Nueces

Producción de nueces en la Patagonia: el desafío en el corazón del desierto neuquino

La producción de nueces se convirtió en una alternativa en una zona históricamente relegada por la falta de agua y fuertes vientos.

La entrevista a Raúl Cuello no es simplemente el relato técnico de una explotación agrícola. Es, en esencia, una radiografía del esfuerzo silencioso que implica producir alimentos en uno de los territorios más hostiles del país, donde el desierto, el viento y la incertidumbre hídrica no son metáforas, sino condiciones cotidianas. Picún Leufú, en el centro de la provincia de Neuquén, condensa muchas de las tensiones estructurales de la producción agroindustrial patagónica: clima adverso, dependencia absoluta del agua, altos costos energéticos, distancias, decisiones políticas que impactan en lo productivo y, aun así, una vocación de persistir.

En ese contexto, Patagonia Nogales emerge como una experiencia singular. No solo por su escala —120 hectáreas de nogal, la más grande de Neuquén— sino porque se desarrolla en una zona semiárida, ventosa, lejos de los grandes oasis productivos tradicionales, donde cada kilo producido es el resultado de una suma de decisiones técnicas, inversiones y, sobre todo, de una gestión diaria que busca reducir riesgos en un ambiente que no perdona errores.

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Si hay un concepto que atraviesa toda la entrevista con el encargado del emprendimiento es el del agua como bien crítico, escaso y vulnerable. En Picún Leufú no hay margen para el desperdicio ni para la improvisación. El sistema productivo depende casi exclusivamente del canal La Picasita, que toma agua del río Limay a más de 60 kilómetros y abastece a todo el valle.

Aquí aparece uno de los nudos estructurales más profundos del análisis: el problema no es solo natural, sino institucional. Cuello lo dice sin rodeos: el agua existe, pero su gestión depende de organismos donde predominan decisiones políticas por sobre criterios técnicos. La falta de mantenimiento del canal y de los desagües no es un fenómeno excepcional, sino una constante que condiciona el día a día productivo.

Picun Leufu -Patagonia Nogales (26)
La mayor chacra noguera de Neuquén se desarrolla en un ambiente desértico donde el riego, el clima y la gestión del agua definen cada campaña.

La mayor chacra noguera de Neuquén se desarrolla en un ambiente desértico donde el riego, el clima y la gestión del agua definen cada campaña.

El hecho de que hayan pasado siete años hasta que se limpiara un desagüe clave que cruza la chacra es revelador. No se trata de una anécdota, sino de un síntoma: en territorios periféricos, productivos pero alejados de los centros de poder, la infraestructura hídrica se vuelve frágil y dependiente de gestiones personales, más que de políticas públicas sostenidas.

Cuando el canal se corta —algo habitual hacia fines de junio— la producción entra en una zona de riesgo. El empaque, que requiere grandes volúmenes de agua, debe abastecerse de la red municipal, con costos elevados y una capacidad limitada. El tanque australiano, una solución clásica en zonas rurales, apenas alcanza para sostener la actividad durante pocos días. Este escenario deja en evidencia que producir en el desierto no es solo plantar y cosechar, sino administrar permanentemente la escasez.

El desierto patagónico como escenario productivo

A diferencia de otras regiones nogaleras del país, Picún Leufú no cuenta con suelos naturalmente fértiles ni con un clima benigno. La producción se desarrolla sobre suelos pobres, con amplitudes térmicas marcadas, heladas tardías y, sobre todo, un viento constante que atraviesa toda la planificación productiva. El viento en la Patagonia no es un fenómeno ocasional, sino una condición estructural. Afecta el crecimiento vegetativo, la sanidad, la polinización y, especialmente, las aplicaciones foliares.

El relato de Cuello organizando pulverizaciones de madrugada, entre las dos y las ocho de la mañana, muestra hasta qué punto el clima obliga a adaptar la lógica del trabajo agrícola. Aquí no se trabaja cuando es más cómodo, sino cuando el ambiente lo permite.

Este punto es clave para entender el esfuerzo humano detrás del proyecto. Producir en estas condiciones implica horarios atípicos, planificación extrema y una lectura constante del entorno, apoyada ahora por tecnología satelital, pero sostenida por la experiencia cotidiana de quienes recorren la chacra todos los días.

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Raúl Cuello, encargado de Patagonia Nogales, lidera operativamente una chacra de 120 hectáreas de nueces en plena zona semiárida, enfrentando vientos constantes, escasez de agua y altos costos energéticos.

Raúl Cuello, encargado de Patagonia Nogales, lidera operativamente una chacra de 120 hectáreas de nueces en plena zona semiárida, enfrentando vientos constantes, escasez de agua y altos costos energéticos.

Patagonia Nogales tiene una dimensión que la distingue: 120 hectáreas plantadas entre 2005 y 2007. En teoría, con montes de unos 20 años, debería estar cerca de su máxima expresión productiva. Sin embargo, la entrevista revela una realidad más compleja.

La productividad actual —alrededor de 1.000 kg por hectárea— está muy por debajo del potencial esperado, que Cuello estima en al menos 2.000 kg por hectárea. Las razones no se encuentran en el clima solamente, sino en años de manejo inadecuado y ausencia de conducción técnica. Este dato es central para el análisis periodístico: el desierto no perdona la falta de gestión. En zonas marginales, los errores se pagan más caros y los atrasos técnicos se traducen en años de pérdida productiva.

La gestión técnica como acto de resistencia

El punto de inflexión llega con la asunción de Cuello, quien imprime un cambio de paradigma. La decisión de podar, algo que parece obvio en otras regiones frutícolas, marca el inicio de una reconstrucción productiva. La poda en nogal, adaptada a las condiciones locales, busca estimular el brote anual y mejorar la respuesta vegetativa en primavera, algo clave en un ambiente corto de estaciones.

A esto se suma una reorganización integral del riego y la fertilización, con fertirriego por goteo, aplicaciones semanales y, desde hace cuatro temporadas, fertilización foliar con micronutrientes. En suelos áridos, donde la disponibilidad natural de elementos es baja, estas prácticas son determinantes para sostener la productividad.

La incorporación de un fertilizante orgánico derivado de la salmonicultura chilena tiene una lectura interesante desde el punto de vista ambiental y productivo. No solo mejora el desarrollo radicular, sino que muestra cómo la innovación puede surgir del cruce entre distintas economías regionales del sur del continente. En el desierto patagónico, hacer crecer raíces es casi un acto simbólico: implica anclar la producción en un territorio que, de manera natural, tiende a expulsarla.

Picun Leufu -Patagonia Nogales (22)
Del desierto patagónico al mundo, una producción que apuesta al desarrollo regional.

Del desierto patagónico al mundo, una producción que apuesta al desarrollo regional.

Uno de los aspectos más relevantes del análisis es el uso de sensores de humedad de suelo. En muchos discursos productivos, la tecnología aparece como un elemento de marketing o modernización. En Picún Leufú, en cambio, la tecnología es una herramienta de supervivencia económica y ambiental. Reducir el tiempo de riego de 18 a 12 horas diarias y pasar a esquemas intermitentes no solo implica ahorro energético, sino una mejora directa en la eficiencia del uso del agua. En un contexto de tarifas eléctricas altísimas y dependencia de bombas, cada hora menos de funcionamiento tiene un impacto directo en la viabilidad del proyecto.

El dato de que los sensores se pagan en dólares y con abonos anuales revela otra tensión estructural: la innovación es necesaria, pero costosa, y muchas veces inaccesible para pequeños y medianos productores. En este caso, la escala del establecimiento permite avanzar, aunque de manera gradual.

Trabajo, arraigo y empleo local

En zonas como Picún Leufú, la producción agroindustrial no solo genera alimentos, sino arraigo y empleo. Patagonia Nogales emplea de forma permanente a 11 personas, todas de la localidad, y suma entre 8 y 10 trabajadores temporarios en cosecha. En un pueblo pequeño, estas cifras tienen un impacto social significativo.

La cosecha, que combina maquinaria y trabajo manual, muestra otra cara del esfuerzo productivo. Aunque la tecnología permite levantar grandes volúmenes, siempre queda un porcentaje que requiere mano de obra humana. Esa complementariedad entre máquina y persona es típica de producciones en entornos difíciles, donde la eficiencia no elimina la necesidad de trabajo.

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Uno de los aspectos más estratégicos del proyecto es el procesamiento y agregado de valor. En lugar de limitarse a producir materia prima, Patagonia Nogales procesa, clasifica y empaca sus nueces, cumpliendo estándares internacionales. La puesta en marcha de una peladora en Cipolletti, operada por una cooperativa mayoritariamente femenina, agrega una dimensión social al análisis. En un país donde muchas producciones regionales exportan sin transformar, esta decisión muestra una búsqueda consciente de retener valor en la región. La diferencia de precios entre la nuez con cáscara y la nuez pelada es contundente. En términos periodísticos, este dato ilustra cómo el valor agregado puede marcar la diferencia entre sobrevivir o crecer en zonas desfavorables.

Exportar desde el desierto: calidad como pasaporte

Exportar desde la Patagonia no es sencillo. Distancias, logística y exigencias de calidad convierten cada operación en un desafío. Los mercados internacionales no aceptan medias tintas, y la experiencia de rechazos por mezclas de calidades refuerza la idea de que la reputación se construye con constancia.

Que clientes de países lejanos pidan exclusivamente nueces de Patagonia Nogales habla de un activo intangible construido a lo largo del tiempo. En contextos adversos, la calidad se vuelve una forma de defensa.

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Producir donde casi nada crece exige planificación, tecnología y un esfuerzo cotidiano que pocas veces se ve.

Producir donde casi nada crece exige planificación, tecnología y un esfuerzo cotidiano que pocas veces se ve.

El costo energético es otro de los grandes condicionantes. Regar en el momento justo, evitar horas pico y aprovechar la noche no es solo una decisión técnica, sino una estrategia económica. En el desierto, la eficiencia energética es tan importante como el agua misma.

La experiencia de Patagonia Nogales sintetiza una verdad profunda: producir en el desierto patagónico es producir en el límite. Cada avance se logra contra el clima, contra la escasez, contra la burocracia y contra los costos. No hay margen para la improvisación ni para la inercia.

La entrevista a Raúl Cuello deja en claro que detrás de cada kilo de nuez hay una cadena de decisiones, inversiones y esfuerzos que muchas veces quedan invisibilizados. En un país acostumbrado a pensar la producción desde regiones más favorecidas, Picún Leufú recuerda que la Patagonia productiva existe, pero requiere políticas, tecnología y personas dispuestas a sostenerla.

En definitiva, esta historia no es solo sobre nueces. Es sobre persistir donde el desierto avanza, sobre hacer del viento y la falta de agua un desafío cotidiano, y sobre demostrar que, aun en los entornos más adversos, la producción es posible cuando hay conocimiento, compromiso y una mirada de largo plazo.

Fuente: Redacción +P con fotografías de Claudio Espinoza.

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