El dato que preocupa: manzanas y peras pierden lugar en la mesa de los argentinos
Un informe privado revela por qué el consumo cae en peras y manzanas, y qué factores pesan más que el precio.
Esta semana, el área de comunicación de la Universidad Nacional del Comahue (UNC) difundió un resumen de las conferencias que se dictaron en Cipolletti en octubre pasado, en el marco del “V Congreso Argentino de Biología y Tecnología Poscosecha”. Entre otros, se destaca la ponencia titulada “Hacia dónde va el consumo de frutas”, realizada por la ingeniera agrónoma Betina Ernst, de la consultora Top Info Marketing S.A.
Desde 1990, Ernst lleva más de tres décadas analizando por qué la gente compra —o deja de comprar— lo que produce el campo argentino. Y lo que encontró en sus últimas investigaciones no es alentador para las zonas productoras del Alto Valle: el consumo de frutas cae, y las razones son más profundas que el precio o la inflación.
La pandemia cambió muchas cosas. Entre ellas, instaló con fuerza la idea de que comer bien es cuidarse. Las búsquedas de recetas saludables se dispararon, los gimnasios se llenaron en cuanto reabrieron y la palabra “bienestar” pasó a dominar la conversación pública. Los consumidores, en su enorme mayoría, dicen querer llevar una vida más sana. Pero hay un problema: esa intención no se traduce en más fruta en la canasta.
Una encuesta reciente citada por Ernst revela algo desconcertante: la mayoría de las personas cree que ya come suficiente fruta. Esa percepción errónea es, según la especialista, el primer obstáculo. No se puede resolver un problema que no se reconoce.
Lo que mueve la mano al momento de comprar
Acá viene el dato que más debería inquietar a los productores del Alto Valle: la salud no es el motor principal de la decisión de compra. Lo que busca el consumidor cuando agarra una fruta, antes que cualquier otra cosa, es placer. Quiere algo rico. Dulce. Jugoso. Con buena textura. Quiere disfrutar, no medicarse. Y si además resulta saludable, perfecto; pero eso es un plus, no la razón.
El segundo factor que ordena la decisión es la practicidad. La fruta ideal para el consumidor de hoy es aquella que no necesita cuchillo, que entra en una mochila, que viene en porción individual y que no mancha. Una fruta que se come sola, en el colectivo, entre reuniones, sin problemas.
Y en este punto, un jugador de toda la cancha es la banana. La banana y la manzana tenían el mismo consumo per cápita hace menos de 30 años —alrededor de 12 kg por persona por año— y hoy la brecha es abismal. La banana se mantuvo en 12 kg; la manzana cayó a 5 kg. Y la razón principal está exactamente en lo que señala Ernst: la banana es dulce, práctica, no necesita cuchillo, no tiene semillas y no falla en textura. Todo lo que la manzana muchas veces no logra garantizar.
Con esa vara medida, algunas frutas salen ganando y otras pierden. Las frutillas ganaron. Los arándanos ganaron. Las uvas sin semilla ganaron. Las mandarinas ganaron. Son dulces, coloridas, pequeñas, no requieren utensilios y entran perfectamente en un tupper o una bolsita. El consumidor las elige casi sin pensarlo.
El drama de las frutas de pepita
La manzana y la pera son, junto con la naranja y el pomelo, las grandes perdedoras del nuevo mapa del consumo. Requieren al menos un cuchillo para comerse cómodamente. Tienen semillas. No siempre están en el punto justo de madurez cuando se las compra. Y hay un factor que Ernst señala con precisión: el consumidor no sabe, en el momento de la compra, si esa fruta va a estar rica o no.
Esa incertidumbre —comprar una manzana sin saber si va a ser harinosa o crujiente, dulce o insípida— genera frustración y desconfianza. Y la desconfianza aleja al comprador.
A eso se suma el problema del sabor. En los últimos años, parte de la fruta que llega a las góndolas y mercados llega con menos sabor del que el consumidor espera. Son variedades pensadas para el rendimiento y el transporte, pero que sacrifican dulzor y textura. El resultado es una experiencia de consumo mediocre que refuerza el desinterés.
Ernst es directa al respecto: la fruta de mala calidad no solo vende mal ese día; daña la percepción del producto a mediano y largo plazo. Cada manzana harinosa que alguien come es una razón más para no comprar manzanas la semana siguiente.
El precio: una trampa de razonamiento
Es tentador explicar la caída del consumo por el precio, pero Ernst pone en duda esa explicación con un argumento empírico muy concreto: el consumo de arándanos y paltas —dos de las frutas más caras del mercado— creció. El de naranjas y manzanas —frutas accesibles— cayó. Si el precio fuera el factor determinante, el patrón sería el inverso.
Lo que explica mejor este fenómeno es que la fruta no se percibe como un bien esencial. No es como la carne o el pan, que, si suben, igual se compran porque son necesarios. La fruta se compra cuando hay ganas de algo rico. Si está cara, se puede dejar para otro día. Si no está en el punto justo, también. Si requiere preparación, también. Siempre hay un motivo para posponerla.
Qué se puede hacer
El diagnóstico de Ernst no es fatalista. Hay salidas, pero requieren cambios en varios frentes simultáneamente. En el plano colectivo, propone campañas publicitarias que apelen al placer —no a la obligación nutricional—, la incorporación de fruta en escuelas y organismos públicos, y la capacitación de los vendedores para que puedan orientar mejor al comprador sobre madurez y variedad. También menciona el turismo rural como herramienta: acercar al consumidor urbano a los campos productores genera vínculos emocionales con el producto.
Pero hay algo más urgente y más concreto: evitar que llegue fruta de mala calidad al mercado. No como un ejercicio de marketing, sino como una cuestión estratégica de largo plazo. Cada fruta sin sabor que se vende es una inversión negativa en el futuro del sector.
En el plano individual, las sugerencias son simples pero efectivas: comprar fruta atractiva y presentarla de manera tentadora en casa, incorporarla a preparaciones, acostumbrar a los chicos desde pequeños, llevarla como postre o regalo.
El desafío del Alto Valle
Para la región productora de peras y manzanas, el informe de Ernst llega como una señal de alerta que conviene no ignorar. El mercado está cambiando sus preferencias hacia frutas más dulces, más pequeñas y más fáciles de comer. Eso no significa que la pera y la manzana no tengan futuro; significa que el futuro que tienen depende de cómo se responda a esa demanda.
Más dulzor. Más consistencia en la calidad. Presentaciones más prácticas. Variedades que compitan en el lineal no solo por precio, sino por experiencia de consumo. La media fruta diaria puede volver a ser una fruta entera. Pero, para eso, el sector tiene que convencer al consumidor de que comer una pera o una manzana es, antes que nada, un placer, no una obligación.
Fuente: UNC con aportes de Redacción +P.
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