Superalimentos: ¿revolución nutricional o negocio millonario sin respaldo científico?
¿Chía, goji y quinoa curan enfermedades? Los expertos advierten: ningún alimento es "súper" y el negocio detrás puede ser más grande que sus beneficios.
La lechuga y los melocotones "ya no son los de antes". Esa percepción extendida sobre el deterioro en la calidad de los alimentos actuales impulsó el surgimiento de una nueva categoría dietética: los llamados superalimentos. Bajo esa etiqueta se agrupan productos que prometen concentrar propiedades extraordinarias —altos niveles de antioxidantes como las vitaminas A, C y E, fitonutrientes protectores, capacidad para eliminar tóxicos y reducir el riesgo de enfermedades cardiovasculares o cáncer— en una dosis cotidiana.
El fenómeno no es menor: una simple búsqueda del término "superalimento" en Google arroja alrededor de 700.000 resultados, y el término es rastreado por alguien en Internet cada 0,13 segundos. Sin embargo, y pese a su omnipresencia mediática, el concepto carece de definición oficial. Eso, para los especialistas en nutrición, no es un detalle menor.
Definiciones de la ciencia
Irene Bretón, integrante de la junta directiva de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN), es directa al respecto: "Es una moda o tendencia; no es algo nuevo. Hace años la comunidad científica denominó ingredientes funcionales a nutrientes que, sin aportar calorías, preservan la salud. De ahí viene el nombre de superalimento, pero este no goza de evidencia científica. Son productos muy saludables, pero no curan: solo preservan la salud".
Por su parte, Manuel Moñino, nutricionista del Centro de Investigación Biomédica del Instituto Carlos III, profundiza en esa advertencia. Según su análisis, la mayoría de los estudios que respaldan las propiedades de estos alimentos fueron realizados in vitro o en animales, con dosis muy elevadas de sus sustancias activas —dosis imposibles de alcanzar mediante el consumo habitual del alimento.
"No existe el superalimento como tal. Más que de productos concretos, hablaría de superpatrones alimentarios", señala. Para Moñino, lo que aporta o quita salud son los patrones de alimentación en su conjunto, no un ingrediente aislado. Y añade una advertencia que incomoda al mercado: "Algunas modas sirven para hacer grandes negocios, que se lo pregunten a quienes comercializaron el salvado de avena, los zumos exóticos o las bayas de goji, consideradas por muchos un superalimento cuando no son diferentes de nuestras pasas".
El mercado y los números
El negocio no es menor. En España, el gasto en productos milagro —categoría en la que con frecuencia se encuadran los superalimentos en formato suplemento o extracto— supera los 2.000 millones de euros anuales. Una cifra que interpela sobre hasta qué punto el consumidor toma decisiones informadas o simplemente sigue tendencias amplificadas por medios y redes sociales.
Nieves Palacios, especialista en Endocrinología y Medicina del Deporte, recuerda que la evidencia científica más sólida no proviene del estudio de un alimento en particular, sino de patrones alimentarios completos. En 2013, The New England Journal of Medicine publicó los resultados de un estudio del Instituto Carlos III de Madrid que demostró que una dieta rica en frutas, frutos secos, verduras, legumbres y pescado —y baja en refrescos, carnes grasas y dulces— reducía hasta un 30% la probabilidad de sufrir un infarto en pacientes con riesgo cardiovascular. "El concepto 'súper' se ha hecho popular en los medios de comunicación, no entre los científicos", sentencia Palacios.
Cómo incorporarlos sin caer en la trampa
Esto no implica que estos alimentos deban descartarse. Paula Rosso, nutricionista del centro médico Lajo Plaza, sostiene que muchos de ellos tienen propiedades reales y documentadas: los ácidos omega-3 y la fibra de la chía actúan como protectores del sistema cardiovascular, y las bayas de goji poseen un reconocido perfil antioxidante, aunque algunas presentaciones comerciales fueron retiradas del mercado por incorporar altas dosis de metales pesados.
La clave, según Rosso, está en el modo de consumo: "Este tipo de alimentos hay que consumirlos crudos o con la menor cocción posible y tomarlos muy frescos, para que mantengan sus propiedades intactas y faciliten su absorción". Moñino complementa esa perspectiva con una advertencia sobre el efecto de desplazamiento: incluir grandes dosis de un nuevo alimento puede llevar a relegar otros de mayor valor nutricional, generando un desequilibrio contrario al buscado. Las frutas y verduras, por ejemplo, muestran evidencias de contribuir a la prevención del cáncer, pero en formato de suplemento aislado no producen los mismos efectos.
Los superalimentos existen, tienen propiedades beneficiosas y pueden formar parte de una dieta saludable. Lo que no tienen —al menos no con el respaldo científico que el mercado sugiere— es la capacidad de curar, prevenir enfermedades de forma aislada ni justificar un gasto desproporcionado. La mejor estrategia, según los expertos consultados, sigue siendo la misma de siempre: una alimentación variada, fresca y equilibrada, rica en legumbres, frutas, verduras, frutos secos y cereales integrales. Sin fetiches, sin etiquetas de "súper" y sin cheques en blanco a la industria del bienestar.
FUENTE: El País con aportes de Redacción +P.
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