Río Negro

Un Refugio, la bodega familiar orgánica a orillas del río Negro que apuesta al Malbec

En base de esfuerzo familiar y perseverancia, en las proximidades de General Conesa, crece Un Refugio. Esuna bodega que apuesta a la sustentabilidad en tierra de fruticultura convencional.

La producción de vinos orgánicos en Argentina y en el mundo es una tendencia en crecimiento. Hay bodegas que saben que entrar en el mercado mundial significa tender hacia actividades sustentables. Hay otras que, aun produciendo en menor escala y solo para el mercado interno, comprenden que lo primordial es la salud: la de las familias productoras, la de los consumidores y la del ambiente.

Pablo Rodríguez, creador de Un Refugio, recorre las hileras de Malbec, revisa los frutos ya maduros, planea el raleo y, mientras tanto, cuenta cómo nació este proyecto.

En el año 2012, junto a Natalia, su compañera, decidió diferenciarse y construyó una pequeña bodega —piletones de concreto y cava— en un sector de la chacra familiar. Sembró Malbec en una hectárea y media y sumó, además, unas pocas plantas de Cabernet Sauvignon.

Esperaba comenzar a ver los frutos en cuatro años, pero en producción no todo se puede prever. Alrededor de 3.500 plantas de Malbec crecieron con paciencia. A pesar de los desafíos del clima patagónico —donde las heladas y el granizo pusieron a prueba la templanza de la familia entre 2015 y 2020— la perseverancia dio sus frutos recién en 2021, año en que lograron la primera tirada y la habilitación formal de la bodega por parte del Instituto Nacional del Vino (INV).

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Las 3.500 plantas de Malbec de Un Refugio crecieron a pesar de heladas y granizo patagónico.

Las 3.500 plantas de Malbec de Un Refugio crecieron a pesar de heladas y granizo patagónico.

Cuando comenzaron con esta apuesta, lo hicieron desde los lugares conocidos: con un calendario de fumigación y una inversión enorme en pesticidas. Pero a Pablo, que ya venía transitando una disrupción generacional, algo le hacía ruido: "¿Qué estás vendiendo en un producto? Me lo preguntaba todo el tiempo", dice en diálogo con +P.

La transición no fue sencilla. Criado entre nectarinas y frutales de carozo junto a sus padres y hermanos, Pablo estaba acostumbrado al "calendario de curas" tradicional. Cortar con el uso de agroquímicos implicó, en sus propias palabras, cambiar el chip mental.

Cuenta Pablo lo difícil que fue para él —chacarero de toda la vida— desaprender viejas formas de producción para volcarse a una práctica amigable con el medioambiente. "No es que nací sabiendo cómo era lo orgánico. Tenés que cambiar el chip", asegura

Pablo se crió en esa misma chacra, donde sus padres y hermanos también cultivaban, en su mayoría frutas de carozo. Él también se dedicaba a las nectarinas, pero hace diez años, junto con su esposa Natalia, decidieron reconvertir la producción e incursionar en el mundo del vino.

Aunque tiene en claro la importancia de cultivar sin agroquímicos y de continuar el resto del proceso libre de aditivos, entiende que no puede estampar el sello de producto orgánico en sus botellas, ya que la certificación requiere recursos económicos considerables.

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"Tenés que cambiar el chip": Pablo dejó los agroquímicos para producir vino sin aditivos.

"Tenés que cambiar el chip": Pablo dejó los agroquímicos para producir vino sin aditivos.

El cauce de los recuerdos

El nombre de la bodega no es azaroso: es un homenaje a la infancia junto al río Negro. Allí, el abuelo de Pablo mantenía un espacio para los asados y las fiestas familiares. Hoy, ese mismo espíritu de resguardo y tranquilidad se traslada al vino.

Antaño, como en toda familia chacarera, el vino se producía para consumo personal. Era un vino patero, artesanal, áspero o dulce dependiendo de la temporada. "A veces salía bien, a veces no salía", se ríe Pablo con los recuerdos.

Hoy el trabajo se ha profesionalizado y, en una superficie de hectárea y media, la producción sigue siendo artesanal pero cuidada, bajo los estándares que establece el Instituto Nacional del Vino. En una buena cosecha se pueden alcanzar las 10.000 botellas anuales.

—¿Por qué elegiste el Malbec?

—Por su nobleza y capacidad de adaptación. Es un todo terreno.

Luego de la fermentación y el trasiego, el vino evoluciona en barricas de roble de segundo uso, lo que le brinda un carácter particular. "Uno trata siempre de buscar más expresión aromática, más suavidad, más fruta y el mayor equilibrio posible entre la fruta y el roble. Es una búsqueda de la perfección que no debe terminar nunca", asegura.

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La bodega Un Refugio produce hasta 10.000 botellas anuales de Malbec en General Conesa.

La bodega Un Refugio produce hasta 10.000 botellas anuales de Malbec en General Conesa.

Presente y futuro

Actualmente, los vinos de la bodega recorren la región: desde las mesas de Conesa y Viedma hasta Puerto Madryn y Sierra de la Ventana. Aunque existen proyectos para incorporar blancos y rosados, en un momento de fuerte retracción en el consumo, la familia prefiere avanzar con paso firme, optimizando la bodega y cuidando lo que ya tienen: un Malbec consolidado y pequeñas partidas de Cabernet Sauvignon que, por ahora, aguardan en la intimidad del consumo familiar.

También esperan, en breve, pasar a formar parte de la Ruta del Vino, una estrategia turística provincial que puede ayudarlos a ganar visibilidad.

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