El regreso del barro: Por qué los grandes enólogos eligen tinajas artesanales en 2026
¿Es posible que la tecnología milenaria supere al acero inoxidable? Carles Llarch recupera el arte de las tinajas romanas para revolucionar el vino de autor.
En un mundo donde la vitivinicultura parece dominada por tanques de acero automatizados y laboratorios de alta precisión, un hombre en el Alt Penedès (Cataluña, España) propone un retorno a lo elemental. Carles Llarch, ceramista de oficio y viticultor por convicción, ha transformado su taller en Font-rubí en el epicentro de un movimiento que busca recuperar la esencia del vino. No se trata de un capricho estético, sino de una filosofía productiva que prioriza la microoxigenación natural y el respeto absoluto por los tiempos de la tierra.
Llarch no es un fabricante en serie; es un sastre del barro. Su proceso comienza mucho antes de tocar la arcilla. El artesano indaga en la forma de trabajar de cada viticultor para adaptar la porosidad y densidad de la pieza al tipo de uva que contendrá. Esta personalización es la que define su éxito entre los productores de vinos de mínima intervención.
La elaboración de cada tinaja es un ejercicio de paciencia extrema que se extiende durante semanas. Una vez seleccionada la mezcla de tierras, el proceso de dar forma a la pieza consume entre 10 y 15 días. La clave reside en el secado natural: Llarch rechaza el uso de sopletes para acelerar el endurecimiento, ya que estos generan microfisuras invisibles por donde se perdería el líquido. Tras el moldeado, la pieza debe reposar entre 20 días y un mes antes de enfrentar el horno, donde cocerá durante tres jornadas consecutivas.
Los números detrás de la excelencia artesanal
La exclusividad del trabajo de Llarch se refleja en su volumen de producción y en su negativa a industrializar el taller. En una ocasión, el ceramista rechazó un pedido de 25 piezas de un solo cliente, prefiriendo entregar solo cinco o seis por año para no comprometer la calidad ni la atención personalizada. Este nivel de detalle posiciona sus obras en un mercado premium, con valores que oscilan entre los 800 y los 3.000 euros, dependiendo de la capacidad y los accesorios incorporados.
Para el sector especializado, la inversión se justifica en los resultados enológicos. El barro ofrece una inercia térmica y una porosidad que el acero y la madera no pueden replicar de la misma forma. Al no aportar los taninos del roble, la tinaja permite que la fruta se exprese con una pureza técnica que remite a la antigüedad clásica, pero con la higiene y el conocimiento del siglo XXI.
ViTal: La validación del lenguaje cerámico
Con el objetivo de hablar el mismo idioma que sus clientes, Llarch lanzó su propia línea de vino denominada ViTal. En este proyecto, el artesano elimina cualquier rastro de maquinaria o aditivos. No existen termómetros ni densímetros; la uva fermenta y reposa en las mismas tinajas que él fabrica.
Su intención es derribar el mito de que en la Antigüedad se bebía vino de baja calidad. Llarch sostiene que, si los griegos y romanos diseñaron copas de cerámica con un encaje perfecto para el labio, era porque el placer sensorial estaba en el centro de la experiencia. Hoy, su taller es un testimonio de que la especie humana no ha pasado 5.000 años bebiendo productos defectuosos, sino que ha perfeccionado un lenguaje con el barro que la modernidad recién ahora comienza a redescubrir.
Fuente: El País con aportes de Redacción +P
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