Clonación de yak: un avance vital para la ganadería y la conservación en el Himalaya
Un yak clonado en China abre una nueva era para salvar la ganadería y la cultura en las montañas del Himalaya. El mundo observa con asombro.
El pasado jueves 11 de julio de 2025, en el condado de Damxung, en la región autónoma de Xizang, al suroeste de China, nació un ternero que podría marcar un antes y un después en la historia de la ganadería de altura. No se trató de un nacimiento cualquiera: fue el primer yak clonado con éxito en el mundo. Con 33,5 kilos al nacer —más que la media de los ejemplares en el criadero—, el pequeño bovino de pelaje completamente negro llegó al mundo por cesárea y, al día siguiente, ya caminaba y mostraba un estado de salud óptimo, según constató la agencia estatal Xinhua.
El logro es fruto de un proyecto iniciado en julio de 2023 por un equipo conjunto de la Universidad de Zhejiang, el gobierno de Damxung y el Instituto de Biología de la Meseta de Xizang. Los investigadores aplicaron tecnologías de selección del genoma completo y clonación de células somáticas, un proceso que permite reproducir individuos genéticamente idénticos a partir de una célula adulta.
Fang Shengguo, líder del equipo de la Universidad de Zhejiang, explicó que la clonación “jugará un papel clave en la mejora de las razas de yaks y en la construcción de un sistema de cría para el ganado de gran altitud”. Detrás de estas palabras hay un objetivo concreto: preservar la variabilidad genética y contrarrestar un problema que amenaza la supervivencia del yak en su hábitat natural, la endogamia.
Un pilar en retirada del Himalaya
El yak (o bos grunniens) es un bisonte de pelo largo que habita entre los 4.000 y 5.000 metros de altitud en la cordillera del Himalaya y la meseta tibetana. Para las comunidades de altura, no es solo un animal de carga o una fuente de alimento: es el corazón de una economía y una cultura pastoril milenaria. Su leche se transforma en té salado, mantequilla para lámparas sagradas y quesos como el chhurpi, un producto duro que conserva la proteína para los meses más fríos. Su lana se convierte en ropa y mantas, y su carne, en alimento para sobrevivir al invierno.
Pero este pilar cultural se tambalea. En Nepal, el Censo Nacional de Agricultura refleja una caída preocupante: en solo tres años, la población de yaks pasó de 53.000 a 48.000 ejemplares. Solo unos 10.000 hogares de montaña dependen hoy de su cría para vivir. El cambio climático, la migración de jóvenes hacia ciudades como Katmandú o el extranjero, y la pérdida de pasturas tradicionales han reducido drásticamente el número de rebaños. A esto se suma la endogamia, que merma la salud, la fertilidad y la producción de leche.
En las zonas altas del Himalaya, la diversidad genética del yak se ha ido erosionando. Los cruces con ganado de tierras bajas —muchas veces por falta de acceso a toros tibetanos— han dado lugar a híbridos conocidos con distintos nombres: la nak es la hembra yak domesticada; la chauri o dzo es el cruce de una nak con una vaca de baja altitud; el lang es un toro tibetano puro; el dimzo, su cruce con ternera hembra; el urang, con ternero hembra nacido del cruce entre un yak y una vaca baja; y el lulu, un bovino enano propio de Mustang y Manang.
La escasez de yaks puros ha generado más urang y menos dimzo. Los machos híbridos (jopke o tole) no son fértiles y solo se usan como animales de carga. La consecuencia es un ciclo de pérdida genética que se acentúa año tras año.
“Una nak produce al menos dos litros de leche al día, mientras que una chauri puede llegar a seis litros. Si tuviésemos recursos para estudios genéticos, podríamos mejorar la resistencia de las especies”, señala Shanker Raj Barsila, investigador en ganadería de altura. Resalta que la leche de yak tiene propiedades medicinales y es más saludable que la de vaca, pero advierte que la endogamia está debilitando a los animales.
Clima y migración: doble golpe para la ganadería
El calentamiento global está alterando los ciclos que sostienen la vida en las alturas. Ramlallan Yadav, técnico del Centro de Recursos Genéticos de Yak en Syangboche —fundado en 1973 y situado a 3.885 metros—, ha observado cómo las nevadas que antes llegaban en octubre ahora caen en marzo o abril. El invierno, antes blanco y húmedo, es ahora seco y ventoso. Esto retrasa el crecimiento de pastos, que en algunos valles no aparece hasta mayo o junio.
Los cambios también han modificado la temporada de apareamiento. Antes, la mayoría de las nak quedaban preñadas entre julio y agosto; ahora, el ciclo se ha desplazado a octubre o noviembre, alterando la disponibilidad de crías y la planificación pastoril.
A la crisis ambiental se suma la social. “Cuando los jóvenes migran, se pierde la siguiente generación de pastores, junto con el conocimiento y las prácticas culturales ligadas al yak”, explica Prajwal Sharma, investigador de la Organización Internacional de Migración. En Helambu, al norte de Katmandú, documentó cómo cada vez menos familias realizan la trashumancia estacional, reduciendo así el número de animales.
La pérdida de yaks no solo significa menos leche, lana o carne. También erosiona un patrimonio intangible que incluye festivales, recetas, términos en lenguas locales y un saber íntimo sobre el comportamiento de los animales y las montañas. La cultura pastoril de altura es, en sí misma, un ecosistema vulnerable.
En Nepal, el Centro Nacional de Crianza de Animales e Investigación Genética tiene el mandato de estudiar razas autóctonas, pero su jefe, Sagar Paudel, reconoce que no se han realizado estudios específicos sobre la endogamia del yak. El Programa Nacional de Investigación de Ganado, en Chitwan, ha evaluado a yaks en Rasuwa y Mustang para medir su adaptabilidad al cambio climático, pero no existe aún un plan detallado de conservación genética.
La clonación como herramienta
Es en este contexto que el nacimiento del yak clonado en Xizang adquiere relevancia internacional. La clonación no pretende reemplazar la cría tradicional, sino ofrecer un “respaldo genético” para preservar y recuperar la diversidad. Mediante la selección del genoma completo, los científicos pueden identificar ejemplares con características óptimas —resistencia a enfermedades, mayor producción de leche, adaptación a la altura— y reproducirlos sin depender de la limitada disponibilidad de machos fértiles.
En el futuro, estas técnicas podrían combinarse con programas de inseminación artificial y bancos de material genético, reduciendo la presión de la endogamia en regiones como Nepal. Sin embargo, expertos advierten que la biotecnología por sí sola no resolverá el problema: será necesario un esfuerzo coordinado que incluya restaurar pasturas, apoyar económicamente a pastores y frenar la migración forzada.
La imagen del ternero negro de Damxung no es solo un hito científico, sino un recordatorio de que la supervivencia del yak —y de las culturas que dependen de él— pasa por tender puentes entre el conocimiento ancestral y las herramientas del siglo XXI. Para las comunidades de altura, la clonación abre una ventana de esperanza, pero la verdadera clave estará en proteger las condiciones que permitan que esos animales, clonados o no, sigan pastando en libertad entre las nubes.
Si la ciencia logra salvar al yak, no solo se preservará una especie: se salvará un modo de vida forjado durante siglos en los lugares donde el aire es más delgado y el mundo parece tocar el cielo.
Fuente: Nepal times, CGTN y aportes de la Redacción +P.
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