Picún Leufú

"Daba tristeza": El emotivo relato del vecino que vio cambiar a Picún Leufú para siempre

Desde la localidad de Picún Leufú, dialogamos con un antiguo poblador que recuerda los detalles de aquella época ¿Cómo era la vida rural antes de la represa de El Chocón en esta localidad del centro sur neuquino?

Se dice que Don Abel Bustamante es uno de los vecinos más queridos de la localidad de Picún Leufú. Hombre de campo, amable y un gran contador de anécdotas que lleva la memoria de su pueblo en la piel y en el alma.

A través de su relato oral, es posible reconstruir parte de la historia de esta localidad del centro sur de la provincia de Neuquén, ubicada sobre la ruta nacional 237, cabecera del departamento homónimo a mitad de camino entre las ciudades de Neuquén y San Carlos de Bariloche.

Los datos históricos revelan que Picún pasó cerca de tres fundaciones, producto de los diferentes traslados que tuvieron que soportar sus habitantes. El tercero de ellos, sucedió a partir de la construcción de la represa El Chocón y el lago artificial Ezequiel Ramos Mexía.

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Transformación radical: La construcción de la represa El Chocón en los años 70 cambió para siempre el suelo, la economía y las costumbres de los pobladores rurales.

Transformación radical: La construcción de la represa El Chocón en los años 70 cambió para siempre el suelo, la economía y las costumbres de los pobladores rurales.

Una vida de campo

Don Abel nació en 1938 en Picún Leufú, su madre argentina, era hija de inmigrantes chilenos. Su padre, también argentino, se fue en 1921 para el sur, “trabajaba en las grandes estancias en la época de los arreos. Ese fue el gran valor y la gente que hizo grande al país”, asegura Abel sobre aquellos tiempos.

El señor Bustamante recuerda que, en la vida de campo, cuando él y sus hermanas eran chicos, no conocían los juguetes “no deseábamos, no teníamos esa ambición… todos teníamos animales, chacras… era todo cuidar”, recuerda.

Algunos de sus conocidos se iban a trabajar a YPF, pero el siempre se quedó en el pueblo. “Mis padres eran verdaderos camperos, sabían todos los secretos del campo” y como una bandera explica que el poncho “es el alma del gaucho”, aquellos hombres y mujeres que hicieron las cosas “sin horarios”.

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Huellas del pasado: Las ruinas de la antigua comisaría y la torre de la escuela primaria permanecen como mudos testigos del pueblo que fue antes del traslado.

Huellas del pasado: Las ruinas de la antigua comisaría y la torre de la escuela primaria permanecen como mudos testigos del pueblo que fue antes del traslado.

Las grandes estancias

Antes de la construcción de la represa de El Chocón entre las décadas del 60 y 70, Picún Leufú contaba con grandes estancias donde se cultivaba alfalfa y se criaban animales. Algunas de las más importantes fueron las de Cabo Alarcón, estancia Pantanitos, El Mangrullo y Estancia San José, entre otras.

Estos establecimientos eran el motor de la economía local. Muchas de ellas manejaban el ganado ovino y bovino en relación comercial y de intercambio con otras localidades de la Patagonia. Gran parte de los pobladores rurales de la región se empleaban en estas estancias como peones o productores asociados.

En ese contexto rural a caballo y sin máquinas, ni ingenieros, ni diarios, ni luz “todo fue muy sacrificado”, afirma Don Abel. Desde el arroyo Picún se regaba hasta que se cortaba el agua, en noviembre-diciembre, después venían algunas tormentas de verano en un contexto de producción importante, donde todos tenían animales.

“Estaban las chacras y después la mayoría de la gente trabajaba en las estancias, había algunos que cobraban por mes y otros eran temporarios”. Abel también recuerda la época de las marcaciones de la hacienda, la esquila, los baños y la señalada, todas costumbres que fueron desapareciendo luego de la construcción de la represa.

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Fortín primera división donde estuvo la Estancia Cabo Alarcón. Foto: Más Neuquén.

Fortín primera división donde estuvo la Estancia Cabo Alarcón. Foto: Más Neuquén.

La reconversión del suelo

En 1967 se crea la empresa HIDRONOR, por parte del gobierno nacional, con el fin de explotar las posibilidades hidroeléctricas de los ríos Limay y Neuquén. Las obras comenzaron en 1968 y, con ellas, la fisonomía del paisaje cambió para siempre. Los ingenieros a cargo habían estudiado la posibilidad de que la localidad de Picun Leufú quede bajo el agua con la construcción del embalse, por lo que su traslado se volvió fundamental.

Sobre este hecho Abel Bustamante, que entonces tenía unos 32 años, recuerda que la gente “tuvo que hacer su casa de vuelta” y que a partir de ahí se perdieron algunas costumbres del campo.

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Papá de Abel, Pantaleón Bustamante. Foto: gentileza.

Papá de Abel, Pantaleón Bustamante. Foto: gentileza.

“Todo empezó de nuevo, en ese tiempo no había tanta gente como hay hoy. Algunos de los que tenían chacras se tuvieron que trasladar, había gente grande que ya no pudo hacer lo mismo que hacía antes”, afirmó en diálogo con +P.El traslado fue planificado y documentado por algunos medios de la época como la revista 7 Días.

“Cuando empezó a subir el agua venía rápido, y recuerdo que fui en el camión de la municipalidad a buscar las cosas de un primo mío que salió de una isla, cuando venía el viento del este o viento abajo, como decimos nosotros acá, se sentía olor a barro, se sentían ruidos, daba tristeza”, recuerda sobre aquel momento.

A la madre de Abel le dieron una casa, que es en la que vive hasta el día de hoy. “El traslado fue cerca, pero nos quedamos sin chacra, aunque el agua finalmente no llegó nunca ahí”, afirma sobre el lugar donde habían vivido sus abuelos maternos.

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De izquierda a derecha: Filomena Solís, Elvira Solís, Clara Berta Solís (mamá de Abel), Carmen Jara (cuñada) y mujer con bebé en brazos. Foto: gentileza.

De izquierda a derecha: Filomena Solís, Elvira Solís, Clara Berta Solís (mamá de Abel), Carmen Jara (cuñada) y mujer con bebé en brazos. Foto: gentileza.

Nos avisaron y nos trasladamos sin ningún apuro, no fue de un día para el otro; de hecho, al pueblo viejo nunca llegó el agua, donde estaba la sala de primeros auxilios, la comisaría, el juzgado y dos o tres negocios (boliches); de esas construcciones, sin embargo, ya no hay nada, esas casas se cayeron todas; después los edificios públicos que había los desarmaron”, describe el antiguo poblador.

Como testigo de aquella época y en nombre de la memoria del viejo Picún Leufú, una torre sobrevive donde estaba la escuela primaria, así como las ruinas donde estaba la comisaría. Si bien el agua no llegó al pueblo, esas construcciones se fueron perdiendo por el paso del tiempo, mientras que las estancias directamente desaparecieron por la inundación.

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Abuelos de Abel: Laureano Bustamante y Celis Ballesteros. Foto: gentileza.

Abuelos de Abel: Laureano Bustamante y Celis Ballesteros. Foto: gentileza.

“La hacienda de la estancia San José se mudó para el sur… y a donde no llegó el agua fue a Pantanito. A la gente le dieron chacras, comenzaron a abrir chacras de vuelta, aunque a los que tenían animales ya se les puso mucho más difícil; algunos hicieron puestos más lejos, donde no hay ni agua, pero se perdieron muchos puestos de crianceros. La actividad cambió totalmente”, recuerda Abel sobre el uso del suelo que cambió para siempre.

Así, Picún Leufú cambió de lugar, pero no de memoria. En la voz de Don Abel Bustamante persisten el campo, las estancias y una forma de vida que el agua no pudo llevarse, un legado rural que resiste al paso del tiempo.

Agradecimiento para la elaboración de esta nota: Mirian Briceño Arrix de Leufú, Tierra Nuestra.

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