Cuáles son las dos crisis que exponen la fragilidad económica de la agroindustria global
¿Y si un virus aviar transforma la leche en un lujo escaso? Estados Unidos confirma gripe H5N1 en Nebraska, mientras Bolivia paraliza sus exportaciones por falta de diésel.
En el corazón del Midwest estadounidense, un rebaño lechero de Nebraska se convirtió en el epicentro de una alerta sanitaria que reverbera en los mercados globales. El Departamento de Agricultura de EE.UU. (USDA) confirmó la presencia del virus de la gripe aviar altamente patógena (HPAI) H5N1, genotipo B3.13 del clado 2.3.4.4b, en ganado bovino. Este hallazgo, detectado mediante vigilancia rutinaria de muestras de leche bajo una orden federal de abril de 2024, marca el primer caso en Nebraska desde el brote inicial de marzo pasado, que ya afectó a 17 estados.
Esta detección no es mera anécdota veterinaria, representa un vector de disrupción en la cadena de valor láctea, que genera anualmente más de 40.000 millones de dólares en EE.UU. El HPAI, endémico en aves silvestres, salta ahora a mamíferos rumiantes, elevando costos de bioseguridad en un 20-30% por granja, según estimaciones del Servicio de Inspección de Sanidad Animal y Vegetal (APHIS).
La agencia, en colaboración con autoridades estatales, acelera pruebas epidemiológicas para mapear vectores de transmisión —posiblemente vía leche cruda o contacto con aves migratorias—. Ante la temporada otoñal, el USDA insta a protocolos estrictos: cuarentenas, desinfección y monitoreo genómico, lo que podría encarecer la producción en un 5-10% a corto plazo.
Económicamente, el impacto trasciende fronteras. EE.UU. exporta el 15% de su leche en polvo y queso a mercados emergentes como China y México; un brote confinado podría estabilizarse, pero una escalada —como en el sector avícola de 2022, con pérdidas de 3 mil millones— amenazaría la estabilidad de precios globales. La pasteurización, validada por la FDA como inactivadora del H5N1, mitiga riesgos sanitarios para consumidores, preservando la confianza en el suministro comercial.
A la crisis general se suman vulnerabilidades ocupacionales: trabajadores expuestos enfrentan un riesgo 10 veces mayor, potencialmente elevando primas de seguros y ausentismo laboral en un 15%, según modelos del Banco Mundial.
Al sur
La segunda crisis paralela se da a 7.000 kilómetros de EE. UU.. Bolivia ilustra cómo shocks energéticos paralizan economías dependientes de commodities. La crisis de diésel ha inmovilizado al 80% de los camiones —más de 11.000 unidades—, según la Cámara de Exportadores de Santa Cruz (Cadex).
Filas de hasta seis días en estaciones de servicio generan pérdidas diarias de 2 millones de dólares, exacerbando una caída del 20% en exportaciones hasta julio de 2025, comparado con 2024. El transporte pesado, pilar del comercio de soja, gas y minerales —que aportan el 70% del PIB boliviano—, ve su cadena productiva colapsar: retrasos en puertos como Arica (Chile) encarecen fletes en un 25%, según Héctor Mercado, presidente de la Cámara de Transporte Pesado.
Esta dualidad —patógenos en el Norte, combustibles en el Sur— subraya la interconexión de riesgos sistémicos en la globalización agroenergética. Modelos econométricos, como los del FMI, proyectan que tales disrupciones podrían reducir el crecimiento regional en 0.5-1% del PIB si no se abordan con subsidios focalizados y diversificación. Para Nebraska, la clave reside en innovación: vacunas bovinas en fase III podrían reducir brotes en un 40%. En Bolivia, la urgencia es regulatoria: el Gobierno debe priorizar importaciones de diésel (a 500 millones anuales) sobre subsidios ineficientes, evitando un espiral inflacionario del 10-15% en alimentos.
En última instancia, estas crisis no son aisladas: son recordatorios de que la resiliencia económica depende de anticipación. ¿Resistirá la agroindustria global a esta tormenta perfecta, o veremos volatilidad en commodities que eclipse la de 2022?
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