Menos plantas, menos fruta: radiografía de una industria en retroceso
La producción de peras y manzanas cayó casi a la mitad, hay menos industrias procesadoras: el diagnóstico de un sector en crisis.
En un contexto económico atravesado por tensiones cambiarias, reformas que avanzan a un ritmo desigual y una creciente apertura al comercio internacional, la industria argentina vuelve a enfrentarse a dilemas estructurales que arrastra desde hace décadas. Sin embargo, esta vez el escenario incorpora nuevas variables: un mundo más incierto, cadenas globales en transformación y una economía local que intenta reconfigurarse sin un manual claro.
En ese marco, la mirada de quienes producen, invierten y exportan resulta fundamental para entender qué ocurre más allá de los diagnósticos macroeconómicos. Hugo Durazzi, director de la firma de jugos concentrados Natural Juice, junto a su hijo Mariano —quien participa activamente en la gestión de la empresa—, ofrece una lectura directa, sin concesiones, sobre el presente y el futuro del sector.
Con décadas de experiencia en la actividad frutícola e industrial, Durazzi combina memoria histórica con análisis del presente. Su conclusión inicial es tan simple como contundente: “Es el mismo problema que tienen todas las industrias nacionales”. Pero detrás de esa frase hay una trama compleja que involucra costos, tipo de cambio, productividad, política y, sobre todo, tiempos.
Para Durazzi, el principal problema de la economía argentina no es la dirección de las reformas, sino su velocidad. O, más precisamente, la falta de sincronía entre las decisiones del Estado y las variables que determinan la rentabilidad de las empresas. “No van a la misma velocidad las medidas positivas, como puede ser una reforma laboral, con todo lo demás que se necesita acomodar”, explica. Ese “todo lo demás” incluye aspectos centrales como el tipo de cambio, la presión impositiva, los costos logísticos y energéticos, y la estructura general del llamado “costo argentino”.
El empresario advierte que muchas de estas variables no pueden corregirse de manera inmediata, ni siquiera con voluntad política. “Hay cosas que no se pueden acomodar ni siquiera con un pedido presidencial. Entonces ese desfasaje en algún momento explota”, señala. Ese desajuste ya empieza a manifestarse. “Las empresas se están resintiendo”, afirma, y aclara que no se trata de un problema sectorial, sino transversal a toda la industria. En ese sentido, el diagnóstico remite a una constante de la economía argentina: procesos de ajuste incompletos que terminan generando nuevas distorsiones.
La industria como variable de ajuste
Dentro de ese esquema, la industria del jugo concentrado ocupa un lugar particularmente delicado. Su dependencia de la materia prima —la fruta— y su inserción en mercados internacionales la convierten en un eslabón intermedio con escaso margen de maniobra. “Nosotros ajustamos en función de lo que da la fruta. Es lamentable, pero es lo único que podemos hacer”, explica Durazzi. La frase resume una lógica implacable: cuando los números no cierran, el ajuste se traslada hacia atrás en la cadena, impactando directamente en el productor.
A diferencia de la industria, el productor tiene opciones, aunque muchas veces sean extremas: dejar de cosechar, abandonar la chacra o reconvertir su actividad. “Nosotros no podemos hacer eso. Lo único que podemos decir es: esto es lo que podemos pagar”, afirma.
El problema se agrava en un contexto donde el tipo de cambio no acompaña la estructura de costos. Aunque los precios internacionales puedan ser razonables, el ingreso en pesos no siempre alcanza para cubrir los gastos locales. “Termina siendo que para la fruta te queda un valor que no es el que debería ser”, explica. Las consecuencias ya son visibles. “Hay productores que directamente dicen que no van a levantar la fruta”, relata. Más allá del impacto económico inmediato, esta decisión tiene efectos sanitarios que comprometen la producción futura, generando un círculo vicioso difícil de revertir.
El peso de la historia
Lejos de considerar la situación actual como excepcional, Durazzi la inscribe en una larga serie de crisis cíclicas. “Hemos pasado muchos años así”, dice, y recuerda especialmente los años noventa, cuando la industria enfrentó una pérdida sostenida de competitividad. “Era una guerra entre la eficiencia y el tipo de cambio. Y la eficiencia terminó perdiendo”, resume. Durante ese período, las empresas invirtieron en tecnología, mejoraron procesos y aumentaron productividad, pero aun así no lograban generar rentabilidad.
Ese fenómeno, conocido como “costo argentino”, sigue vigente. “Podés mejorar todo lo que quieras, pero si los costos estructurales no bajan, no hay rentabilidad”, sostiene. Aunque reconoce diferencias con el presente, Durazzi encuentra similitudes preocupantes. “Yo creo que sí, que hay una similitud”, afirma. La principal diferencia radica en el marco conceptual: hoy existe una mayor aceptación de la apertura económica como horizonte, algo que no siempre ocurrió en el pasado.
Natural Juice exporta la totalidad de su producción, lo que la ubica en una posición distinta a la de muchas industrias orientadas al mercado interno. Sin embargo, esa inserción internacional no alcanza para neutralizar los problemas estructurales del país. “El principal costo es la materia prima, que representa alrededor del 60%”, detalla Durazzi. A eso se suman energía, logística, impuestos y costos financieros, que completan una estructura difícil de sostener.
La volatilidad internacional agrega otra capa de complejidad. “Estamos hablando de variaciones muy grandes en los precios del jugo. Si fuera algo gradual, uno se adapta. Pero estos saltos son un disparate”, explica. Esa incertidumbre dificulta la planificación y obliga a las empresas a operar con márgenes cada vez más ajustados. “Invertís, mejorás productividad, pero no generás rentabilidad”, resume.
El problema de origen: menos fruta
Si hay un factor que explica buena parte de la crisis del sector, ese es la caída en la producción primaria en el Alto Valle. Según Durazzi, la región pasó de producir más de 2 millones de toneladas de peras y manzanas en sus mejores años a poco más de 1,1 millones en la actualidad.
La reducción no solo implica menos materia prima, sino también una pérdida de escala que afecta a toda la cadena. “Cuando tenés menos fruta, todo el sistema se achica”, explica. Ese proceso tuvo un impacto directo en la estructura industrial. De las 12 o 13 plantas que operaban décadas atrás, hoy quedan apenas cuatro, y solo dos concentran la mayor parte del volumen. La concentración responde tanto a la necesidad de eficiencia como a la imposibilidad de sostener operaciones con menor oferta.
Pero el problema no es solo la cantidad. La calidad también juega un rol clave. Históricamente, el Alto Valle ha tenido altos niveles de descarte, es decir, fruta que no cumple con los estándares del mercado fresco y se destina a industria. Paradójicamente, una mejora en la calidad de lo producido en las chacras podría generar un nuevo problema: menos fruta disponible para procesamiento. “Es un dilema estructural”, admite Durazzi. Mejorar la rentabilidad del productor puede, al mismo tiempo, reducir la base de la industria.
La transformación del sector también se refleja en la forma de producir. La cosecha, que antes se extendía en el tiempo, hoy se concentra en períodos más cortos para optimizar la calidad. Esto genera picos de procesamiento que exigen mayor capacidad instalada. Las empresas que lograron sobrevivir lo hicieron a partir de fuertes inversiones en tecnología y eficiencia. Sin embargo, ese proceso elevó las barreras de entrada y redujo la diversidad de actores. “La modernización fue necesaria, pero también dejó a muchos en el camino”, reconoce Durazzi.
Un mercado interno en crecimiento, pero limitado
Aunque la exportación sigue siendo el principal destino, el mercado interno ha ganado peso en los últimos años. Se estima que alrededor del 20% de la producción se consume localmente, impulsado por cambios en los hábitos de consumo y el crecimiento de la industria de bebidas. Sin embargo, el rol de las empresas de concentrado de la región es indirecto. No elaboran productos finales, sino que proveen insumos a otras industrias. Esto las ubica en una posición intermedia, con menor capacidad de capturar valor.
Uno de los aspectos más llamativos del sector es la falta de institucionalidad. La cámara que nucleaba a las empresas dejó de funcionar hace años, en parte por conflictos internos y competencia entre actores. La ausencia de un espacio común tiene consecuencias concretas: falta de estadísticas confiables, dificultades para coordinar estrategias y menor capacidad de diálogo con el Estado. “Hoy cada uno se arregla como puede”, sintetiza Durazzi.
El comercio internacional también cambió. Antes, los envíos se realizaban en grandes volúmenes mediante barcos completos. Hoy, la incertidumbre obliga a fragmentar las operaciones en contenedores. Este cambio implica mayores costos y complejidad operativa. A eso se suman las fluctuaciones en los fletes y las disrupciones en las cadenas globales, que se volvieron frecuentes en los últimos años. El componente financiero también pesa más. “Tenés que financiar stock por más tiempo y no sabés cuándo vas a vender”, explica.
Precios y expectativas
El comportamiento de los precios refleja esa incertidumbre. Tras un período de subas en 2024, impulsado por restricciones en la oferta, los valores comenzaron a ajustarse. Actualmente, se ubican en torno a los 10 dólares por unidad de referencia en el mercado estadounidense, aunque con variaciones significativas. Los compradores adoptan estrategias conservadoras, esperando definiciones antes de comprometer grandes volúmenes.
Uno de los puntos más complejos del análisis de Durazzi tiene que ver con la relación entre la política económica local y el contexto global. Mientras Argentina avanza hacia una mayor apertura, muchas economías desarrolladas adoptan medidas proteccionistas. “Hoy estamos con una economía abierta en un mundo que no es ideal para eso”, reflexiona. Y menciona el caso de Estados Unidos como ejemplo de esa contradicción. “Si hay alguien que está cerrando su economía es Trump”, afirma, señalando la distancia entre el discurso liberal y las políticas concretas. La síntesis es clara: “Nos abrimos en un mundo cerrado”. Y la pregunta queda abierta: ¿es sostenible esa estrategia?
Más allá de lo económico, Durazzi introduce una variable clave: el tiempo político. Las reformas estructurales requieren años, pero la sociedad suele demandar resultados inmediatos. “Este gobierno milagros no puede hacer”, afirma. Y advierte que el proceso implicará costos y malestar. “Eso probablemente se traduzca en pérdida de elecciones”.
Sin embargo, deja una puerta abierta: la posibilidad de que la sociedad comprenda la necesidad del cambio. “Si se entiende que es un esfuerzo que vale la pena, tal vez se pueda sostener en el tiempo”, plantea.
Entre la crisis y la oportunidad
La industria del jugo concentrado atraviesa, según Durazzi, uno de los momentos más complejos de su historia reciente. Pero también enfrenta oportunidades en un mundo en transformación, donde los conflictos comerciales reconfiguran las ventajas comparativas. Argentina podría beneficiarse de ese nuevo escenario, pero para hacerlo necesita resolver sus problemas estructurales: costos, escala, institucionalidad y previsibilidad.
El futuro del sector dependerá de cómo se gestionen esas tensiones. Entre la producción y la industria, entre lo local y lo global, entre la competencia y la cooperación. En definitiva, como tantas veces en la historia argentina, la clave estará en encontrar un equilibrio. Un equilibrio difícil, inestable, pero imprescindible para que la fruta del Alto Valle siga teniendo un lugar en el mundo.
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