María José Figueroa (16) participó del Concurso Tromen en el marco de la Expo Bovinos de Junín de los Andes. Foto: Fabricio González.
La joven neuquina se anotó en el Concurso Tromen. La experiencia la llevó a replantearse qué quiere hacer después del secundario.
Media hora, a veces una hora. Todos los días. Ese fue el tiempo que María José Figueroa le dedicó a su ternera durante los meses en que la preparó para la pista. Tiene 16 años, vive en Plottier y va a una escuela técnica, pero no agropecuaria: estudia electromecánica. Sin embargo, después de pasar por el Concurso Tromen, lo que hoy analiza es dedicarse a la ganadería.
El Tromen es una iniciativa de la Sociedad Rural del Neuquén que ya lleva tres ediciones. La propuesta es concreta: cada participante trabaja durante seis meses con un animal —propio o gestionado a través del programa— y lo presenta en la Expo Bovinos que la entidad organiza en su predio de Junín de los Andes, donde se evalúa el resultado del proceso. La convocatoria incluye también a colaboradores que aportan una ternera, una cordera u otro tipo de ayuda para que más chicos puedan sumarse. El eje está puesto en el manejo responsable de los animales y en el arraigo rural.
La primera noticia del certamen le llegó por el teléfono. “Lo vi primero en las redes y después le pregunté a mi papá si podía anotarme. Y me dijo que sí. Así que fue como un trabajo en conjunto entre él y yo, y con mi familia”, cuenta.
El campo no le era ajeno. “Mi familia está muy involucrada en el campo. Mis papás crían caballos y yo estoy ahí también, con mi tía, ayudando”, explica. En su casa hay vacas, pero para consumo propio. Lo que el concurso le abrió fue otra mirada sobre la ganadería: la de la cabaña y la exposición.
Cuando la ternera llegó, el primer paso no tuvo nada que ver con la pista. “Lo primero que hice fue conocerla, amansarla de a poco. Ya venía mansa, pero había que sacarle las cosquillas de las patas”, relata.
Después vino la alimentación, un aprendizaje que hizo acompañada. “Gracias a Eugenia y Joaquín íbamos aprendiendo sobre la alimentación. De ahí yo la iba alimentando, y después la dejaba a pasto también”, detalla.
¿Fue mucho? “Fue ir todos los días hasta allá y estar media hora, a veces una hora, con ella. Fue demandante, pero lo disfruté”, resume.
El trabajo tuvo premio. Y María José lo analiza con una honestidad poco habitual: “Para mí (al momento de pasar frente al jurado), estaba mal parada, así que no sé si contó eso o no”. Ella apuesta a otros factores. “Creo que capaz el pelaje, capaz cuando la iba caminando para que la viera el jurado. Y capaz también la docilidad durante la espera”, enumera.
No es un detalle menor. La docilidad de un animal en pista, rodeado de público y de otros competidores, es el resultado directo de esas horas diarias de amanse que nadie ve.
Lo que más le dejó la experiencia no fue la cinta. “Aprender que hay vacas que se exponen, que se preparan para Palermo o para estas exposiciones, me hizo entender que a veces había que tomar otra responsabilidad y había que hacerse cargo, como si fuera tu hija”, reflexiona.
Esa frase condensa el objetivo que persigue el Tromen: que los jóvenes asuman la cría como un compromiso y no como una tarea más.
Cuando se le pregunta si va a seguir vinculada al campo, la respuesta llega sin dudar: “Sí, sí, sí”. ¿En qué actividad? “Capaz en esta. La estoy replanteando, así que capaz que me dedico a la cabaña”.
Tres años después de su lanzamiento, el concurso de la Sociedad Rural del Neuquén tiene en María José un ejemplo de lo que busca: una chica que llegó por un posteo en las redes y hoy piensa su futuro con los pies en el campo.
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