El legado de Don Francisco, un inmigrante español que conquistó la Patagonia con pico y pala
Desde Barcelona a Neuquén, Francisco Gracia llegó a Argentina en 1929 huyendo de la pobreza y transformó tierras áridas en productivas. Su nieta revive su legado en un libro conmovedor.
Eran otros tiempos, aquellos en los que miles de inmigrantes europeos que huían de la pobreza y la guerra en su tierra natal, decidían buscar nuevos rumbos y probar suerte en Argentina. En pos de un futuro mejor, muchos de ellos llegaron a la Patagonia, por las posibilidades que brindaba esta región, en cuanto a disponibilidad de tierras para el trabajo agrícola.
En esta zona estaba todo por hacer y las facilidades que brindaban tanto el Estado Nacional, como Ferrocarriles del Sud, eran para aprovechar. En este sentido, la historia de Francisco Gracia Santoralia, forma parte de las memorias de aquellos inmigrantes que forjaron estas tierras productivas con base en trabajo, ahorro y esfuerzo.
Graciela Mariana Gracia es la nieta de Francisco, y quien se puso manos a la obra para reconstruir esta biografía, que retrata cómo era la vida para un inmigrante en el ex Territorio Nacional. Además, su idea siempre fue poner en valor la forma de trabajo, los valores éticos y sociales y las posibilidades que había en ese entonces, para quienes pretendían ascender en la escala social honestamente.
Una larga travesía
Francisco Gracia Santolaria llegó a la Argentina en 1929 desde Barcelona, hacia el puerto de Buenos Aires, en el barco a vapor Infanta Isabel de Borbón, junto a un grupo de amigos. “Argentina era un país bien visto, con actividades vinculadas al modelo agroexportador… Contaba con grandes oportunidades laborales y de crecimiento personal y colectivo. Las tareas agrícolas ganaderas eran la base de su economía familiar”, describe Eduardo Gracia en el libro, en referencia a su padre Don Francisco.
En la región de Aragón (España), zona de praderas y de desarrollo agrícola y ganadero, Francisco Gracia, había adquirido algo de experiencia en estos trabajos. Una vez en Argentina, debieron dividirse con sus amigos para encontrar trabajo. Algunos viajaron a Córdoba, a la localidad de Monte Maíz y, más tarde, se instalaron en Ayacucho, en la Provincia de Buenos Aires.
En esta localidad, Don Francisco adquirió más experiencia con el manejo ganadero: “Él tenía un toro especial, lo cuidaba y lo llevaba a las exposiciones”, describe su nieta Graciela. Luego de esta etapa, finalmente Francisco llegó al ex territorio nacional neuquino, donde comenzó a trabajar con la histórica familia Riba en la producción lechera, trabajo que mantuvo por varios años.
El valor del ahorro
En el antiguo Neuquén, de calles de tierra y pocas casas, Francisco conoció a Martina, quien sería su esposa, también española, con quien tuvo tres hijos: Eduardo, Teresa y Fidela. La costumbre del ahorro era para ellos un valor fundamental. De cada peso ganado, la familia siempre ahorraba una parte con el fin de invertir en un nuevo emprendimiento.
“La ex Colonia Inglesa, que era un emprendimiento justamente de capitales ingleses que tenían su sede principal en Buenos Aires y, al extender las vías del tren, tenían como un punto clave en lo que hoy es la localidad de Plottier”, relata Graciela sobre la incursión de su abuelo en la ex Colonia donde sus abuelos adquirieron 14 hectáreas. En el libro se ve una copia de la escritura, y a la vez se cuenta que el pago se pudo dar con importantes facilidades.
Hay una anécdota familiar que cuenta que, como el abuelo pagó en término, “porque si hay alguien que era una persona correcta era Don Francisco… Entonces, como pagó antes de tiempo, le dieron la posibilidad de una escritura gratis y los pasajes a Buenos Aires”.
“Como será la confianza que había adquirido (Francisco con la familia Riba) porque los patrones de él eran del mismo pago de España y le dieron una mano dándole el trabajo y la ventaja de guardar el dinero durante 10 años de trabajo”, dinero que le sirvió para emparejar sus tierras en la ex Colonia inglesa y comprar plantas, entre otras tareas.
La tierra que devuelve el esfuerzo
Las 14 hectáreas en la ex Colonia Inglesa las adquirió en el año 1946, y estaban próximas al río Limay. Sin embargo, llevó tiempo y sudor convertir aquellos médanos en tierras productivas. En una noche de viento, se podía borrar todo el trabajo realizado de un plumazo, recuerdan los familiares de Francisco. A las “4 de la mañana había que levantarse y volver a intentar”, recordaron y enfatizaron que “no había que amargarse”. Todo se hacía con tracción a sangre, con pico y pala.
En esa época se intercambiaba lo que cada uno producía o tenía con lo que necesitaba. Leche por levadura, por ejemplo. Cada vecino en la ex Colonia tenía su propia producción. En las tierras de Don Francisco los primeros años los dedicaron a la ganadería y, más tarde, comenzaron con el cultivo de alfalfa y la producción de semillas de alta calidad. A su vez, siempre se mantenía la huerta familiar, como era costumbre.
“Mi padre tenía una frase que yo no me la olvido. La tierra siempre devuelve el esfuerzo. Siempre lo decía. Y mi papá era casi analfabeto, el pobre. Fue un año a la escuela allá en España”, recuerda una de sus hijas.
Francisco Gracia Santoralia mantuvo su producción en lo que hoy es Plottier por más de 25 años, y fue uno de los pioneros en la zona en el desarrollo agrícola. Su nieta Graciela Mariana Gracia, reconstruyó con amor esta historia y la plasmó en el libro “Huellas de Inmigrantes, desde Aragón hacia la Patagonia Argentina”, Editorial Dinamis, año 2024.
El libro fue presentado a principios de agosto en el ciclo Estación Literaria organizado por la Subsecretaría de Cultura de la Municipalidad de Neuquén, en el Museo de la Ciudad Paraje Confluencia, y estará disponible en la Feria Internacional del Libro que se realizará en septiembre en la ciudad.
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