Más de 2,7 toneladas de antibióticos en el mar: el dato que sacude a la industria del salmón
En solo dos meses, una piscifactoría utilizó una cantidad récord de antibióticos mientras crecen las dudas sobre su impacto ambiental.
En el extremo sur de Australia, donde las aguas frías de Tasmania han sido durante décadas sinónimo de una próspera industria acuícola, una cifra ha encendido todas las alarmas: más de 2,7 toneladas de antibióticos utilizadas en apenas dos meses en una sola piscifactoría. El dato, revelado en un informe de la Autoridad de Protección Ambiental (EPA) de Tasmania, no solo sacude a la industria del salmón, sino que abre interrogantes mucho más profundos sobre la transparencia, el impacto ambiental y los riesgos para la salud pública.
El informe se centra en la concesión de Zuidpool, ubicada en el canal de D'Entrecasteaux, donde se administró el antibiótico florfenicol en cantidades que expertos califican de extraordinarias. Pero este lugar es apenas una pieza de un rompecabezas mayor: otras ocho concesiones también utilizaron el mismo fármaco durante el verano, aunque el volumen total sigue siendo desconocido.
La líder de los Verdes de Tasmania, Rosalie Woodruff, no dudó en calificar la cifra como “sorprendentemente alta”. Su preocupación no se limita al volumen en sí, sino al hecho de que no exista una visión completa del uso del antibiótico en toda la región. “¿Dónde más está ocurriendo esto y por qué no lo sabemos?”, cuestionó.
El problema no es menor. El florfenicol es un antibiótico de uso veterinario, pero guarda estrecha relación con el cloranfenicol, utilizado en humanos. Según el investigador Mark Blaskovich, esta conexión abre la puerta a un escenario preocupante: bacterias que desarrollen resistencia en el entorno marino podrían transferir esa capacidad a patógenos que afectan a las personas.
Enfermedad, mortalidad y una industria bajo presión
El uso intensivo de antibióticos no surge en el vacío. La industria del salmón enfrenta una crisis sanitaria sin precedentes provocada por la bacteria Piscirickettsia salmonis. Entre enero y marzo del año pasado, la enfermedad causó la muerte de más de 13.500 toneladas de peces. Este año, pese al uso del antibiótico, la cifra volvió a ser dramática: unas 9.000 toneladas, equivalentes a cerca de dos millones de salmones.
Las imágenes de restos de peces y grasa en playas cercanas durante el brote anterior dañaron la reputación del sector y presionaron a las empresas a buscar soluciones urgentes. El florfenicol apareció como una herramienta para evitar una repetición del desastre.
El director ejecutivo de Salmon Tasmania, John Whittington, ha defendido la estrategia. Según afirmó, la industria “sigue aprendiendo” a lidiar con la enfermedad y asegura que hubo mejoras respecto al primer brote. Sin embargo, los resultados siguen siendo insuficientes y el costo ambiental podría ser elevado.
La contaminación que viaja kilómetros
El punto de quiebre llegó cuando se detectaron rastros de florfenicol en mariscos silvestres a más de 10 kilómetros de las piscifactorías. El hallazgo obligó a revocar el permiso de uso del antibiótico el 4 de marzo y puso en evidencia que el compuesto no permanecía confinado a las jaulas de cultivo.
Este hecho contradice las garantías iniciales de que el antibiótico no tendría impacto fuera de los sitios de producción. Para Blaskovich, la situación demuestra la necesidad urgente de mayor transparencia: “Cuanta más información tengamos, mejor podremos comprender el impacto potencial”.
Un silencio institucional que agrava la crisis
Uno de los aspectos más controvertidos del caso no es solo el uso del antibiótico, sino la falta de información. Ni la EPA ni el departamento de medio ambiente de Tasmania han podido precisar cuánto florfenicol se liberó en total durante el verano.
Incluso solicitudes formales bajo leyes de acceso a la información no lograron respuestas claras. La propia EPA llegó a declarar que no encontró datos relevantes para una solicitud periodística, mientras que el gobierno estatal tampoco pudo proporcionar cifras concretas en el parlamento.
Paradójicamente, la información sí existe. Las empresas salmoneras estaban obligadas a reportarla a la Autoridad Australiana de Medicamentos Veterinarios y Plaguicidas, que ha confirmado poseer los datos, aunque aún no los ha hecho públicos.
Para Woodruff, esta situación refleja una “falta de respeto escandalosa” hacia la ciudadanía. La crítica apunta a una estrategia de divulgación fragmentada que impide comprender la magnitud real del problema.
Impacto en otras pesquerías y mercados
Las consecuencias han trascendido la industria del salmón. Por precaución, el gobierno de Tasmania cerró zonas de pesca de langosta y prolongó indefinidamente el cierre de áreas de captura de abulón en el sureste del estado.
El motivo no es solo ambiental, sino también económico: incluso trazas mínimas de antibióticos podrían afectar la reputación internacional de los productos del mar de Tasmania, un factor clave en mercados altamente exigentes.
Sectores de la pesca de captura salvaje han manifestado su inquietud ante la posibilidad de que la industria del salmón intente reintroducir el uso de florfenicol en el futuro. Para muchos, la suspensión del permiso fue un alivio temporal, no una solución definitiva.
Un debate que trasciende Tasmania
El caso plantea preguntas que van más allá de una región o una industria específica. ¿Hasta qué punto es sostenible el uso intensivo de antibióticos en la producción de alimentos? ¿Quién controla realmente los impactos ambientales? ¿Y qué ocurre cuando la información clave no llega al público?
En Australia, donde las infecciones resistentes a antibióticos ya causan más muertes anuales que los accidentes de tránsito, el vínculo entre prácticas agrícolas y salud humana adquiere una dimensión crítica.
La historia del florfenicol en Tasmania es, en última instancia, la historia de un sistema bajo tensión: una industria que busca sobrevivir a una crisis biológica, autoridades que luchan por mantener el control y una sociedad que exige respuestas.
Por ahora, el dato más inquietante no es solo el volumen de antibióticos utilizado, sino lo que aún permanece oculto bajo la superficie.
Fuente: Abc.net.com con aportes de Redacción +P.
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