Crónica del imperio más austral de la Patagonia: auge y caída de la Explotadora
Una mirada íntima a la empresa que transformó el extremo sur y dejó una huella imborrable en la historia de la Patagonia.
En el confín austral del planeta, donde los vientos rugen como si llevaran siglos buscando una salida entre las montañas, donde la estepa se estira hasta encontrarse con mares indomables, y donde el clima castiga con la misma intensidad con que forja carácter, nació uno de los imperios empresarios más extraordinarios jamás levantados en la Patagonia de Chile y Argentina: la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego (SETF).
Durante ochenta años —de 1893 a 1973— la Explotadora se convirtió en el corazón económico de Magallanes, motor de progreso, símbolo de modernidad y, con frecuencia, objeto de controversia. Pero por encima de todo fue una proeza humana y productiva construida en el rincón más inhóspito del sur continental, un auténtico experimento civilizatorio levantado con la obstinación que solo la frontera es capaz de exigir. Esta es la historia de aquella epopeya.
El sueño de ocupar el desierto austral
A finales del siglo XIX, la inmensidad oriental del Territorio de Magallanes era casi un mapa en blanco: apenas dos mil habitantes no indígenas dispersos en miles de kilómetros cuadrados de soledad esteparia. Sin embargo, en esa inmensidad, visionarios como el capitán chileno Ramón Serrano Montaner supieron ver algo distinto: pasturas vastas, frías, duras, pero inmejorables para la crianza ovina.
La firma del Tratado de Límites entre Chile y Argentina en 1881 despejó un temor esencial: la definición de la soberanía sobre los territorios fueguinos. A partir de ahí, el Estado chileno abrió la puerta al poblamiento mediante concesiones territoriales. El proceso, no obstante, distó de ser simple. Colonizar un territorio insular, remoto, barrido por tormentas y poblado por pueblos originarios que habían vivido allí milenios antes de la llegada del ganado, era una empresa arriesgada incluso para los más audaces.
Los primeros en dar el paso fueron los hermanos Wehrhahn en 1883, con una concesión inicial de 123.000 hectáreas. Pero la verdadera transformación vino de la mano de un inmigrante portugués que llegó analfabeto y sin recursos, y que se convertiría en el mayor empresario de Magallanes: José Nogueira. Visionario, autodidacta y temerario, Nogueira supo leer en la geografía fueguina una oportunidad que muchos no imaginaron jamás.
En 1889 obtuvo del gobierno chileno una concesión de 180.000 hectáreas. Luego, en 1890, vino la jugada maestra: una concesión gigantesca de 1.009.000 hectáreas, con el compromiso de organizar una sociedad anónima chilena para explotarlas. No llegó a ver ese sueño cristalizado; murió antes de constituir la sociedad. Pero dejó sembrada la semilla de una empresa colosal.
A veces, las grandes epopeyas comienzan así: no con estridencias, sino con la intuición silenciosa de un hombre que se atreve a mirar donde nadie más mira.
Una compañía con alma británica
Tras la muerte de Nogueira, su viuda Sara Braun y su cuñado Mauricio Braun asumieron la misión de materializar el proyecto. Pero para levantar algo tan gigantesco, era necesario mucho más capital y un know-how técnico desconocido en Chile. Allí entró en escena la firma británica Duncan, Fox & Co. Ltd., encabezada por Peter Mc Clelland, un personaje que moldearía décadas enteras del desarrollo patagónico.
El 31 de agosto de 1893 nació oficialmente la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego, con un capital inicial de $1.250.000. Formalmente chilena, pero operativamente británica, la SETF se convirtió en un híbrido curioso: capitales y dueños chilenos combinados con administradores, ovejeros, capataces y gerentes de origen europeo, en su mayoría británicos o de ascendencia británica.
En los galpones, en las estancias y en las oficinas, el inglés se volvió lengua de trabajo. Los métodos, las herramientas, el rigor y la disciplina también venían de las Islas Malvinas y del mundo pastoril británico. La cultura corporativa era “very british”, desde la manera de planificar los rebaños hasta la preparación del té.
Con esa mezcla, la Explotadora se convirtió en una maquinaria empresarial pocas veces vista en el extremo sur de América: eficiente, exigente, altamente técnica.
El latifundio como motor
El éxito de la SETF quedó sellado a comienzos del siglo XX gracias a una serie de movimientos estratégicos dignos de una novela de aventura empresarial.
El distrito de Última Esperanza, con campos de pastoreo excepcionales, se volvió un objetivo claro en 1905. Tras un intento de remate fallido, el directorio —liderado por Mc Clelland— trazó un plan doble: fusionarse con las sociedades que competirían en la subasta y absorber las inversiones de quienes habían quedado en el camino.
El 25 de septiembre de 1905, la compañía se adjudicó 31 de los 35 lotes subastados: 334.668 hectáreas. A eso sumó compras posteriores y ocupaciones de facto. Nacieron estancias icónicas como Cerro Castillo y Cerro Guido, que con el tiempo se convertirían en símbolos de la ganadería patagónica.
Ese mismo espíritu estratégico llevó a la SETF a absorber la “Riqueza de Magallanes” en 1906, tomando control de las tierras originalmente entregadas a Nogueira. El paquete incluía, además, derechos sobre otras 600.000 hectáreas aún no explotadas.
La Sociedad Ganadera de Magallanes (SGM) era el principal competidor de la Explotadora. Pero en un movimiento audaz, en junio de 1910, casi de novela de espionaje empresarial, Mc Clelland negoció la compra silenciosa de su activo y pasivo. Fue una operación criticada por la opinión pública, que veía con alarma el crecimiento del latifundio. Pero desde el punto de vista empresarial, fue un golpe maestro.
Así, para fines de 1910, la SETF llegó a un récord monumental: 3.000.000 de hectáreas bajo su control. Una extensión casi imposible de imaginar. Un reino pastoril mayúsculo levantado en el rincón más frío del sur, equivalente a poco más de la superficie total de la Provincia de Neuquén.
La tecnología que domó la estepa
Mientras otras empresas de la región se debatían entre improvisaciones, la Explotadora adoptó desde sus inicios una política férrea: solo la mejor tecnología, solo la mejor gente.
Los primeros ovejeros —muchos escoceses— eran expertos en leer el clima, las señales del terreno y el lenguaje silencioso del rebaño. Ser ovejero en la Patagonia era parecido a ser marinero en altamar: había que entender los vientos, prever tormentas, adivinar nevazones y saber dónde buscar refugio para los animales.
La compañía desarrolló una estructura laboral jerárquica, estricta pero eficaz. Con el tiempo, trabajar en la SETF se volvió una meta laboral. Ofrecía estabilidad, remuneraciones razonables y un estándar que pocas empresas chilenas podían igualar.
Hubo tensiones, huelgas y reclamos, especialmente a partir de 1911 con la Federación Obrera de Magallanes. Pero también hubo acuerdos colectivos pioneros y mejoras concretas en las condiciones de vida.
La SETF convertía cada adelanto disponible en las industrias europeas en una herramienta productiva: desde nuevas prensas de lana hasta automóviles que desafiaban caminos imposibles.
El resultado fue espectacular. La compañía no solo multiplicó su dotación ovina —superando el millón de ovejas esquiladas—, sino que llevó la marca “lanas Punta” a una categoría casi de denominación de origen internacional. La lana magallánica era sinónimo de calidad, resistencia y pureza.
De 1906 a 1968, la producción por animal pasó de 3,1 a 5,1 kilos de lana. Un salto casi increíble logrado en uno de los entornos más duros del planeta.
Reinventarse en tiempos difíciles
La mitad del siglo XX no fue sencilla. El fin de la Segunda Guerra Mundial trajo altibajos en los mercados internacionales, los costos de producción aumentaron y el Estado chileno decidió no renovar 557.385 hectáreas de concesiones en Tierra del Fuego.
Para cualquier empresa, aquello habría sido devastador. Pero la SETF optó por otra vía: renovarse.
En 1957, lanzó un ambicioso plan para aumentar su producción ovina en un 50% en doce años. Contrató agrónomos, reformuló el manejo de pasturas, implementó técnicas de recuperación de suelos y abrió la puerta a la ganadería bovina utilizando la raza Hereford. En 1968 ya rozaba el millón cuarenta mil ovinos y había triplicado su stock bovino. Además, incursionó en el turismo con la construcción del icónico Hotel Cabo de Hornos, símbolo de modernidad en Punta Arenas.
En 1964 cambió su nombre a Ganadera Tierra del Fuego S.A., intentando alejarse de la carga simbólica del término “Explotadora”.
Y, como símbolo de una nueva época, se produjo la chilenización de su plana ejecutiva: en 1968, la gran mayoría de sus administradores ya eran chilenos.
El final de la máquina victoriana
La década de 1970 trajo consigo un cambio profundo en la historia agraria de Chile. El proceso de reforma agraria que avanzaba en Magallanes y luego en todo el país tenía al latifundio como principal objetivo. La SETF —por su tamaño, no por su productividad— fue el blanco más visible.
La empresa se opuso, con la convicción de que su influencia histórica la protegería. Rechazó incluso una propuesta de expropiación pactada que le habría garantizado conservar parte de su dominio.
No fue suficiente. Entre 1970 y 1972, sus estancias fueron expropiadas. En Argentina, por razones geopolíticas, fue obligada a vender todas sus tierras. En 1973, ya sin tierras que administrar, la histórica compañía se disolvió.
La gigantesca máquina de relojería montada en el fin del mundo, esa construcción empresarial que había funcionado con precisión victoriana durante ocho décadas, finalmente se detuvo.
El legado en la memoria de la Patagonia
A pesar de su desaparición, la SETF dejó una huella profunda, casi indeleble.
– Estandarizó la producción ovina magallánica, convirtiéndola en un referente internacional.
– Introdujo la ganadería bovina moderna en la región.
– Modeló una cultura laboral basada en el esfuerzo, la disciplina y la valorización del trabajador.
– Pionera en el cuidado del suelo y la gestión sustentable en un territorio frágil.
– Impulsó el poblamiento, conectando a la región con el mundo.
Pero tal vez su legado más emotivo se encuentra en la memoria de quienes trabajaron para ella. En Última Esperanza, en Tierra del Fuego, en Isla Riesco, los viejos obreros hablaban con nostalgia de la “época dorada”: un tiempo duro, sí, pero también un tiempo en que el trabajo formaba carácter y la comunidad giraba alrededor de una empresa que parecía eterna.
La SETF no fue perfecta. Fue un latifundio inmenso e innegablemente ligado al poder económico y político de su época. Pero también fue, sin duda, una de las grandes epopeyas productivas de la historia de Chile y Argentina.
Porque producir en la Patagonia —y hacerlo bien— nunca ha sido solo un negocio: es una batalla contra la geografía, contra el clima, contra la soledad. Una batalla que exige una valentía singular.
La Explotadora fue esa valentía. Fue un sueño demasiado grande para el fin del mundo. Y aun así, funcionó.
Fuente: Biblioteca nacional de Chile, Fernando Durán (Historia de la SETF), Patlibros.org y el aporte de la Redacción +P.
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