Vino

Vino sin alcohol: qué es, cómo se produce y por qué crece su consumo en el mundo

¿Puede existir el vino sin alcohol? La industria vitivinícola enfrenta un desafío tecnológico y cultural que está redefiniendo la bebida más antigua del mundo.

El cambio climático presiona desde un frente y los nuevos hábitos de consumo lo hacen desde el otro. La industria vitivinícola se encuentra ante una transformación que ya no puede ignorar: la demanda de vinos desalcoholizados o con baja graduación alcohólica crece sostenidamente, impulsada por consumidores más jóvenes, más informados y más exigentes con lo que eligen beber.

De acuerdo a un informe del Observatorio Vitivinicola Argentino (OVA), el calentamiento global elevó la concentración de azúcares en las uvas, lo que se traduce directamente en mayor graduación alcohólica en los vinos resultantes. En casos extremos, ese desequilibrio arruina el perfil sensorial del producto.

Al mismo tiempo, el mercado envía señales claras: una parte significativa de los consumidores busca alternativas que les permitan sostener el ritual social del vino sin los efectos del alcohol.

¿Un vino sin alcohol sigue siendo vino?

La pregunta no es menor y tiene respuesta normativa. Según el Artículo 1093 del Código Alimentario Argentino (CAA), el vino es "lo obtenido por la fermentación alcohólica de la uva fresca y madura o del mosto de la uva fresca, elaborados dentro de la misma zona de producción". La misma norma establece que su contenido alcohólico no puede ser inferior a 8,5% vol.

Bajo ese criterio estricto, el vino desalcoholizado no es técnicamente vino: es una elaboración donde el mosto fue fermentado de forma convencional y el alcohol fue retirado con posterioridad.

La Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV) lo define como una bebida obtenida exclusivamente a partir de vino, sometida a procesos específicos de desalcoholización, con un grado alcohólico volumétrico inferior a 0,5%.

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El cambio climático elevó la graduación alcohólica de los vinos y aceleró la búsqueda de alternativas.

El cambio climático elevó la graduación alcohólica de los vinos y aceleró la búsqueda de alternativas.

Las técnicas que hacen posible quitar el alcohol

La industria desarrolló distintos caminos para extraer el etanol sin destruir —o al menos sin destruir por completo— las propiedades aromáticas y gustativas del vino.

Manejo del viñedo: La primera intervención ocurre antes de la bodega. Anticipar la fecha de cosecha reduce la concentración de azúcares en la uva y, en consecuencia, disminuye la graduación alcohólica final. En viñedos de poco vigor, con bayas de menor tamaño pero mayor concentración fenólica, es posible cosechar con menos madurez y conservar la calidad. El raleo, en cambio, resulta contraproducente para este objetivo: acelera la maduración y tiende a incrementar el alcohol.

Ósmosis inversa: Es el método más difundido en la industria. Aplica presión sobre la solución más concentrada para forzar el paso del solvente a través de una membrana selectiva, permeable al agua y al alcohol, pero no al resto de los compuestos disueltos. El proceso separa los componentes del vino, elimina el etanol y los recompone. Su principal ventaja es que evita el calentamiento del vino, preservando mejor su perfil.

Destilación osmótica: Utiliza una membrana hidrófoba de diseño cilíndrico. El vino circula por el exterior y el agua a contracorriente por el interior. Como la membrana repele el agua pero permite el paso de sustancias volátiles, el alcohol migra hacia la corriente acuosa. Es una tecnología innovadora con resultados prometedores para la desalcoholización parcial.

Columna de conos rotatorios: Centrifuga el vino separándolo en capas líquidas, mientras un vapor frío desplaza las sustancias volátiles, incluido el alcohol. El método es eficaz pero consume mucha energía, lo que representa un factor relevante en su costo operativo.

Liofilización: El vino se congela y se introduce en una cámara de presión donde parte del agua y el alcohol se eliminan por sublimación, es decir, por el paso directo del estado sólido al gaseoso. La técnica es costosa, lenta, y el producto resultante mostró menor intensidad aromática, además de una reducción notable de acidez, glicerina, butanodiol y ciertos fenoles.

Stripping a vacío: Desalcoholización total o parcial realizada a bajas temperaturas y suave vacío. Un sistema programado controla el proceso y permite recuperar los aromas para reintroducirlos al vino desalcoholizado. La premisa es clara: a menor temperatura, menor pérdida de gusto y aroma.

Todos estos métodos generan cambios en las propiedades organolépticas del vino. Incluso los procesos de membrana alteran la composición más allá de la simple extracción de alcohol, razón por la cual el sabor y el aroma del producto final siempre difieren del original.

El consumidor que empuja el cambio

Los datos del mercado respaldan la tendencia. El 37% de los jóvenes de entre 18 y 24 años declara estar "a menudo influenciado" por el impacto del producto en su salud y bienestar al momento de elegir una bebida alcohólica. En el rango de 25 a 34 años, el 34% de los consumidores afirma que esa misma consideración los influye "siempre".

Ese consumidor no quiere resignar la experiencia social ni la calidad sensorial: exige alternativas que repliquen lo mejor posible las características del vino tradicional, sin alcohol o con el mínimo posible.

La vitivinicultura tiene ante sí un desafío técnico genuino. Las herramientas existen. La demanda también. Lo que resta es afinar los procesos para que el vino sin alcohol deje de ser una concesión y se convierta en una propuesta de valor por derecho propio.

FUENTE: Observatorio Vitivinícola Argentino con aportes de Redacción +P

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