Estrategia de perros protectores: Radiografía técnica para blindar la producción de Patagonia
¿Es posible reducir el 87% de las bajas ganaderas sin emplear métodos letales? El perro protector surge como la tecnología biológica definitiva para el campo moderno.
El uso de perros protectores de ganado (PPG) constituye una herramienta de manejo estratégica que busca la coexistencia entre la actividad productiva y la fauna silvestre. A diferencia de los perros de arreo, un protector cumple la función exclusiva de cuidar al piño o majada frente a ataques de carnívoros como pumas, zorros y diversas especies de gatos silvestres.
Las razas más destacadas para esta labor incluyen el Maremmano-Abruzzese, el Montaña del Pirineo y el Mastín del Pirineo. Estos animales presentan características fenotípicas específicas: suelen poseer pelaje blanco, superan los 45 kilogramos de peso en su etapa adulta y demuestran una rusticidad superior que les permite habitar a la intemperie de forma permanente.
Su comportamiento se basa en un carácter equilibrado e independiente; no rodean ni arrean a los animales, sino que vigilan, marcan territorio mediante orina y heces, y emiten ladridos direccionales para intimidar cualquier amenaza desconocida.
La impronta como pilar del éxito
La eficacia del sistema depende de un proceso técnico crítico denominado impronta. Esta etapa ocurre durante los primeros tres o cuatro meses de vida del cachorro y busca que el animal considere al ganado como su propia familia.
El desarrollo cronológico inicia con la lactancia desde el nacimiento hasta los 45 días, periodo donde los cachorros permanecen encerrados con borregas o cabrillas recién nacidas para familiarizarse con sus olores y sonidos. Posteriormente, entre los 45 y 60 días, comienza la impronta a corral, donde el criador separa a los cachorros de su madre y los ubica en grupos reducidos con ovejas o chivas mansas.
Resulta imperativo evitar el contacto humano excesivo durante este tiempo para que el perro no desarrolle apego hacia las personas en lugar del ganado. A los 60 días, se realiza la entrega a la familia productora, extendiendo el encierro a corral hasta los cuatro meses de edad. La madurez total y la independencia del perro como guardián se consolidan finalmente entre los 12 y 18 meses de vida.
Parámetros de nutrición y exigencias del plan sanitario
El rendimiento de un perro protector exige una alimentación balanceada con niveles proteicos estrictos. Hasta el año y medio, el animal requiere un balanceado con más del 26 % de proteína, cifra que puede ajustarse a un mínimo del 24 % tras alcanzar la madurez. Las raciones diarias se incrementan conforme al crecimiento del ejemplar: un cachorro de 1,5 a 3 meses consume entre 400 y 600 gramos; de 3 a 5 meses ingiere de 600 a 700 gramos; de 5 meses al año requiere de 700 a 1000 gramos, y un adulto de más de un año estabiliza su consumo entre 600 y 800 gramos.
Es vital evitar el sobrepeso, pues estas razas poseen propensión a la displasia de cadera. Complementariamente, el plan sanitario incluye dosis de vacuna quíntuple a los 45, 65 y 90 días, seguidas por la antirrábica a los 180 días y refuerzos anuales.
El esquema de desparasitación interna ocurre cada 15 días hasta los tres meses, continuando luego cada cuatro meses, mientras que en noviembre se aplica Ivermectina para el control de parásitos externos
Manejo reproductivo y protocolos de corrección de conducta
La castración obligatoria de machos y hembras a los seis meses de edad garantiza que los perros no abandonen la majada durante los periodos de celo ni atraigan jaurías externas.
Aunque la genética predispone al animal para proteger, el productor debe supervisar conductas juveniles no deseadas entre los 5 y 12 meses. Si el cachorro intenta jugar bruscamente con los animales, morderlos o voltearlos, el protocolo técnico sugiere limitar su carrera mediante un lastre o peso colgado del collar, como un pedazo de madera o una cadena pesada, que impida movimientos veloces sin lastimarlo.
Asimismo, se recomienda el uso de collares con identificación telefónica y la señalización de los campos mediante cartelería para advertir a los vecinos sobre la presencia del protector. Queda terminantemente prohibido el uso de venenos, trampas o cebos tóxicos en el área, ya que estas prácticas resultan fatales para el perro y dañan severamente a especies carroñeras como el cóndor andino.
Impacto productivo y beneficios en el ecosistema patagónico
Los datos recopilados en la estepa patagónica validan la efectividad de esta estrategia. Los informes registran una reducción promedio del 87% en las pérdidas anuales de animales bajo la custodia de un PPG.
Actualmente, programas liderados por instituciones como WCS Argentina y el INTA supervisan ejemplares en diversas provincias; por ejemplo, se contabilizaron 22 perros trabajando en 11 establecimientos, cubriendo un área de 85,000 hectáreas y protegiendo a 16,000 ovinos. En algunos campos, la señalada alcanzó niveles iguales o superiores al 85 %.
Más allá de la rentabilidad, esta metodología favorece la regeneración de pasturas naturales al permitir un manejo de cargas ganaderas adecuado y evitar la desertificación. La integración de perros protectores fomenta una relación equilibrada con el entorno, donde el productor resguarda su capital mientras respeta la biodiversidad nativa.
Fuente: INTA, WCS con aportes de Redacción +P
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