Vaca Muerta resiste, pero el mercado interno se enfría: el dilema económico argentino
La estabilidad macroeconómica convive con una fuerte contracción del consumo, aumento de la morosidad y repliegue de empresas internacionales. El gran dilema.
Por estos días, mientras el Gobierno nacional insiste en que el programa de estabilización sentará las bases de un ciclo de crecimiento sostenido, los hechos muestran un escenario más complejo y, en algunos sectores, abiertamente adverso. Lejos de materializarse el flujo de inversiones prometido como consecuencia del nuevo rumbo económico, lo que se verifica es una secuencia de salidas y repliegues de grandes compañías internacionales que habían apostado por el país en décadas anteriores. El último episodio fue la oficialización de la retirada de Saputo Inc., que acordó la venta del 80% de su negocio en Argentina por 500 millones de dólares, cediendo el control de marcas emblemáticas como La Paulina, Ricrem y Molfino a la firma peruana Gloria Foods.
No se trata de un hecho aislado. En los últimos meses, varias multinacionales han reducido operaciones, vendido activos o directamente abandonado el país. El fenómeno abre interrogantes inevitables: ¿estamos ante un proceso de reconfiguración saludable del capital o frente a una nueva etapa de desinversión estructural? ¿Se trata de decisiones tácticas empresariales o de una señal más profunda sobre la falta de perspectivas de crecimiento del mercado interno argentino?
El antecedente histórico más cercano de un proceso algo similar se remonta a la etapa del ex presidente Néstor Kirchner, cuando se produjo una marcada “argentinización” de empresas que hasta entonces estaban en manos extranjeras. En ese contexto, el caso paradigmático fue el de YPF, cuya estructura accionaria cambió con la entrada del Grupo Petersen, que adquirió acciones que estaban en poder de Repsol. Aquel traspaso, que generó fuertes controversias y posteriores litigios, se convirtió en símbolo de una estrategia de reconfiguración del capital bajo fuerte intervención política.
Hoy el fenómeno presenta matices distintos. No se trata de un proceso impulsado desde el Estado para nacionalizar o “argentinizar” compañías, sino de decisiones empresariales que responden a una evaluación de rentabilidad y perspectivas. Sin embargo, el resultado visible es similar: empresas globales que reducen exposición y actores locales o regionales que ocupan el espacio.
La salida de Saputo lo ilustra con claridad. Se va un conglomerado con facturación anual cercana a los 12.500 millones de dólares y desembarca un grupo cuya facturación ronda los 1.200 millones. Sin desmerecer la trayectoria de Gloria Foods, la diferencia de escala, presencia global y capacidad financiera es sustancial. En ese intercambio, Argentina pierde peso relativo dentro de las grandes cadenas internacionales de valor.
El fenómeno no se limita al sector alimenticio. En el rubro energético, particularmente en torno al desarrollo de Vaca Muerta, se observa una tendencia semejante. Durante los primeros meses de la gestión de Javier Milei, varias multinacionales ratificaron su entusiasmo por los proyectos de explotación no convencional. El potencial geológico y la expectativa de reglas de mercado más claras alimentaron promesas de inversión.
Sin embargo, con el correr de los meses, el escenario se volvió más prudente. Algunas compañías optaron por limitarse a cumplir compromisos ya asumidos, evitando nuevas apuestas de gran escala. En ese contexto, volvió a ganar protagonismo YPF junto a empresas de capital nacional, que asumieron la continuidad de proyectos originalmente impulsados con fuerte presencia extranjera.
Paradójicamente, el segmento energético —junto con la minería— es el que mejor posicionamiento internacional exhibe y el que mayores perspectivas de generación de divisas ofrece. Si incluso en este sector las multinacionales adoptan una postura más cautelosa, el mensaje hacia el resto de la economía es inequívoco: el atractivo argentino sigue condicionado por la incertidumbre macroeconómica y la debilidad del mercado interno.
Consumo en retroceso: la señal más elocuente
La salida de Saputo no puede analizarse sin considerar el desplome del consumo. Desde diciembre de 2023, el mercado interno atraviesa una contracción profunda. En el rubro lácteo, la demanda cayó alrededor de 35%. Para una compañía cuya rentabilidad depende en gran medida del volumen vendido, el diagnóstico fue contundente: el mercado argentino no ofrece perspectivas de recuperación en el corto ni en el mediano plazo.
El consumo es uno de los motores fundamentales de la economía argentina. Su debilitamiento no solo impacta en las ventas minoristas, sino que repercute en toda la cadena productiva: proveedores, logística, empleo y financiamiento. La decisión de Saputo, en ese marco, fue una respuesta racional a un entorno que no promete expansión.
La evidencia más cruda de esta realidad surgió del balance presentado ante la Comisión Nacional de Valores (CNV) por la cadena de supermercados La Anónima (Sociedad Anónima Importadora y Exportadora de la Patagonia). La empresa informó un deterioro significativo en sus resultados correspondientes al trimestre cerrado el 31 de diciembre. El núcleo del problema fue la caída del consumo. El segmento de supermercados —que representa más del 87% de su facturación— registró una baja interanual en ventas pese a la apertura de nuevas sucursales. Es decir, la expansión física no alcanzó para compensar la retracción del gasto de los hogares.
Más alarmante aún fue el incremento de la morosidad. El cargo por incobrabilidad se multiplicó casi por siete respecto del período anterior. Este salto refleja el deterioro en la capacidad de pago de consumidores que financian compras con tarjetas propias o convenios comerciales. Los datos del Banco Central confirman que el fenómeno es generalizado: la morosidad en préstamos a hogares alcanzó niveles no vistos en una década, con picos en tarjetas de crédito y préstamos personales. El endeudamiento, lejos de funcionar como palanca de consumo, se convierte en una trampa financiera para millones de familias que destinan crecientes porciones de sus ingresos al servicio de deudas.
En este contexto, el 57% de los argentinos declara no llegar a fin de mes y una porción significativa reconoce haber perdido control sobre sus finanzas. El mercado interno, históricamente uno de los pilares del modelo argentino, aparece exhausto.
Empresarios del supermercadismo y consultoras privadas coinciden en que 2026 no será un año de fuerte recuperación. Las proyecciones más optimistas hablan de un repunte moderado, apoyado en una eventual recomposición del crédito y una desaceleración inflacionaria. Pero esas hipótesis chocan con una política monetaria restrictiva y con bancos que endurecen criterios ante la escalada de la morosidad.
En un año no electoral, con las familias priorizando la conservación del empleo por sobre el consumo, la demanda difícilmente experimente un salto significativo. El escenario más probable es el de un consumo “planchado”, con crecimiento marginal en el mejor de los casos. El balance de La Anónima no es solo un dato corporativo: es una radiografía del mercado interno. Muestra la ruptura de la cadena de pagos y el deterioro del ingreso real, dos factores que condicionan cualquier estrategia de crecimiento basada en la demanda doméstica.
El triunfo legislativo y sus límites
En paralelo a este cuadro económico, el Gobierno celebró un triunfo político con la media sanción de la reforma laboral. La iniciativa, coordinada por la mesa política encabezada por el jefe de Gabinete, fue presentada como un pilar para modernizar el mercado de trabajo y sentar bases para la inversión.
Nadie discute la necesidad de reducir la litigiosidad, simplificar regímenes y aliviar costos para las pymes. Tampoco se ignora la baja productividad laboral y los altos costos de salida que desalientan contrataciones formales. Sin embargo, conviene poner las expectativas en perspectiva.
El problema estructural de Argentina no es, estrictamente, la tasa de desempleo abierta —que se ha mantenido relativamente estable en torno al 7%— sino la incapacidad de generar empleo registrado genuino. La economía cuenta hoy con un volumen de puestos formales similar al de hace una década. El crecimiento demográfico y la mayor participación laboral fueron absorbidos por la informalidad.
En este punto, es necesario desarmar un mito frecuente: la reforma laboral “generará empleo”. Y menos aún argumentando lo que defiende le proyecto oficial: enfermarse es culpa del empleado y debe castigarse económicamente. Algo insólito.
Las empresas contratan cuando necesitan aumentar producción, y eso ocurre cuando la economía crece de manera sostenida. Si la actividad permanece estancada, ningún cambio normativo será suficiente para disparar la creación masiva de puestos formales.
Existe, además, el riesgo de que ciertas modificaciones funcionen más como una transferencia regresiva —reduciendo derechos o costos laborales— que como un verdadero estímulo a la inversión productiva. Si el mercado interno continúa deprimido y la demanda externa no compensa, la mejora en márgenes empresariales no necesariamente se traducirá en nuevas contrataciones.
En este contexto, el equipo económico enfrenta limitaciones evidentes. La prioridad ha sido estabilizar precios, ordenar cuentas fiscales y recomponer reservas. En ese terreno, algunos indicadores muestran avances. Pero el crecimiento sostenido requiere algo más: inversión productiva, expansión del consumo y generación de empleo formal. La paradoja es que mientras el discurso oficial enfatiza la llegada de capitales, los hechos muestran salidas relevantes como la de Saputo Inc. y el repliegue de otras multinacionales. En energía y minería persiste el potencial, pero el resto del entramado productivo depende, en gran medida, de un mercado interno hoy debilitado.
Argentina se encuentra en una encrucijada. Puede consolidar un modelo primarizado, apoyado en exportaciones de energía y minerales, con bajo dinamismo del consumo interno. O puede aspirar a un esquema más equilibrado, que combine competitividad externa con recuperación del poder adquisitivo y fortalecimiento del mercado doméstico. Para lo segundo, la estabilización es condición necesaria pero no suficiente. Sin recomposición real de ingresos y sin señales claras de expansión de la actividad, la desinversión seguirá siendo una tentación para grupos globales que comparan oportunidades en múltiples geografías.
La salida de Saputo, el balance de La Anónima, el repliegue en Vaca Muerta y la discusión sobre la reforma laboral son piezas de un mismo rompecabezas. Revelan una economía que aún no logra traducir el orden macro en dinamismo productivo. Y muestran que el desafío no es solo estabilizar, sino crecer.
En definitiva, el Gobierno puede exhibir victorias legislativas y avances fiscales. Pero el veredicto final lo dará la realidad cotidiana de empresas y hogares. Si el consumo no repunta, si la inversión extranjera no se reactiva y si el empleo formal no se expande, el riesgo es que la estabilización derive en estancamiento prolongado. Una señal que, como advierten los balances y las decisiones corporativas recientes, resulta difícil de ignorar.
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