remolacha

"El año próximo la superficie de remolacha forrajera va a pasar de 2.500 a 6.000 hectáreas"

Impulsada por productores pioneros y el trabajo del INTA, la remolacha forrajera permite aumentar la producción de carne, mejorar la eficiencia del uso del suelo y sostener altas cargas animales durante el invierno.

Verónica Favere es ingeniera agrónoma de la Universidad Nacional de Mar del Plata, pero el cultivo de remolacha forrajera la trasplantó a la Patagonia norte. Luego se incorporó al INTA Valle Medio de Río Negro para trabajar en forrajes y ganadería, desde donde realizó algunos viajes de capacitación técnica con productores. En uno de ellos, en 2017, se topó en Nueva Zelanda con la remolacha forrajera y le impactó al punto de convertirse casi en la capitana del cultivo en la Argentina, que está permitiendo la intensificación ganadera en la Patagonia norte y resulta prometedor para varias zonas más. Sobre cómo “se alinearon los planetas” para que esto ocurriera, los resultados que produce y las regiones adonde podría expandirse, la ingeniera agrónoma del INTA Valle Medio conversó con +P.

—¿Cómo fue que comenzaste a pensar en la producción de remolacha forrajera en la Patagonia norte?

—Fue en 2017, durante un viaje de capacitación técnica con ganaderos en Nueva Zelanda. Vimos la remolacha forrajera en el campo de un ganadero, Brent Fisher, en Canterbury, que lograba sacar gordos casi todos los animales en la primera primavera, cuando antes tenían que pasar dos inviernos en el campo para terminarse. Fisher nos contó que había trabajado con un veterinario, profesor de la Universidad de Lincoln, Jim Gibbs. Le pedí el contacto. Cuando volvimos, en abril, había un par de ganaderos que habían quedado muy entusiasmados con la remolacha, y yo tenía que hacer un informe y me faltaban datos, así que le escribí a Gibbs. A los dos días me contestó, dijo que en junio iba a estar en Chile y preguntó si queríamos que viniera. Vino el 20 de junio; me acuerdo porque era feriado. Lo recibimos, nos puso en contacto con KWS en Chile y, en noviembre, ya sembramos la primera parcela.

—Espectacular.

—¡Sí! No sé, yo sigo sintiendo que fue como si algo hubiera fluido. Costó mucho trabajo y un montón de cosas, pero muchas veces hay iniciativas a las que les ponés energía, incluso se hace algún ensayo, y en algún momento se frenan y quedan en el anecdotario. Por poner un ejemplo, hace como un mes le escribí a alguien en Estados Unidos y hasta ahora no he tenido respuesta. Bueno, en el caso de la remolacha fue como que todo se encadenó.

—“Se alinearon los planetas”.

—Sí, fue todo muy loco. Hasta me acuerdo de la libretita donde anoté el nombre de Jim Gibbs. Él no sabía ni quiénes éramos nosotros, mi inglés es muy básico, pero me dije: “Bueno, le escribo, total no pierdo nada”, y me respondió y vino.

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—¿Y qué pasó cuando vino?

—Dijo que nunca había visto un lugar con semejante potencial para hacer remolacha. Pensé que quería quedar bien con nosotros, pero hoy me doy cuenta de que es verdad. Sigo teniendo contacto con él; no hace tanto intercambiamos unos mensajes. Estaba en Mongolia, me mandó una foto, todo lleno de nieve y los animales comiendo remolacha ahí, en el frío.

La innovación de los neozelandeses

—¿Qué fue lo novedoso que hizo Gibbs?

—La remolacha, en realidad, se usa desde hace más de 200 años en Europa como suplementación en invierno. La suplementación es una proporción pequeña de la dieta para cumplir algún objetivo específico, sea de energía, de proteína o de cualquier otro nutriente. Y existía la idea de que no se podía dar remolacha en mayor concentración en la dieta porque la hoja tenía oxalatos de calcio, que eran tóxicos. Pero un tambero neozelandés, Brendon Woods —a quien conocí en otro viaje, en 2019— veía, por un lado, que las vacas no tenían nada para comer en invierno y, por otro, veía la remolacha ahí, y pensó que no podía ser, que las vacas tenían que comer más remolacha. Las empezó a dejar comer remolacha sin control y sí, se le morían. El nutricionista que tenía en el tambo le decía que dejara de embromar, que por algo solo se usaba para suplementar. Pero ahí apareció Jim Gibbs, experto en rumen, y se propuso ayudar a Woods a saber por qué se morían las vacas.

—¿Y qué hicieron?

—Empezaron a investigar qué era lo que pasaba en el rumen del animal, que es donde primero va la remolacha, y a raíz de eso descubrieron que lo de los oxalatos de calcio —que sí están en las hojas— era un mito del siglo XIX. La realidad era que los animales se morían de una acidosis aguda por una cuestión relacionada con los microorganismos que están en el rumen, y que era necesario acostumbrarlos a este tipo de alimentación suministrándoles paulatinamente mayores cantidades de remolacha. Y, de hecho, eso fue lo que pasó: los animales dejaron de morirse.

—O sea que la alimentación a base de remolacha primero se dio en vacas lecheras.

—Sí. Después Gibbs fue a ver a Fisher, que tiene una cabaña de Charolais, y le propuso hacer el mismo desafío, pero en animales para carne, porque es diferente el sistema de pastoreo. Los animales de descarte de su cabaña, que se destetaban en otoño con 300 kg —con un frame y un tamaño de faena bastante mayores de los que usamos nosotros—, comían pasturas, pero después entraban en el bache de invierno y tenían bajas ganancias de peso porque, si bien el clima es templado, la producción de forraje no es alta. Llegaba la primavera, los animales no alcanzaban a terminarse y recién en la segunda primavera podía sacar los animales gordos. Cuando incorporó la remolacha, las dudas eran cómo iba a ser la performance y cómo se iban a comportar los animales, y fue fantástico. Sigue destetando en otoño, pasan a pasturas, luego incorporan remolacha y, con eso, los animales pueden salir a faena en la primera primavera, porque las ganancias de peso durante el invierno son sostenidas gracias a que la remolacha tiene una muy buena calidad nutricional.

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Mientras aumentan los costos de otros cultivos forrajeros, la remolacha gana terreno entre productores que buscan más kilos de carne por hectárea y mejores márgenes.

Mientras aumentan los costos de otros cultivos forrajeros, la remolacha gana terreno entre productores que buscan más kilos de carne por hectárea y mejores márgenes.

—¿Y la calidad de la carne?

—La calidad de la carne y la conformación de la carcasa son excelentes. De hecho, en Nueva Zelanda, la carne producida con remolacha se paga un poco más que la terminada a pasto.

Los aprendizajes en la Argentina y el papel de los productores pioneros

—¿Y acá cómo anduvo esa primera siembra de remolacha en 2017?

—Desastrosa, porque no conocíamos el cultivo. Hicimos lo que pudimos. Aunque tanto el productor que la hizo como yo somos agrónomos, nos pasaron cosas de las que no teníamos ni idea: sembramos tarde, nos pasó de todo. Lo que siempre rescato es que, si bien todavía nos falta aprender mucho, a través de muchos errores hemos capitalizado un montón de conocimiento.

—¿Los ensayos son siempre con productores directamente?

—Sí, y yo siempre soy muy agradecida porque todo esto también se ha podido hacer gracias a los productores que son un poco como Brendon Woods, que se animan a probar. Yo pongo coraje, entusiasmo e información, pero son ellos los que arriesgan las vacas, los que ponen el dinero para hacer la remolacha. Si después de esa primera mala experiencia el productor no hubiera querido seguir, probablemente todo habría quedado ahí. Todo esto también se ha podido hacer gracias a los productores.

—¿Y por qué siguieron tras esa primera mala experiencia con el cultivo?

—Bueno, lo que los entusiasmó bastante fue que, con ese cultivo tan feo y con la poca remolacha que había, igual logramos hacer carne. Entonces, otros productores se fueron sumando; incluso empezaron en otras zonas, como el sudoeste de la provincia de Buenos Aires, por ejemplo en Coronel Suárez.

—¿Cómo es esa conversión en carne?

—La remolacha tiene 3 megacalorías de energía metabolizable por kilo de materia seca, casi lo mismo que el maíz, y un 10 % de proteína, lo que permite que sea un recurso forrajero para varias categorías. Si en la Norpatagonia el maíz para silo da entre 15 y 17 toneladas de materia seca por hectárea, la remolacha tiene eso como piso: hay productores que hicieron más de 2.000 kg de carne por hectárea porque produjeron 40 toneladas de materia seca de remolacha. Esto permite una alta carga animal en invierno y genera una alta rentabilidad.

—¿Qué cantidad de hectáreas se hacen hoy con remolacha?

—Hoy deben ser unas 2.500 hectáreas. Pero hay cuestiones por mejorar y no son fáciles de resolver, como el tema varietal. En el trabajo con el cultivo, a veces las cosas son lentas porque el mejoramiento genético y la selección llevan tiempo. Al principio, uno de los principales problemas que encontramos fue que en la Argentina no había herbicidas registrados para remolacha, debido a la escasa producción. Entonces fue una lucha: tuve que poner mucha energía hablando con el SENASA, que finalmente nos empezó a dar licencias extraordinarias para importar productos que estaban en Chile. Y en el SENASA, la verdad, se pusieron la 10. Después de hablar con uno y con otro, di con Nicolás Auñón, que creo que desde el día cero confió en nuestro proyecto y nos acompañó hasta que se pudo inscribir el primer herbicida para remolacha forrajera en la Argentina, que es el que estamos usando ahora.

—¿En qué año fue eso?

—La inscripción creo que terminó concretándose en 2022 o 2023.

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Una visita a un establecimiento neozelandés en 2017 encendió una apuesta que hoy despierta el interés de productores desde Chubut hasta Santiago del Estero.

Una visita a un establecimiento neozelandés en 2017 encendió una apuesta que hoy despierta el interés de productores desde Chubut hasta Santiago del Estero.

—¿Es transgénica la remolacha forrajera?

—No, es producto de selección genética. La remolacha forrajera es una remolacha azucarera genéticamente antigua, porque tiene menos materia seca que la azucarera actual y crece sobre el suelo, mientras que las azucareras modernas crecen bien enterradas. Son todas del mismo género y la misma especie, igual que la remolacha hortícola —que es la que comemos—; solo que los genetistas van seleccionando a partir de la variabilidad genética. Existe la remolacha azucarera con gen RR (resistente al glifosato) en Estados Unidos; creo que en algún momento va a llegar a la Argentina, pero tendría que haber muchas más hectáreas para que se justificara hacerlo.

Perspectivas de crecimiento en la Argentina

—Decías que hoy hay 2.500 hectáreas de remolacha forrajera en el país. ¿Qué expectativas de crecimiento tienen para la próxima temporada?

—Creo que se puede llegar a unas 6.000 hectáreas. Porque los productores van viendo los costos. Hoy hacer maíz para silo bajo riego tiene un costo muy alto; el maíz para grano también, al punto de que casi quedás afuera del negocio en la Norpatagonia. En un contexto en el que el combustible subió alrededor de un 60 %, más el aumento de la urea, hoy un cultivo como la remolacha te permite tener una rentabilidad que, con un grano o con un maíz para silo, está bastante más limitada.

—¿Cuesta menos producir remolacha?

—No, quizás cuesta lo mismo, pero producís mucha más materia seca. Y entonces producís muchos más kilos de carne por hectárea. En zonas bajo riego estamos hablando, siendo conservadores, de entre 1.800 y 2.000 kg de carne por hectárea. En zonas de secano podés producir 1.000 kg de carne por hectárea en invierno. Eso cambia completamente la ecuación, y hoy la ganadería está pasando por el mejor momento de su historia.

—¿Y esos números suman interesados en la remolacha?

—Y, como todo, al principio se animan los productores más valientes, más arriesgados o más locos, y después vienen los que están observando, que miran, preguntan y quizás se animan. También van a crecer los pioneros; tenemos productores que este año se animaron a hacer, por ejemplo, 10 hectáreas, y el año que viene quieren hacer 30.

Otras latitudes

—¿El potencial de la remolacha está solo en la Patagonia norte?

—Para mí, tiene mucho potencial en otras zonas también. La remolacha es un cultivo que tolera suelos donde quizás otro cultivo no prosperaría. Y tiene versatilidad frente a las inclemencias climáticas. Hay productores en nuestra zona que este año tuvieron que resembrar parte del maíz porque el granizo les cayó dos veces. Y la remolacha se las rebuscó: perdieron plantas, no rindió lo que tendría que haber rendido, pero lo soportó mejor. De hecho, los animales la están consumiendo ahora. Hay cosas que todavía hay que terminar de dilucidar para avanzar. Pero en KWS, con quienes trabajamos, están muy entusiasmados con el proyecto y apuestan a que va a funcionar. También tienen muchas expectativas pensando en la importancia de la ganadería en nuestro país. Entonces, creo que con el tiempo el proyecto se va a consolidar y se van a desarrollar otras zonas que hoy no están en el foco.

—¿Por ejemplo?

—Hace poco me consultó un productor que tiene riego en Santiago del Estero, donde hace mucho calor. Le dije: “No sé cómo puede funcionar; quizás no vas a tener más que 12 o 15 toneladas”, que a mí me parece poco. Y me contestó: “¿15 toneladas? ¡Sería un montón!”. Y va a hacer 10 hectáreas este año. Yo pienso que hay que probar. Por supuesto, tengo mis dudas porque la remolacha es de clima más templado, pero no te podés quedar solo con la teoría. Quizás, como para este productor, obtener 12 o 15 toneladas sea muchísimo.

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Lo que parecía un cultivo marginal hoy ayuda a producir más carne en menos superficie y atrae cada vez más productores ganaderos.

Lo que parecía un cultivo marginal hoy ayuda a producir más carne en menos superficie y atrae cada vez más productores ganaderos.

—¿Y en Patagonia más al sur?

—Hay un productor en Cholila, en Chubut, contra la Cordillera, que este año va a tener 100 vacas de cría en 2 hectáreas con remolacha durante todo el invierno. Tuvo muy buenos cultivos. En esos lugares, donde llevar alimento es carísimo, pequeñas superficies tienen un impacto muy grande. En el otro extremo, un productor grande del sudoeste de Buenos Aires, que hacía 3.000 hectáreas de verdeos por año y ahora las reemplaza con 200 o 250 hectáreas de remolacha, libera una gran cantidad de superficie que puede destinar a otro cultivo, y eso también aporta rentabilidad al sistema.

—¿Hay mucho que aprender todavía?

—Sí, es un cultivo nuevo. No hay una cultura de hacer remolacha, como en Europa o Chile, donde el azúcar proviene de ella y la tienen en el ADN. Acá se habían hecho algunas experiencias para etanol, pero esto es totalmente distinto. Entonces hay mucho por mejorar: no había insumos ni maquinaria específica, y todavía seguimos probando adaptaciones de sembradoras.

—¿Hay algo en particular para mejorar?

—Una de las cosas es el coeficiente de logro, que es cuántas plantas conseguís de las que sembrás. Hoy en el camino quedan unas cuantas; hay varios desafíos por superar. Lo bueno es que, aun así, el cultivo tiene capacidad de compensación y muchas veces, con la mitad de las plantas, produce un rendimiento que genera una alta rentabilidad. Pero los primeros 60 días, cuando no se ve nada, son difíciles para el productor acostumbrado a sembrar, por ejemplo, maíz, que a los diez días ya tiene el primer par de hojas afuera. La remolacha la sembrás el 15 de septiembre y el 25 de octubre todavía hay plantas que están naciendo, algunas que no saben si van a vivir o se van a morir. Yo digo que habría que vender la caja de semillas con el herbicida y un blíster de ansiolíticos para atravesar los primeros 60 días del cultivo.

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