San Miguel

Crisis de San Miguel: ¿Un aviso para la fruticultura argentina en tiempos difíciles?

Endeudamiento elevado, márgenes en retroceso y un mercado cada vez más exigente: el caso San Miguel como síntoma de un problema estructural.

La crisis financiera que atraviesa la citrícola San Miguel no es un episodio aislado ni un simple traspié coyuntural de una empresa emblemática. Por el contrario, funciona como una señal de alarma que vuelve a encender interrogantes más profundos sobre la sustentabilidad del modelo productivo y exportador del sector frutícola argentino. La pregunta que sobrevuela al mercado, a los productores y a los analistas es tan inquietante como inevitable: ¿El caso San Miguel es solo la punta de un iceberg mucho más grande?

San Miguel no es una empresa cualquiera. Se trata de una de las mayores exportadoras de limón del mundo, con fuerte presencia en Estados Unidos, Europa y Asia, y un rol histórico en el complejo agroindustrial tucumano. Su desarrollo estuvo ligado a la expansión de la frontera citrícola, a la industrialización de derivados —aceites esenciales, jugos concentrados— y a una estrategia de internacionalización que la convirtió en un jugador global. Precisamente por eso, su crisis resuena con más fuerza: si una compañía con escala, mercados diversificados y valor agregado enfrenta semejantes dificultades financieras, ¿Qué queda para el resto del entramado frutícola argentino?

De emblema exportador a empresa en tensión financiera

Durante años, San Miguel fue presentada como un caso testigo del potencial de las economías regionales cuando logran integrar producción primaria, industria y exportación. Tucumán encontró en la citricultura un motor de desarrollo, empleo y generación de divisas, y la empresa se convirtió en una referencia obligada dentro y fuera del país. Sin embargo, esa misma estructura que la llevó a crecer también la expuso a los vaivenes de un contexto macroeconómico cada vez más hostil.

La compañía enfrenta hoy una fuerte retracción de su actividad en la provincia, dificultades de caja y un nivel de endeudamiento que limita su capacidad de maniobra. El anuncio del canje de deuda fue el punto de inflexión que hizo visible una crisis que se venía gestando en silencio. La propuesta implica postergar vencimientos originalmente pautados para octubre de este año, extenderlos hasta 2030 y reducir la tasa de interés del 9,5% al 8% anual.

En términos concretos, el canje supone modificar las reglas del juego para los acreedores: menos rendimiento y más plazo, en un contexto en el que la empresa busca ganar aire financiero. La reacción del mercado no tardó en llegar y fue, en muchos casos, de abierto rechazo. Algunos inversores calificaron la oferta de “ruinosa” y cuestionaron duramente a la conducción de la empresa, señalando que cuando San Miguel atraviesa un buen momento suele desentenderse de quienes la financiaron.

Endeudamiento, canje y pérdida de confianza del mercado

El malestar de los acreedores no surge de la nada. A mediados de 2025, San Miguel debió recurrir a un préstamo de emergencia por 15 millones de dólares aportado por sus propios accionistas para poder cumplir con vencimientos inmediatos. Ese auxilio interno dejó al descubierto tensiones severas en el flujo de fondos, pese a que la empresa continúa operando y exportando.

Según registros del mercado de capitales, la firma emitió en los últimos años alrededor de 250 millones de dólares en deuda, utilizados para financiar expansión productiva, inversiones industriales y procesos de internacionalización. Ese nivel de apalancamiento, sostenible en un escenario de buenos precios y márgenes razonables, se volvió un problema cuando el contexto cambió.

Tras el anuncio del canje, la calificadora FIX SCR redujo la nota crediticia de la compañía y de sus obligaciones negociables. La calificación de emisor de largo plazo cayó a BBB-(arg) desde BBB+(arg), las nuevas ON Serie XIII quedaron bajo Rating Watch Negativo y la calificación de corto plazo también fue recortada. El mensaje fue claro: el riesgo para los tenedores aumentó.

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La empresa líder del limón enfrenta problemas financieros que generan inquietud en el mercado y encienden luces de advertencia en toda la cadena frutícola.

La empresa líder del limón enfrenta problemas financieros que generan inquietud en el mercado y encienden luces de advertencia en toda la cadena frutícola.

Los números refuerzan esa lectura. A octubre de 2025, la deuda neta de San Miguel ascendía a 264 millones de dólares, incluyendo el préstamo convertible de accionistas, mientras que el patrimonio se redujo a niveles cercanos a los 50 millones. La cobertura de intereses es particularmente preocupante: el EBITDA apenas alcanza para cubrir 0,4 veces los gastos financieros, un indicador que refleja una situación extremadamente ajustada.

Incluso si el canje resulta exitoso, FIX advierte que la empresa deberá afrontar pagos mínimos por unos 12 millones de dólares en líneas bancarias y refinanciar alrededor de 70 millones en vencimientos durante 2026. El riesgo de nuevas tensiones financieras, aunque menor, sigue latente.

¿Un problema de gestión o el síntoma de un modelo agotado?

Más allá del caso puntual, la situación de San Miguel abre un debate más amplio sobre el estado del sector frutícola argentino. El atraso cambiario aparece como uno de los factores centrales para este tipo de firmas exportadoras. Con costos crecientes en pesos y ventas en dólares, la apreciación del tipo de cambio real erosiona la competitividad externa y reduce los márgenes de rentabilidad, incluso en empresas eficientes.

A esto se suman los costos internos en alza: salarios, energía, logística y presión impositiva. La fruticultura es intensiva en mano de obra y altamente dependiente del transporte. En regiones alejadas de los puertos, como el NOA, el costo del flete se convierte en un factor decisivo que muchas veces define si una exportación es viable o no.

El modelo económico también entra en cuestión. La volatilidad macroeconómica, la falta de previsibilidad y el acceso limitado al financiamiento de largo plazo conspiran contra actividades que requieren planificación a varios años. La fruticultura no ofrece retornos inmediatos: las inversiones se amortizan lentamente y cualquier desajuste macro puede volverlas inviables.

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Martín Otero Monsegur, presidente de la citrícola argentina.

Martín Otero Monsegur, presidente de la citrícola argentina.

En ese contexto, también se discuten las decisiones empresariales. El caso de Martín Otero Monsegur, presidente de San Miguel, es señalado por algunos analistas como representativo de una parte del empresariado nacional donde, muchas veces, prima una lectura ideológica del contexto por sobre una gestión financiera prudente. La expansión apalancada funcionó mientras el viento sopló a favor; cuando cambió el escenario, dejó a la empresa expuesta.

Por eso, cada vez más voces coinciden en que San Miguel no es una excepción, sino un anticipo. Otras economías regionales muestran señales similares: bodegas, empacadoras y productores que sobreviven refinanciando pasivos, postergando inversiones o reduciendo actividad. La diferencia es que pocas tienen el tamaño y la visibilidad de esta citrícola tucumana.

El desenlace del canje será clave para el futuro inmediato de la empresa, pero no resolverá los problemas estructurales. La verdadera pregunta sigue abierta: ¿Está la Argentina en condiciones de sostener un sector frutícola competitivo a nivel global, o el caso San Miguel es apenas la primera grieta visible de un iceberg mucho más profundo?

Fuente: Redacción +P con aportes de Calificadora FIX SCR.

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