Perú asoma en el mapa de la cereza: ¿Un nuevo capítulo en su revolución frutícola?
Perú evalúa zonas altoandinas para un cultivo que exige frío, oscilación térmica y manejo especializado, abriendo la puerta a un nuevo nicho de exportación.
En los últimos años, las exportaciones frutícolas de Perú han sorprendido al mundo con un crecimiento que pocos anticiparon. El boom del arándano, la expansión de la uva y la consolidación del mango y el palto han posicionado al Perú como uno de los países más dinámicos del hemisferio sur en materia frutícola. Mientras esto ocurría, Chile, su vecino del sur, protagonizaba otra hazaña: la construcción de una de las industrias de cereza más grandes y precisas del planeta. Hoy, cuando Chile ya supera por amplio margen las 460,000 toneladas exportadas y los US$ 1,800 millones anuales, surge una pregunta inevitable: ¿tiene el Perú alguna posibilidad real de producir cerezas?
La respuesta, aunque compleja, es cada vez más relevante para inversionistas y técnicos. Y es que el caso chileno se ha convertido en un ejemplo mundial de escalamiento acelerado. Entre enero y octubre de 2025, Chile exportó 463,565 toneladas de cereza por US$ 1,846 millones, un salto enorme si se compara con las 4.5 toneladas y US$ 12.2 millones de hace tan solo diez años. Ese crecimiento explosivo no solo responde a la demanda asiática —particularmente China—, sino a la combinación perfecta de factores: clima, tecnificación y una infraestructura integrada que abarca desde el campo hasta la poscosecha.
El clima chileno: la base del modelo global de la cereza
La cereza chilena prospera en las regiones de O’Higgins, Maule y Valparaíso, zonas que concentran el 90% del total exportado. Allí, la producción se beneficia de un clima que pocas regiones del mundo pueden replicar: inviernos fríos con abundantes horas bajo 7 °C y veranos cálidos que pueden rozar los 40 °C. Este contraste térmico —días calurosos y noches muy frías— es clave para lograr el color rojo profundo, la firmeza y el dulzor que exige la demanda asiática.
Agronómicamente, el cerezo necesita entre 800 y 1,500 horas de frío para completar su reposo invernal. Sin ese periodo de descanso, la floración es irregular y la fruta pierde calidad. Gracias a las condiciones naturales de la zona central de Chile, los árboles pueden completar ese ciclo de manera uniforme y predecible. Este clima privilegiado, reforzado por la influencia de la cordillera de los Andes y su efecto sobre el frío invernal, ha permitido a Chile convertirse en líder absoluto del hemisferio sur.
En comparación, el arándano peruano —estrella del agro peruano— presenta un comportamiento opuesto. No requiere frío acumulado y prospera en climas cálidos sin estaciones marcadas, como la costa norte. Su éxito responde a variedades de bajo requerimiento de reposo, a la tecnificación del riego y al manejo del estrés térmico. Es decir: una fruta que se adapta a temperaturas suaves frente a otra que depende estrictamente del invierno. Esa diferencia climática explica por qué el Perú pudo escalar el arándano con tanta rapidez, mientras la cereza sigue siendo un cultivo extremadamente restringido a territorios específicos.
¿Puede el Perú entrar al negocio de la cereza? La sierra aparece en el mapa
La costa peruana es, sin duda, incompatible con la cereza. Pero las zonas altoandinas podrían abrir una puerta inesperada. Los valles interandinos del norte y centro —especialmente en los alrededores de Huaraz, Cajamarca y algunos sectores altos del Cusco— presentan condiciones naturales que coinciden parcialmente con los requerimientos del cerezo: noches frías durante gran parte del año, temperaturas cercanas a los 0 °C en determinados meses y una oscilación térmica marcada.
No es casualidad que Huaraz haya sido llamada más de una vez la “Suiza peruana”. La acumulación natural de horas de frío en invierno podría permitir al cerezo completar la primera parte de su ciclo. Sin embargo, el clima andino también tiene limitaciones: si bien ofrece frío suficiente, carece del calor intenso que el cultivo necesita para generar firmeza y color. A más de 2,500 o 3,000 metros de altitud, las temperaturas rara vez superan los 25 °C, lo que podría frenar el desarrollo final del fruto.
Frente a ello, aparecen alternativas tecnológicas. La experiencia peruana en fresas de altura bajo invernadero demuestra que es posible manipular el microclima para obtener resultados comerciales. En el caso de la cereza, los invernaderos o estructuras de manejo térmico podrían aportar el calor faltante para completar la maduración del fruto. Esto elevaría costos, por supuesto, pero también abriría la puerta a una producción de nicho orientada a calibres grandes y destinos premium.
Perú no competiría en volumen con Chile, pero podría hacerlo en calidad, especialmente si logra posicionarse en un segmento diferenciado, con fruta que llegue a mercados de alto valor en momentos de menor oferta internacional.
Una ventana comercial exigente y un mercado dominado por China
El mercado global de la cereza tiene un actor principal: China. Entre enero y octubre del 2025, el país asiático absorbió el 87% de las exportaciones chilenas, equivalente a 402,403 toneladas y US$ 1,614 millones. La cereza se ha convertido en un símbolo del Año Nuevo Lunar, y su consumo alcanza su máximo precisamente en enero, cuando la oferta chilena llega en su punto más alto.
Esta concentración estacional hace que la ventana comercial sea extraordinariamente precisa. La cereza solo se produce una vez por temporada: frío invernal de junio a agosto, floración en septiembre y octubre, y cosecha desde noviembre hasta enero. Por eso Chile puede abastecer la demanda más fuerte del año justo a tiempo para el Año Nuevo Lunar.
En el Perú, replicar esa misma estacionalidad sería complejo. Si bien el frío de la sierra está presente durante varios meses, la falta de calor y la menor definición de estaciones dificultan programar la cosecha para coincidir con diciembre y enero, los meses de mayor precio internacional. Aun así, con manejo técnico especializado, podría desarrollarse una oferta complementaria que se inserte en nichos específicos, con valor agregado y precios diferenciados.
Un potencial real, pero de largo plazo
La cereza no será para el Perú lo que fue el arándano en la década pasada. No habrá un boom masivo ni miles de hectáreas en pocos años. Pero sí existe una posibilidad concreta: la creación de una industria de nicho en zonas altoandinas, basada en fruta de gran calibre, alta calidad y un componente tecnológico fuerte.
El Perú tiene experiencia en romper paradigmas agrícolas. Lo hizo con el arándano, con la uva y con la palta. Hoy, su capacidad de innovación es reconocida en todo el hemisferio sur. Con investigación climática, variedades adaptadas y manejo especializado, el país podría sumar un nuevo cultivo a su diversificada canasta exportadora.
La pregunta ya no es si el Perú puede producir cerezas: es qué tipo de cereza quiere producir y qué mercado aspira a conquistar. Si la estrategia es la correcta, la “cereza peruana” podría convertirse en la próxima sorpresa de su ya imponente desarrollo frutícola.
Fuente: Fresh Fruit con aportes de Redacción +P.
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