo se hace a pie, sin necesidad de escaleras.

—¿Implica una inversión inicial mucho mayor que el cultivo tradicional?

—Sí, no es lo mismo poner 200 plantas en una hectárea que 2.000. Pero este tipo de plantas entra en producción mucho más rápido, así que, aunque requiere una inversión inicial mucho mayor, también da un flujo de caja muy superior a lo largo de los primeros 10 o 15 años, que, a esta altura, es lo único que interesa. Hoy no tiene sentido hacer una fruticultura para 50 años, como se hacía antes, porque no podés prever nada: ni el clima, ni los mercados, ni los impactos de los cambios migratorios, ni de los robots, ni de los trenes supersónicos, ni de nada.

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Almendras, un producto que tiene un alta demanda en los mercados internacionales.

Almendras, un producto que tiene un alta demanda en los mercados internacionales.

—¿Y cómo surge la idea de desarrollar estos cultivos en el país?

—Me llamaron para decirme que el principal asesor de los almendreros de Chile quería venir a la Argentina. Yo había organizado un chat de almendreros cuando empecé en la búsqueda de almendra en zona húmeda, del cual el 99 % de los participantes eran de almendra en zona seca: Oeste y Patagonia. Nos pusimos a buscar una provincia para hacer un seminario almendrero, llegamos al gobernador de Catamarca, conseguimos el recurso, lo trajimos al experto Jorge Ovalle e hicimos el seminario el otoño pasado, con mucha presencia. Concluyó en el intento de buscar un terreno para iniciar una primera quinta con plantas de almendro traídas desde Chile, en algún lugar que seguramente iba a ser Catamarca, La Rioja, San Juan, San Luis o Cuyo. Pero luego quedó un poquito dormido. Hasta que, desde Chile, Jorge Ovalle nos dijo que, por el conflicto con Lula, Trump le estaba aplicando aranceles a la almendra y los brasileños se habían ido a comprar toda la almendra de Chile, en vez de comprarla en Estados Unidos.

—Brasil autorizó la importación de almendras argentinas a mediados de 2024.

—Sí, y tiene un sector con un consumo de tipo europeo, es un país muy grande y no produce almendras. Cuando el año pasado se volcaron a Chile, el precio de la almendra subió, y Ovalle nos advirtió que cuidáramos la floración aquí porque iba a haber un buen precio. Después vinieron las heladas, que fueron fuertes en la Argentina y también en Chile, o sea que, a la demanda de Brasil, se iba a sumar la falta de oferta por las heladas. Y entonces verificamos que había una quinta en Henderson, Buenos Aires, que no había sufrido la helada, de Mariano Pereyra Iraola. Fue ahí que empezamos a retomar la idea de hacer almendras en el litoral, en donde sabíamos por otros cultivos que la influencia marina atenúa las heladas.

Viaje a la Patagonia

—¿Y los olivos?

—En un viaje a la Patagonia, a la zona de Sierra Grande (Río Negro), me había encontrado con un olivar en San Antonio Este, que es un vergel. Está ubicado en la costa: riegan con el agua de un acueducto, y como está en una barranca que da al mar, cuando la marea baja se calienta mucho el fondo de la ría, que es blanco, y cuando sube, el agua se calienta con el fondo de la ría. Entonces, es un lugar súper reparado. Y al estar en una latitud tan austral hay alternancia de temperaturas entre día y noche, y entre invierno y verano, y el aceite es de excelentísima calidad. Por otro lado, hay olivares históricos en la Patagonia, por ejemplo, en las localidades rionegrinas de Valcheta, Jacobacci y Ramos Mexía, así como en la chubutense Camarones. Allí hay problemas de agua, hay problemas de frío, pero nadie niega que el aceite es de muy buena calidad.

—¿Comentó que Juan Duarte, el hermano de Evita, plantó olivares también?

—Efectivamente, a unos pocos kilómetros de Bahía Blanca, en Dorrego, sobre la mismísima Ruta 3, había un proyecto olivarero que inició Juan Duarte. Y hubo en Cruz del Eje, en Lincoln, en Roberts. Evidentemente, alguien conversó con Perón sobre que la Argentina podía producir oliva porque los montes de Europa estaban devastados. En Dorrego hay unas plantas todavía. Es interesantísimo: cuando recorrés la Ruta 3 a Bahía Blanca, de pronto te encontrás con la Toscana. Además de los olivares de Duarte, hay varios de alta densidad.

—¿Por eso hicieron el primer encuentro regional sobre estos cultivos en Bahía Blanca?

—Sí, nos decidimos por Bahía Blanca, nos ayudaron varias personas clave y se alinearon los planetas: la Universidad Nacional del Sur, el INTA de Ascasubi, la Bolsa de Cereales de Bahía Blanca, la Secretaría de Agricultura, y el seminario fue un éxito. Teníamos 120 inscriptos, vinieron personas desde Chubut hasta Catamarca. Ahora dejamos instalado el comité para el segundo seminario, empecé a proponer un viaje a Chile y ya hay interesados. Pero creo que hay que dar un paso más importante.

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Los participantes del primer encuentro regional de olivos y almendros en una visita el campo.

Los participantes del primer encuentro regional de olivos y almendros en una visita el campo.

—¿Cuál sería ese paso?

—En esa zona es posible hacer 7.000 hectáreas de olivos y almendros, o más. Y es algo que puede manejar alguien que hoy produce trigo y tiene vacas, porque estos cultivos son compatibles con la cultura fierrera de máquinas que tiene el chacarero argentino. El desafío es juntar las voluntades. Olivos y almendros van bastante de la mano, inclusive con el trigo: forman un escenario agrícola de tipo mediterráneo, o piamontés, o toscano. Por otro lado, hay ventajas en que la empresa de genética es la misma para ambos cultivos y la tenemos. También tenemos a Vinomatos, la plantadora mecanizada portuguesa, ya que se apunta a la mecanización. Y comparten las pulverizaciones, la orientación de los surcos, el riego si hubiera que regar, los agrónomos, la logística, el conocimiento… Son cultivos bastante hermanados.

—¿Entre qué latitudes se podría extender?

—Hasta San Antonio Este, sin duda. O sea que podría plantearse en todos los municipios costeros del sudeste, que van quizás desde Necochea hasta Bahía Blanca; los dos municipios patagónicos, que son Patagones y Villarino; toda la costa de Río Negro hasta Sierra Grande; y hasta en Chubut hay gente haciéndolo, en el río Chubut, que arranca en Rawson y se adentra por el territorio.

—¿No es mucho 7.000 hectáreas?

—Como dijo Martin Luther King, “I had a dream” (Yo tuve un sueño). Es un sueño de pioneros, como quizás el de los bóer y portugueses que iniciaron la agricultura en Comodoro Rivadavia, o los galeses en Trelew, Gaiman, Dolavon y otros. Recorriendo la Ruta 3, de pronto abrí los ojos y creí que estaba en la Toscana; eso es más hermoso que el monte de los olivos en Jerusalén. Muchos de los balnearios cercanos a Bahía Blanca comparten la característica de que tienen playas con mares calientes: Reta, Monte Hermoso, Pehuencó; incluso, al igual que en Punta del Este, el sol se pone en el mar, cosa que en general no ocurre en la Argentina. Y todas esas tierras son aptas para almendros y olivos. En este momento de la Argentina mileísta, la gente empieza a sacar los dólares del colchón para meterlos en proyectos productivos. Supongamos que la inversión necesaria para desarrollar esa cuenca son 200 millones de dólares. ¿Por qué no un RIGI agrario para Bahía Blanca, una ciudad que tuvo una inundación y la pérdida de la planta gasificadora?

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